junio 21, 2017

Parábolas - 2 de X - Música & Ruido

Afinas tus sentidos,  acallas tu mente, desconectas el ruidoso exterior y sigues tu instinto hasta encontrar.

¿Lo hiciste? ¿Encontraste al menos una pequeña nota de TU música?
Si tu respuesta es SI, me estas mintiendo o te puedes saltar esta entrada y la que sigue.
Si tu respuesta es NO, eres sincero pero irresponsable, porque como te dije: “Te va la vida en ello, en ello y en nada más”.

En cualquier caso, este es el paso más complejo del camino, como siempre, el primero.

Decidir empezar un camino y en especial uno nuevo, desconocido y opuesto a todo lo que nos han enseñado, es difícil, al punto que la gran mayoría de la humanidad se queda en la primer lectura, se mece en el idealismo onírico de la posibilidad y es arrastrada inmediatamente o unos segundos después en pos de lo que creen estar construyendo como vida.

Por eso, como en cualquier primer paso, de cualquier proyecto, no se puede ser débil, no se puede tener piedad, no se puede ser condescendiente y – muy a pesar de aquellos que se repetirán como puede decir eso si antes de empezar un proyecto debo planearlo, pensarlo muy bien, diagramarlo y asegurarme de todos los recursos que necesitare en cada etapa – para empezar un nuevo proyecto, se necesita no pensar.
Es el arrojo, la valentía, la inconsciencia a veces, esa cuota sana de locura, ese momento de rebelión, hasta el instante de envidia o de genuina gratitud o generosidad el que provoca esa chispa que mueve el primer pie, nunca una decisión tomada de forma racional.

Así que sé cruel contigo, porque yo no seré condescendiente.
Tira por tierra todos los pretextos que tu cabecita ya empezó a trasmitirte para justificarte desde que pregunte “ ¿lo hiciste?”, no te molestes en comentarlos en voz alta, porque no solo no te escucho, sino que no me importan.

Si el oxígeno te llega a los pulmones y tu corazón late 76 veces por minuto, no necesitas nada más, todo lo demás son patrañas.
Así es, lo único que necesitas es estar vivo, porque lo único que te quita la oportunidad prodigiosa que nació contigo es la muerte y eso te puede pasar en este mismo instante, en el próximo renglón o mañana cuando estés viviendo tu pretexto, o lo que podría ser peor, en 50 u 80 años más, cuando estés más frustrado, más triste y más infeliz contigo mismo por no haber pasado por este tiempo de vida con dignidad.

Si logre despertar tu rebeldía, o al menos tu enojo conmigo (porque como cuesta enojarse honestamente con uno mismo – aquello del problema siempre está afuera) tal vez tengas la chispa necesaria para el primero paso, ¿pero primer paso a dónde? ¿A buscar mi música? ¿Y qué es eso? ¿Cómo busco algo que desconozco?

Por eso hoy el título de esta entrada es “Música & Ruido”, porque tu vida, la vida de todos, está repleta y cada vez más saturada de “ruido”. Distractores que sobre-excitan tus sentidos, y que suman billones de “notas” innecesarias, confusas y muchas veces contradictorias, a todo el propio ruido que tu cabecita genera por sí sola, en la búsqueda de cumplir con tu misión en esta tierra, de cabalgar la matriz como crees que nadie lo ha hecho para llegar al éxito.

Es VITAL que logres reconocer el ruido, para poder extraer Tu música y como esto se ha vuelto un manual que bien podría llamarse “espiritualidad para tontos” o “Spirituality for Dummies” (mas marketinero y D-Mode), te voy a tratar de bajar esto a “peras y manzanas”, para que no tengas pretexto alguno de aceptarlo.

He allí el detalle, decidido a iniciar la búsqueda, con tus ser completo alerta para dar el primer paso, no solo debes reconocer detrás de que iras, sino ACEPTARLO.

De nada sirve reconocer la existencia de la codicia, los celos, los vicios, la angustia,  si no aceptamos que somos Codiciosos, celosos, viciosos o estamos angustiados y luego, actuamos en consecuencia. Pregúntense íntimamente si no les pasa a diario, pregúntenle a otros, y verán como la línea virtuosa de reconocer, aceptar, trabajar y disfrutar es tan inquebrantable como difícil de completar.

Si estaremos lejos todavía, que no has reconocido siquiera tu música, perdido en el ruido generado por esa herramienta mal utilizada que llamamos “mente” y el bullicio enloquecedor de todo el exterior que casi siempre, opaca la paz que nos transmite la naturaleza.

Vayamos a su búsqueda.En la entrada previa, usaba el ejemplo de la búsqueda, de ese momento en que nada de lo de siempre funciona y no tienes otra que “Afinar tus sentidos,  acallar tu mente, desconectar el ruidoso exterior y seguir tu instinto hasta encontrar”
Estoy seguro te ha pasado: ¡yo lo deje acá! ¡Yo siempre lo dejo allá! ¡Cualquiera lo pondría en ese lugar! …pero la “cosa” no está, y una vez que agotaste la sinapsis prodigiosa de tu cerebro, te rindes, cierras los ojos, abres los dedos sin siquiera notarlo y dejas que algo te guie hacia un lugar diferente, un lugar exacto.

Un momento, un instante, oscuro, silencioso, vacío de todo lo de todos los días, lleno de ti, lleno de tu música, ese INSTINTO con el que todo humano nació y que lo une a todo el universo.

Después, cuando finalmente encuentras “la cosa” todo es explicable: “aaaaaaaaa claro, es que estaba apurado por ir al baño y entonces la deje allí”, o “mi hermanito chiquito lo agarro y lo cambio de lugar” y te olvidas, se te olvida, te sumerges nuevamente en la vorágine de tu mente y dejas de lado ese poder increíble que acabas de utilizar, o peor aún, se lo asignas a la suerte, a alguna divinidad, algún Ángel, algún santo, una brujeria o cualquier otro ser inexistente que “te guió” hacia lo que buscabas. Nunca a ti mismo, nunca a tu mayor poder interior, ese que usas sin consultar y que olvidas sin investigar, carente de toda curiosidad.

¡Es tan triste!

Es como poder abrazar siempre y solo abrazar cuando el otro desfallece de frió, de temor o de soledad. Es como poder tener sexo a diario y solo hacerlo una vez al mes. Es como ser capaz de correr, pintar, cantar y dejarlo para cuando seas grande o haberlo hecho por última vez cuando eras chico. Es como ser más rápido que una cobra, más fuerte que el hormigón, más potente que cualquier camión y más excitante que cualquier droga y morir sin jamás haberlo vivido.

Allí está el instinto, ese poder que nos hace uno como parte del todo, el que compartimos con toda la vida que nos rodea, que le da un poder muchas veces increíble a los “animales inferiores” (cuando presienten un terremoto o saben quién llega antes de que llegue, solo por citar ejemplos que no puedes obviar) y que hemos tirado al desuso como “animales superiores” en pos de un diferenciador sobre valorado (la mente) que creemos nos hace mejores y nos ha transformado en el mayor depredador del planeta y la pieza más deshonesta y falta de ética natural.

Cuando buscas las llaves, cuando eres capaz de atrapar la copa luego de haberla golpeado sin querer y mucho antes de que caiga al piso, cuando levantas la vista en el momento justo en que algo te golpeará, cuando sales corriendo al sentir un temblor o te agachas cubriendo tu cabeza al sentir una explosión, cuando  levantas algo increíblemente pesado para que no aplaste la mano de tu hijo, cuando frenas el carro en el momento justo y evitas un atropello, cuando cierras los ojos si algo viene hacia tu cabeza, cuando te tapas los oídos al influjo de un ruido estridente, cuando acompañas los labios y la lengua del otro al besar, cuando, cuando, cuando…..todo el tiempo, siempre.

El “cuando” que te hace más fuerte que nunca, más hábil que nunca, más rápido que nunca, mas talentoso que nunca, el “cuando” que te hace superior. El “cuando tu música se encarga de ti y tu no tienes opción de distraerte en pensar o escuchar lo de afuera”.

Eso que se queda en la anécdota, en la librería de lo excepcional y lo increíble, esa respuesta que siempre es la correcta y la más eficiente, eso es lo que tenemos que encontrar, aceptar, aprender a usar y disfrutar.
Cuantas veces te has dicho “si hubiera hecho esto” o “yo sabía que era así”, después de haber cambiado tu reacción inicial por otra pensada, maquinada, planeada y por tanto, plagada de vicio, de errores, de miedos, del calipso de limitaciones que tu cabecita te impone. Vacía de ti, de lo que fluye de tu interior, de lo que eres.

Eh allí “tu música”, todo lo demás, es puro ruido.
¿Y si cada humano bailara su propia música, mucho más a menudo?
¿Y si cada humano perfeccionara su danza?
La vida que compartimos en este planeta seria perfecta y la herramienta que usamos para romper esa perfección, esa cabecita tuya y de cada uno, sería utilizada solo al servicio de nuestro ser, mucho menos veces y con mucha mayor eficiencia.


¡No sería fabuloso si la mayoría de tus respuestas y acciones fueran no solo las más acertadas, sino las exactas, no solo para ti sino para todo el universo!.
Imagina que esto se repitiera por siete billones de seres en el planeta.
La armonía seria total, estaríamos en la exacta sintonía con TODO lo que nos rodea y la mayoría de las preguntas desaparecerían y con ellas todas las diferentes respuestas.
Con ese solo cambio en cada uno, el mundo entero cambiaría.

Tal vez tu no llegues ahí, pero si logras usar tu instinto, liberarlo a la acción, sacarlo del caja de emergencias de la que no tienes llave, un poco más que las veces excepcionales, tu vida, la tuya, será tan diferente, que el camino que leíste imposible en el párrafo anterior, se abrirá vasto pero luminoso frente a tus ojos y el prodigio te llevara en armonía, cada momento, cada día, un poco más allá.


Deja de nadar contra la corriente, haz el esfuerzo supremo de girar tu cuerpo y disfruta como te arrastra, siempre te llevara a tu momento y tu lugar.



junio 10, 2017

Parábolas - 1 de X - Busca tu música interior


PROLOGO: las líneas que siguen no esperan aprobación ni desaprobación, no trato de ser el científico, ni el psicólogo, ni el sociólogo, ni el sexólogo que no soy, solo soy yo. Lo haré más gráfico por si las palabras anteriores no resultan claras y determinantes, esta es mi versión de algo, basado en mi experiencia, digamos por hacerlo entendible para niños y grandes: para mí, los humanos podemos volar y nunca me convencerá de lo contrario,  porque yo,  puedo volar. Podre aprender en la vida que me resta, que además somos capaces de unirnos a cualquier otra materia y transformarnos, podre aprender mucho más, pero hoy sé que podemos volar.
Si usted cree que no podemos,  no está dispuesto a siquiera pensar en esa hipótesis y aún está leyendo, pierde su tiempo, deje de leer ya.


Nos hemos acostumbrado a definir todo a nuestro antojo, y ese antojo es tan voluble como nuestra propia incapacidad de aceptar las cosas por su propio nombre.

Cada momento de vida, cada situación, cada pequeño cambio hace que veamos una misma cosa en una nueva perspectiva, y eso es una de nuestras grandes virtudes como humanos. Pero al igual que otras virtudes, la mal utilizamos, la limitamos, la encajonamos en lo que nos conviene y entonces, la perspectiva que se nos insinúa como real,  es la que mejor suple nuestras falencias, la que mejor oculta nuestra limitaciones y defectos, la que nos queda más cómoda y no, la realmente real.

Por defecto, la propia expresión “realmente real” da para discutir siglos, en todos los lenguajes que hemos chapuceado. Otra discusión que no me interesa tener, porque ya la asumí inútil muchos años atrás. Discusión sobre puntos de vista, en la cual la dimensión elegida por cada uno de los ponentes es la que se basa en sus defectos y vicios resultantes, no en el instinto, la naturaleza o la simpleza universal.

Nos han convencido de que las cosas no son fáciles, de que vivir es complicado y ser feliz una utopía que de todas formas debemos alcanzar. Esto resulta muy conveniente, y ha perseguido satisfacer algún interés superior  en cada una de las etapas de nuestra triste humanidad:  la mayoría de las veces religiosos o económicos (lo político es solo un medio)
La administración del conocimiento se traduce en poder y el establecimiento de la cultura,  en mecanismos de manipulación social. Lograr que alguien crea algo, lo hace dependiente de ese algo. Lograr que muchos crean algo, hace que ese algo pueda manipularlos. Cuando el algo viene del interior, el poder del uno y del todo es inmenso. Cuando el algo viene del exterior, el poder del que definió ese algo, es inmenso. 

Hay dos formas de aprender:  Lo que viene de tu interior se siente, lo que viene de tu exterior, se sabe.

Cuando aprendes a escuchar tu ser, cuando encuentras tu armonía con el todo, cuando actúas en consecuencia;  los resultados son inmediatos, grandiosos, inmedibles y solo dependen de ti. Ni de tu origen racial, ni del color de tu piel, ni de la cultura en que naciste, ni de tu familia, ni de tu condición física, ni de tu coeficiente intelectual y mucho menos de tu situación económica o social. Es un camino virtuoso, de ti hacia el exterior, que desconoce de todas esas fronteras marcadas por todo esto que alguna vez, otro hombre, definió y otros manipularan y re-definirán en su beneficio.

Cuando tomas por norma, axioma indiscutible y por ende transformas en tu realidad, lo que otro haya definido por ti, entras en un camino defectuoso, del exterior hacia ti, que sigue las reglas impuestas por otros y te llegan, según haya sido predefinido.

Antes de recibir nada, el exterior te medirá sin que lo notes y lo que recibas será diferente,  dependiendo de tu condición económica o social, tu coeficiente intelectual, tu condición física, la familia de dónde vienes, la cultura donde naciste, el color de tu piel y obviamente tu origen racial.

¿Lo notas? ¿Eres capaz de notarlo? 
El orden es exactamente al revés.

El gran problema del estado actual de la humanidad, es que ese, el de formarnos,  en una realidad predefinida,  es el camino inicial.

Sin importar el lugar del mundo que habites, en un altísimo porcentaje, somos calificados y “educados”, con el fin de formar en nosotros una realidad, una cuadricula donde nos podamos desarrollar, un espacio medido y limitado en el cual aceptemos participar.

Por resumirlo, no solo nos ponen en nuestro lugar – un lugar no definido por nosotros mismos -  sino que “si somos capaces”, nos dejan muy claro un “plan de carrera”, para dirigir nuestro tiempo de existencia en beneficio del plan original.

Y allí vamos, esforzándonos por cambiar todos estos ingredientes externos: ganar más dinero, escalar en la sociedad (estudiando o creando talentos alternos al intelectual ), preocupados por nuestra apariencia, gritando nuestro apellido o renegando de nuestras familias, mudándonos de países, tiñendo el color de nuestra piel e incluso, negando nuestro riquísimo legado genético.

Una tarea no solo titánica, que en la mayoría de los casos requiere más de una vida, sino inviable y finalmente inútil. 

Se aplaude al que tiene un foco, un plan y la ambición para desviarse lo menos posible de su objetivo (aunque siempre se desviaran), mientras la gran masa se enreda en sus esfuerzos tan temporales como efímeros e intrascendentes, por ordenarse, logrando tal vez alguna mejor posición, en el cuadriculado triste de un microcosmos que es incapaz de ver y mucho menos de aceptar.

En esos microcosmos, el “pan y el circo” que el Cesar ya había definido claramente -  en sus infinitas variaciones modernas -  permite gobernar. A ti sobre tu grupo, a la comunidad sobre ti, al escalado de gobiernos sobre la comunidad, otros gobiernos sobre tus gobiernos y los grandes intereses sobre estos,  agazapados bajo la herramienta de turno, que usen para manipular.

Seguramente te estas preguntando  - en el mejor de los casos -  ¿qué haces tú Ismael contra eso? 

Soy feliz así y como convencido de que la felicidad no es completa si no se comparte, escribo estas Parábolas que trasmiten mi experiencia para que tú y solo tú, ojalá, pruebes cambiar. Seguramente te estarás preguntando – en el mejor de los casos - ¿Quieres que ponga una bomba en algún lado? ¿Que deje de estudiar o trabajar? ¿Que viva de la contemplación? ¿Que sea orgulloso de mi apellido corriente y el color de mi piel que me condena desde la cuna? Imagino que tienes muchas otras preguntas inútiles, muchas más, que se desprenden de la frustración diaria en la que has vivido desde que te empezaron a educar.

Mi primera reflexión es que no espero nada de ti, nada, ni bueno ni malo. 
Como dice mi prólogo, no me siento con derecho ni con obligación de esperar. 

Tu elijes leer, tu elijes preguntar y solo tú te puedes contestar.

Mi segunda reflexión es que nunca lograras encontrar la respuesta correcta,  si haces las preguntas erradas.
Mantenerse en el status quo, navegar en la matriz, correr en la cinta circular,  escalar en la torre de babel que han diseñado para ti o ir en contra de ella y buscar los medios para abolirla, dañarla o al menos quitarle credibilidad, son dos sentidos de una misma dirección, incorrecta en su esencia.

El camino es reconocerla y aceptarla, para poder dejarla de lado cuando es inútil y utilizarla en tu beneficio cuando sea necesaria, en tu viaje interior, tu viaje único, intransferible y personal: Tu VIDA.

La vida que late en ti desde que te concibieron, la que atrapaste en libertad con tu primer dolorosa inspiración y que desde el vientre, se han encargado de manipular. La llama interna que reina en ti, la sabiduría universal que corre por tus venas, el alma del todo que nos vuelve uno, uno que es parte del todo,  en un cosmos mucho más grande que este planeta que habitamos; mucho más grande que el barrio que conoces, la ciudad que aceptas, el país con el que te identificas, el continente donde compites, la raza que te limita y este punto pequeño de un pequeño sistema solar donde faltos de toda humildad nos sentimos superiores a todo lo demás.

Valora lo único importante, EL TIEMPO y dedícale, con el cuidado del humano lleno de miedos que hay en ti, un pequeño espacio a encontrarte, a reconocer lo que viene de tu interior, como lo harías con una pequeña música que buscas en tu hogar: acallando los ruidos, focalizándote en lo que buscas y explorando hacia allá.

Usare este paralelismo, para que esto deje de sonarte a “idealidad”, para que mis palabras no me lleven al lugar del loco desquiciado, el oportunista que te quiere cagar, el pastor que miente para recolectar, el vago andrajoso y maloliente con dientes negros que se sube al cajón en la vereda en una gran ciudad, convencido de poseer la verdad universal. Para que recuerdes que sigo siendo yo, el Ismael que conoces, el que escribe.


Imagina que esta mañana, tus ojos se abren como siempre, agradeciendo la nueva luz o maldiciendo el despertador que te saca de tus sueños a tu realidad. No importa ahora que tan feliz o infeliz seas, que tan satisfecho o insatisfecho estas, no importa tu sexo, tu color o tu nacionalidad. Este ejercicio solo requiere un oído sano y un rastro mínimo de humanidad.

Recorres la rutina de tus mañanas y detectas una música diferente, pequeña, casi imperceptible, que suena en algún lugar. Supongamos que la ignoras y corres, porque es tiempo de correr en la rueda circular, porque la matriz te aprieta y parece que te dará una oportunidad. Pero al otro día, la musiquita parece volver a sonar, la ignoras y la ignoras, pero la musiquita allí esta.

Un día, un domingo sin compromisos, o el día que alguien te abandono, o cuando no tienes ganas de nada, o cuando un libro te sacude o una peli te hace pensar, vuelves a escuchar la musiquita que llega a ti desde algún lugar. Ese día decides que quieres saber que es aquello que sientes, quieres transformar la musiquita que oyen tus oídos en algo real. Entonces decides actuar.

Apagas la radio y la tele, cierras las ventanas y vuelves a escuchar.

Tienes la certeza de que definitivamente surge de tu casa, pero el chat en el teléfono y las fotos en tu computador, no te dejan concentrar.

Anulas la influencia externa, y vuelves a escuchar.

Te asalta el hambre porque ya es hora de desayuno, vuelve a tu mente la pareja que te abandono, el examen que tienes que rendir, la desidia del desgano y todo eso te distrae.
Pero la musiquita sigue allí y ahora, no solo estas seguro surge dentro de la casa, sino que es constante y sin ruidos externos,  un poco más vivaz.

Instintivamente cierras tus ojos, saboreas en tu boca vacía el sonido que llega a ti, olfateas como un sabueso el rumbo que debes seguir y estiras tus brazos, tus manos, tus dedos y sientes que casi la puedes tocar.

Afinas tus sentidos,  acallas tu mente, desconectas el ruidoso exterior y sigues tu instinto hasta encontrar.

Entonces a ciegas y sin ruidos, caminas el sendero exacto: te vas de tu cuarto y la cocina, de allí al sótano y al canasto de lavar, donde el teléfono de tu pareja, se desconectó de sus auriculares en el sudadero que usa para hacer yoga y la música calma que acompaña las contorciones de su cuerpo, suena opacada en el canasto repleto por lavar.

¿Te parece una historia creíble? 
¿La has vivido en alguna oportunidad?

Tal vez no siguiendo una música, sino buscando un manojo de llaves, un libro, un mail, una fotografía,  un olor desagradable que inunda el hogar.
Cuando ya no recuerdas, cuando ya “pensaste” en todo y no encuentras, "cuando las cosas no están donde deben estar", cuando ya revisaste todos los lugares donde tú dejarías algo, cuando no está ni siquiera en ninguno de los lugares donde cualquiera dejaría algo, ¿no lo has hecho?

¿No afinas tus sentidos,  acallas tu mente, desconectas el ruidoso exterior y sigues tu instinto hasta encontrar?



Esa es mi única respuesta, busca tu música interior, haz el ejercicio, dedícale un tiempo mínimo, falla, putéame, ríete de ti mismo y de mí, y ojala vuelvas a intentar.

Te va la vida en ello, en ello y en nada más.


junio 07, 2017

Miami - El ciclo de la vida

PROLOGO: Todo mensaje tiene infinitas formas de ser enviado, infinitas formas de ser recibido y otras tantas formas de ser interpretado. Si bien la humanidad solo cuenta con 7 billones de almas, cada una interpreta además, según su momento de vida. La mayor parte del tiempo, los mensajes  únicamente iluminan una verdad conocida hasta el hartazgo, pero a veces olvidada en algún rincón de sombras. Ayer leí tres páginas que iluminaban tenuemente desde el reclamo, una de esas grandes verdades y me tente en buscar una llama que los devele con más brillo, con otro brillo, el del reconocimiento, el amor entrañable y la certeza de paz.




Tengo dos en casa.

De a ratos me enloquecen y me dan ganas de despedazarlos con las mismas manos que no dan abasto en caricias, los otros ratos, los más.
Pasan de desorientarme en su búsqueda cuando desaparecen, a desear que desaparezcan  cuando empiezan a importunar. Parecen gozar escondiendo todo aquello que necesitare y seguramente luego no lograran encontrar.

Viven en otro mundo la mitad del tiempo, muchas veces parecen no escuchar. Otras me sorprenden con verdades universales  y otras tantas, me dejan perplejo en charlas por la mitad. Ignoran lo que trato de enseñarles y cuando me miran siento muy dentro que se burlan, que ríen de mí, que me tienen lastima,  como si todo lo supieran, como si fuera yo el inocente, el enrollado, el indefenso, el incapaz.

Difícilmente combinan su ropa y más difícilmente les gusta lo que les proponga que usar. Parece que su vestidor se limitara a las mismas prendas de siempre, las cómodas, las más gastadas, las mismas que se usan para dormir que para tambalear en sus dos piernas...cuando no para gatear;  o revolcarse con ese placer insólito, siempre juntos, ojala por el lugar más sucio de la ciudad.
Odian las medicinas y las inyecciones. Por su bien las disimulo trituradas en azúcar,  disueltas en aquella comida predilecta o  en ese único jugo que les gusta tomar.


A veces los engaño, a veces dejan que me logre engañar.

Se vuelcan la comida encima, se llevan cualquier cosa a la boca, tocan lo que no tienen que tocar. Bañarlos es un desafío, que se laven sus pocos dientes y peirnarlos, una batalla campal.  Siempre hay algo que les duele, en especial a la hora de ir a la cama y casi todo se cura con una historia más.

Se aferran a momentos inesperados, a detalles pequeños, a cosas inservibles que adoran coleccionar. A la música repetitiva, a las historias sin final y a la búsqueda involuntaria de un tesoro escondido en aquel programa o película que decenas de veces vuelven a rebobinar.

Se me hace cada vez más difícil entrar en sus grupos, entender sus bromas o jugar sus juegos en los que me creí experto y audaz;  pero no puedo evitar apretujarlos y llenarlos de mimos en sus pequeños fracasos o sus enormes victorias.

Se ríen de las monadas más tontas y lloran sin que su razón pueda adivinar. Se orinan en la cama, en el comedor, en el coche, ¡en cualquier lugar!  y me pierdo en la tristeza picara y avergonzada de sus ojos, que ruegan por esa ayuda que jamás lograre negar. Sus lágrimas y sus carcajadas, son el espejo más honesto, el aire que oxigena mis venas,  la excusa del abrazo y el premio más valioso que me pueden entregar.

Tengo dos en casa.

Mi hijo y mi papá.


Que mágico el ciclo de la vida que nos devuelve a un mismo lugar.

Que sabia la naturaleza que no hemos logrado vencer aun como humanidad.
Que fortuna saber que si logramos esquivar todas las trampas, llegaremos nuevamente, inexorablemente, a la etapa de la felicidad.


Que bendición aprender, que bendición enseñar, que bendición ser Hijo y que bendición ser Papá.


febrero 14, 2016

Antonio: ¡Cosas de dios! en una mano 5 dedos y en la otra 3 y 2

¡Qué bueno llegar a tus años Antonio! cuando las miradas que nos dicen "pobre viejo" no lastiman y los aplausos, incluso los sinceros, no ensanchan el ego, solo acarician el alma.

¡Qué bueno llegar así! con una cuota de inocencia que se llega a escapar por los ojos cuando no los ocupa la picardía, con tantas preguntas como cuando eras mozo, seguro de todo ‎lo que sale de tus manos y lleno de dudas sobre lo que mueven las manos de los demás. 
Y aun así, sonriendo, incrédulo sobre "que les puede pasar"

¡Qué bueno sentarme a tu mesa! esforzarme sin siquiera alcanzarte en tu ritmo de prosa, rebosante de la sabiduría más pura: la que se suda por los poros de la piel curtida pero suave por haber sido amada y se amasa en las manos gruesas del que supo empujar sin olvidar persistentemente acariciar.



Pusiste tu tinto en mi copa, tus gambas en mi plato y tu mano en la mía, mirándome por sobre los espijuelos pequeños para guiñarme un ojo y confirmar:  ¡nos vemos el jueves!.

Me llevaste a tu guarida de turno, me compartiste tus secretos y me pagaste un canario reluciente en vaso de tosco cristal.
Sonreímos, escuchamos, compartimos y hasta lagrimeamos por unos segundos.

¡Qué bueno seguir sintiendo Antonio, aunque duela!
¡Qué bueno a pesar de todo,  seguirnos preguntando que hicimos mal y que bien,  por qué no! esa rebeldía insoslayable que sigue haciéndonos temblar las rodillas,  rodillas que solo se aquietan al influjo de las manos firmes, que no las dejan salir a pelear una pelea más, una más aunque sea para parar el tiempo, para volver atrás, limpiar lo que sea que nos quedó empolvado en nuestras almas de padre y volver para que todo lo que no hicieron bien nuestros hijos, vuelva a brillar.

Qué bueno encontrarte, que bueno saber que estas allá y que cuando vuelva a la madre patria, tu aprenderás truco y yo Sarangollo, nos marearemos entre canarios y verdejos y pensaremos: ¡pobrecitos!, cuando nos miren extrañados al girar nuestras manos de hombre en el aire y te siga al decir " Cosas de dios...en una mano 5 dedos...y en la otra, 3 y 2"


octubre 05, 2015

Guatemala - Jefferson

Ayer, dos hechos que se toman por simples y anecdóticos en la cultura de hoy, transcurrieron delante de mí, con el mismísimo anonimato que tantas cosas importantes se replican a cada segundo en el universo,  sin que nos sintamos tocados, aun cuando arrollan y limitan la historia y el futuro de nuestra humanidad.

1 - Jimmy Lester invirtió lo que logra con el sudor de su frente y la inversión de su tiempo de vida en cambiar su nombre a Lester Adrián, ganando una pequeñísima batalla en la guerra que disimula a sus treinta años de vida, enfrentando entre tantas otras cosas: el corset cultural, el prejuicio social y el repudio de su propio padre, el que irónicamente le dio su nombre al nacer.

2 - Un nuevo bebé abrió sus ojos al mundo en el hogar del jardinero que hace de la casa de Guatemala un oasis. Tras la felicitación de rigor y mi curiosidad sobre qué nombre llevaría consigo esta nueva alma, entre dudas que sobrevivían 8 días después del nacimiento, su padre me expreso que seguramente se llamaría Jefferson (con seguridad “Jeferson”, con una sola “f” o talvez “Yeferson”, porque no,  nada raro en un país donde Adrenalina, Diesel, Epson, Brother, Canon, Chelsea, Walmart, Matrix y Mcdonalds están registrados en la Renap)

Dos hechos que cualquiera e incluso todos los que disfrutábamos de nuestra charla nocturna, tomamos como simples y anecdóticos en nuestra pobre consciencia occidental y sobre los cuales  resigne anoche una explicación ilustrativa y no necesariamente iluminadora ante los ojos repletos de un juicio diferente en los demás.
Un juicio diferente al que todo el mundo piensa tener derecho y que exagera abanderando individualidad, esconde en el regazo de las limitaciones y justifica en la simplista defensa del gusto;  cuando en realidad hay cosas universales que no necesitan de juicios diferentes o antagónicos y son válidas en su esencia bajo lo que debiera comprender el sentido común.
Ese impulso humano de poner “mi razón, mi verdad y mi realidad” por encima de las demás, sin revisar siquiera si proviene del amor o la envidia,  de la virtud o el defecto, de la ignorancia o la sabiduría. Ese mismo impulso que refrene anoche y que dejo salir abusando del libertinaje actual en el cual cualquiera puede publicar su opinión hasta sin atenerse a las consecuencias.


El hombre navega la virtud de dar vida, inmerso en su ignorancia, disfrazado en su fe y escudado en su irresponsabilidad, a falta de que la propia humanidad (por ende el hombre mismo) lo haga consciente.

Para no entrar en el infinito y a la vez único hogar de cada familia y la discusión fútil de la trasmisión de valores, que no es más que el resultado final y causa irrefutable de esta espiral circular que arrastra nuestra raza;  me centraré primero en la capacitación intelectual que enfrenta un niño expuesto a los instrumentos de la sociedad y a su cultura.

Si existiese desde los tempranos tres años,  en que los niños de hoy comienzan a mamar el mundo desde los pechos ajenos, devotos mas poco involucrados de un extraño llamado maestro;  una materia llamada “Responsabilidad Humana”, nuestra evolución como raza sería diferente.

Si entendiéramos, aceptáramos y asumiéramos, que con nuestro primer latido somos seres vivientes, pares del resto que habita la tierra (…y porque no el universo)  y que nuestra esencia es la más pura búsqueda de reforzar y preservar la especie, la consciencia humana se extendería exponencialmente en comparación a la estrechez evangelizadora de nuestra historia.

Miles de temas podrían llenar millones de páginas, sobre todo lo que sería diferente si solo pudiéramos lograr ese cambio y asumir naturalmente y sin peso alguno NUESTRA RESPONSABILIDAD;  pero hoy la entrada de blog se llama Jefferson y fue invitado Jimmy Lester Adrián, así que me resumiré al momento del nacimiento y a como condicionamos a esos nuevos seres a los que llamamos Hijos, mucho antes de que aprendan a respirar.


Como en todo hay tres cosas, siempre tres cosas, que definen un algo y que dan base a todo lo demás. Seré agnóstico en mi explicación, para que cada uno “lo ponga donde le guste y le acomode”, porque quien lee del otro lado no paso por su clase de “Responsabilidad Humana” (igual que yo) y es imposible reclamarle sentido común.

Existe un indiscutible punto de partida para todos: la llama infinita, el suspiro de vida, la luz interior, la energía vital, la esencia del ser, aquello que nos “hace” más allá del cuerpo físico, las estaturas, el color de nuestros ojos, nuestro cabello o nuestra piel y ni que hablar nuestra cultura, religión o idioma. Poco importa si tú lo defines desde el lado del “ser”, desde el de “dios” o desde el de la “ciencia”, para tratar de hacerlo universal lo llamare Amor.

Esto está, existe, se transmite y crece al ser compartido más allá de cualquier explicación “humana” y es lo primero que define la conservación de la especie o por decirlo de forma más sensible: la creación de una nueva vida.

Una vez más resumiré este punto y dejare a la libre exploración teñida de peculiaridades de cada uno de vosotros, la simple e inmediatamente detectable diferencia entre traer al mundo un “hijo” que es fruto del amor y uno que nace del descuido, el odio o la violencia y por ende no goza de esa primera cuota de luz, sin importar cuanta pueda recibir en adelante.


Una segunda dimensión que afecta engendrar una nueva vida es la actitud, ese ingrediente embebido en cada cosa que hacemos, menospreciado por todos los que fallan (la gran mayoría) y aclamado por todos los que aciertan. El sentido, la dirección y la forma con la que manejamos esa luz divina, esa energía vital, ese espíritu trascendental que nos permite ser y estar, a pesar de nosotros mismos: nuestra actitud.

Otros millones de páginas podrán escribirse sobre la importancia de la actitud con la cual usamos cualquiera de nuestras herramientas vitales o incluso las superfluas.
Solo nuestra honestidad más pura al mirarnos al espejo, nos dejara reconocer que recibido el poder, no hay nada que determine más el resultado de sus efectos, que la actitud del que lo despliega.

Llevado a nuestra discusión de hoy, nuestra actitud al traer una vida al mundo definirá insoslayablemente entre muchas cosas, la salud de esta nueva vida y con ello sus capacidades para sostener y reforzar la raza humana.
Mucho después de eso, para los avatares de su propia vida.


Y al final esa tercera dimensión, por la cual nos ufanamos de ser Humanos y Superiores y con la cual hemos probado tantas y tantas veces ser inferiores a la mismísima planta que nos alimenta y purifica el aire que respiramos 20 veces por minuto: Nuestra dimensión intelectual.

Aquello que solo es un recipiente listo y casi vacío,  cuando la luz de la vida ya nos inundó y nos hizo ser, aquello que solo será una poderosa herramienta para ejercer el poder que tenemos al momento de definir nuestra actitud.

…y desde nuestra dimensión intelectual le llega a nuestro hijo su primer arma, su primer legado, el primer poder único y especial y la primera cuota de historia trascendental que le entregamos a una vida traída al mundo: Su Nombre.

Aplica para la plantita que ilumina la cocina, para el perro que nos ladra y nos mueve la cola y aplica por sobre todas las cosas, para aquellos que consideramos hijos: sangre de nuestra sangre, indudable mezcla de dos luces existenciales traída a la vida con o sin amor, con la mejor o la más pobre actitud, pero finalmente aquí, respirando, inocente y expuesta a nuestra vanagloriada capacidad de “pensar” que tiene como primer prueba darnos un nombre que nos identifique.


Hasta aquí, ese cuerpecito tan fuerte como indefenso que trajimos al mundo, fue afectado de forma indeleble por nuestro amor, por la actitud con que lo ejercemos y por la profunda y filosofal tarea de darle un nombre que lo identificara para toda su vida, como nuestro hijo y como un ser independiente que con estas tres cosas, enfrentara la inclemencia del tiempo desde la primera inspiración dolorosa hasta el suspiro final.

Por eso y mucho más, esta entrada se llama Jefferson y tiene como invitado a Jimmy Lester Adrián. Porque si tuviéramos esa enseñanza de “Responsabilidad Humana”, muchas, muchas cosas a las cuales luego debemos enfrentarnos, ni siquiera verían luz en el mundo al mismo tiempo que comenzamos a respirar.

Porque nuestro amigo Lester, nos deslumbraría aún más con su capacidad creativa y su entusiasmo si no tuviera que cargar con el peso que ser Jimmy le puso sobre sus hombros cuando aún no podía siquiera definir cuándo orinar. Compartiría libremente todo su mundo, sin tener que invertir vida en su vieja búsqueda, talvez interminable de identidad, que hoy lo lleva por voluntad propia a ser Adrián y lo define en el seudónimo Lesdrian.

Porque ese niño que abrió los ojos en dudoso anonimato días atrás, enfrentaría un futuro más prometedor si sus padres le dieran un nombre digno, un arma para definirse, un poder para despegar, una combinación natural para su apellido,  una casta de honestidad y lealtad que respetar.
No un caprichoso Jefferson.
Jefferson que ni siquieras es un nombre.
Jefferson, el apellido que alguna vez identificó por primera vez al hijo de Jeffer y lleno de orgullo a su familia por ser “hijo de alguien”(como lo fueron los Johnson, los Mendelson y tantos otros), manteniendo la casta de su familia, los valores de su historia y la tradición de sus heroísmos.

Pero este bebe es hijo de Walter, y llevara el apellido de un sajón como nombre adornado con un Morales, Pérez, Gómez o López (algunos de los apellidos más comunes de Guate)

…y así Jefferson Morales, o Jefferson Pérez crecerá en la periferia de una ciudad tercermundista,  en medio de una sociedad con una desigualdad despedazadora que disfraza la esclavitud del siglo XXI como “generación laboral” y que tiene como sueño de más del 50% de su población, el de poder soportar las penurias innombrables de transitar miles de kilómetros para llegar maltratados y sin los ahorros que reunieron en años, a condicionar su libertad en “los estados” (USA) con tal de superar la miseria inescalable que la permanencia en su tierra le asegura a ellos y sus familias.

…y así Jefferson-Jeferson-Yeferson, nunca será Morales de este lado, ni Jefferson del otro y cuando se cansen de mirarlo raro (de arriba o de abajo, talvez nunca de frente) le pondrán un sobrenombre que tampoco podrá elegir y que seguro, como su propio nombre, no eligiría jamás.


Responsabilidad Humana, una combinación casi antagónica de palabras, que nos liberaría de todas las pobrezas de nuestra raza, en un mundo en el que una tercera parte muere de hambre, otra tercera parte de obesidad y la tercera final en guerra por mantener este triste equilibrio terrenal.




agosto 26, 2015

Desde el Aire - El duro Mundo de las cosas serias

Para ser justo diría que tiene unos 60.
La cadera obtusa, las uñas lo suficientemente abovedadas, pero por algún antepasado indio o indígena, su piel levemente oscura no‎ acusa su verdadera edad.

Mientras me pierdo en esa sueñera-meditación que me embarga cada vez que un avión despega, veo sus ojos detrás de los lentes finitos, guiando una mano experta sobre los cuadros de un sudoku.

Cierro los ojos y me vuelvo a ir, a ese lugar donde espero dejar el cansancio acumulado por conducir 600 kilómetros anoche y retorcerme en el pequeño auto esta madrugada buscando dormir.
Es mediodía y mi cuerpo no entiende de relojes, un desayuno en tiempo de almuerzo y una ducha pagada en el salón vip,  me regalaron un poco de energía extra.
Mi mente resiste, pero el cansancio del cuerpo y la inestabilidad del corazón estos últimos días, porque no semanas, o talvez meses, la marean.
‎Es mediodía y un nuevo vuelo me llevara 9000 kilómetros hasta una de mis camas, donde volveré a dormir poco para partir a México, mañana, antes de que sea el mediodía, otra vez.

Vuelvo a abrir los ojos y me señala algo, miro al bolsillo del asiento y mi teléfono espera este rato no anunciado de escritura junto a las revistas de vuelo.
Me señala nuevamente y me habla en inglés, pero no pide exactamente lo que quiere.
Amarrado a la esperanza tonta por el cinturón,  igual que ella,  me estiro señalando como a un niño.
Mi mente despierta y mareada se demuestra ‎asombrosamente sana.
Le paso la misma revista donde rellenaba cuadros con números, la misma pero la mía y con solo un gracias, la empieza a ojear.

- tiene uno diferente allí?
- sorry? Me contesta.
- tiene un sudoku diferente cada revista? 
- no, no.
- volverá a hacer el mismo otra vez?
- si!

Por espacio de unos 90 segundos el silencio que nos aislaba sin intención se hizo charla amena y me sorprendí volviendo a ver frente a mí,  una conocida y vieja realidad: no se jugar.

Fueron no más de 90 segundos en que las preguntas y las respuestas dejaron claro: que no tengo la menor idea de cómo se rellenan aquellos cuadros; de que jamás he rellenado unas palabras cruzadas siquiera; de que no juego juegos de mesa desde hace 17 años;  que como mucho juego cartas dos veces al año y más por la camaradería y la tarta de cebollla de Tatiana que por el juego en sí, y que además, nada de eso me importa un carajo.
Me obligo a recordar que alguna vez hace 10 años puse una moneda en una máquina del Bellagio,  para privarme de ‎decir "que nunca había jugado en Las Vegas";  que jamás jugué Poker y que no sabría que hacer frente a una Mesa de Ruleta.

Me comento que vivía en Dallas y solo tres imágenes llegaron a mí: la vieja serie "Dinastía",  testigo de los últimos tiempos en que mire televisión (aunque nunca vi la serie porque era muy tarde y para adultos según Mamá);  el Aeropuerto‎ y los Dallas Cowboys predilectos de Debby.
Por el propio sentido de la conversación, me hice consciente de que ni se las reglas del Football Americano y que por supuesto nunca lo jugué;  y que tampoco juego ningún otro juego o deporte  desde mis viejos 12 años.

- I understand, you are a busy man. Repetía mi ocasional conpañera de vuelo, y yo, descubría honestamente que no lo era, que no era un “hombre ocupado” y que mi imposibilidad de explicar el porqué, nada tenía que ver con mi limitado Ingles.

- solo no juego, le decía y la explicación en ningún lenguaje cobraba sentido.

Un momento después ya había empezado a escribir en mi mente despierta esta entrada de blog. Mi cuerpo se demoró un poco más en echar a andar los dedos.

No juego.
Para mí todo es en serio, sentenciaba mi juicio cuando la charla ya solo era “padentro”.
No juego.
...y podía ver las tardes enteras que pasaba cambiando de escondite sin ser encontrado mientras los demás jugaban a la escondida.
...y podía recordar esos mismos enojos que repudio de Anthony, que se apoderaban de mi interior sin agredir “pajuera”  cuando la impotencia o la injusticia me embargaban.
...y podía volver a detestar las alianzas sordas que automáticamente se formaban en mi contra, el que no sabe jugar, cuando había tiempo para una Canasta, un War, un Monopoly o excepcionalmente un Trivial Pursuit.
No juego, para mí todo es en serio.

¡Como me costó aceptar que lo lógico era que no me buscaran, que evitaran mis calenturas o se amotinaran en mi contra, cuando yo solo hacia lo que debía hacer y por una buena causa (además de con toda razón)!.
Cuando yo hacía lo que yo creía que debía hacerse y estaba respaldado por todas las reglas, aunque ello no fuera jugar.

¿Qué gracia tiene para cualquiera, para ti o para mí, si nunca me puedes encontrar? ¿Si nunca me puedes manchar? ¿Si no puedes saber más respuestas que yo, ni comprar más y mejores edificios o distribuir más estrategicamente los ejércitos negros, verdes o amarilllos en ese mar infranqueable de MI ejército Rojo?.
¿Que gracia tiene para cualquiera nunca poder ganar, que gracia tiene nunca tener la razón y que tiene de gracioso no poder siquiera ayudar al que no sabe jugar?.

No juego, para mí todo es en serio.
Lo lúdico, no es lo mío.
Si alguna vez lo tuve no lo recuerdo y por ende no sé cuando lo perdí.
Puedo ser simpático, hasta bromista. Puedo ser cariñoso y hasta kinestésico. Puedo plantarme solo o compartir más que nadie …pero nunca juego.
Nunca me dejo arrastrar, un poquito aunque sea, por la burla que provoca la risa, por la falla que deja que te descubran detrás de los ‎hinojos, por el segundo de desconcentración en que pierdes la mano, por el instante en que uno elije que no es necesario explicar.
No juego, para mí todo es en serio.

Los recuerdos se arremolinan al mismo ritmo que las letras llenan el espacio en blanco de la pantalla.
¡Cuántas cosas habrían sido menos pesadas si ‎hubiera sabido jugar!.
¡Cuánto de lo bueno habría sido mejor  y sobretodo, cuanto de lo malo ‎no hubiera existido o me habría dejado otras enseñanzas,  si tuviera un espíritu más lúdico!.

Pero sobre todo, muy por sobre todo, cuantas menos expectativas tendría de los demás,  cuanto más fácil sería pedir en lugar de esperar, cuanto más satisfactorio seria saber recibir sin presionarme a dar.

No juego.

...y es un duro Mundo el de las cosas serias. 

julio 30, 2015

Oceanside Midnight

La piscina esta desierta, el jacuzzi apagado.

Algún soñador del directorio decidió que todo se puede usar hasta medianoche, tal vez esperaba mi llegada, tal vez solo espera que alguien cumpla los sueños que él, o ella,  no cumplió

Alguien llega por el acceso del Sur.


Dos personas,  tal vez una pareja.
‎Llegan a las gradas y vuelven hasta la puerta automática, una de ellas.

Tal vez la más curiosa, la más cuidadosa, la más miedosa. Tal vez.
Como no hago nada más que navegar mis pensamientos que tratan de explicarme qué diablos hago aquí y porque no estoy allí, allá o más allá, detecto cualquier movimiento a mi alrededor.

Finalmente vienen,  dos, tal vez una pareja.
Marchan como soldados‎, paso firme,  decidido y enfocado, inusual para las once de la noche en la piscina de una torre de playa en Miami Beach. Marchan.
Me consterna verlos parar con los pies muy juntos, justo unos centímetros antes del agua, ambos, juntos, erectos, con el mentón pegado al cuello, mirando el agua.
Parecen hablar, están a metros de mí, pero están solos.

Él tiene el pelo muy corto, un mechón muy enrrulado cae por delante de sus dos orejas emulando los dos cordones blancos que cuelgan del lado derecho de su cintura.
Una semiesfera negra cubre lo que en otros es la primer pelada y en el inexorablemente lo será, si ya no lo es
Ambos cubren de negro su cabeza, de blanco su torso y de negro sus piernas.
Supongo no les importa con que lo cubren, eso parece.

Giran sus cuerpos y enfilan directo y sin pausa hacia el jacuzzi.
Suben los tres escalones, el respinga la nariz mientras acerca sus anteojos trasparentes y pequeños, detrás de los cuales se pueden adivinar ojos claros,  al selector de encendido, por supuesto no lo enciende.
Ella me demuestra que es quien marca el paso, el de ambos, enfilando hacia la esquina opuesta, para mirar hacia el lado del mar, donde nada se ve porque está lleno de lindos árboles que a la medianoche son solo sombras;  ambos miran.
Parecen hablar.

Bien formaditos enfilan la escalera en bajada y a solo dos escasos metros de mi pecho desnudo, ella vuelve a dirigir la barca y se vuelca a la izquierda.
Con una sonrisa que no pueden ver en mis labios,  adivino que él jamás me vio y trato de explicarme como alguien puede seguir tan ciegamente los pasos de otro.
En lugar de pasar frente a mí, giran alrededor de la piscina.
A él no se le mueve ninguno de sus rulos. La luz azul reflejada por el agua me deja ver los dientes de ella, que sin dejar de comentarle sobre mi presencia sonríen nerviosos.
Imagino como una suave y poco habitual corriente eléctrica sube de sus tobillos hasta su entrepierna por debajo de la larguísima falda negra.
Yo imagino, tal vez no ocurre.
Los humanos que conozco no reaccionan así, no mantienen un paso firme e irrevocable y un cuello erguido que sostiene una cara impávida ante un semidesnudo medianochero aparecido de sorpresa.

Se paran frente a la escalera que da a la playa, los ilumina el letrero de EXIT. 
Dentro de mí,  sueño que los penetre esa luz roja y los despierte a sacudones en un EXIT a ‎ fuerzas, inexpugnable
Pegan el mentón al esternón, parece que hablan y giran su cuerpo para renovar la marcha.

Por un momento dudan‎ y yo sonrío.
Sera que todo lo que pasa en mí,  llega a ellos,  y por un segundo les impido ser ellos mismos?
Sera que deben evaluar si no será dañino volver a pasar delante de mí y perderse por la misma puerta que entraron?
Sera que presienten lo que estoy pensando escribir y al encontrar la coincidencia con la voz que desde su interior los martiriza cuando no deben rezar, deciden huir?
Sera que huyen? Sera que no saben o saben más , y todo esto solo vive en mi mente ociosa de piscina nocturna.
Tal vez nunca lo sabré, se escurren por el acceso del norte.

Ella lleva zapatitos verdes fluorescentes, chatitos, pero brillantes.
Como sus dientes nerviosos que al verme tumbado semidesnudo en la reposera, no pudieron evitar iluminar su rostro.
Pero todo eso son ideas mías, menos los zapatitos verdes fluorescentes.

El ser humano, el que conozco y el que no, se revela en los detalles más pequeños.