abril 27, 2015

Que alguien me salve a Isabel !!!


Acabo de cerrar por última vez "El plan infinito".
Devoré con la voracidad esperable las últimas páginas, que amontonaron años en ese mismo ánimo adivinarle del que cuenta o escribe. Esa urgencia por terminar.
Esa peculiaridad tan humana y tan  general que resulta difícil de criticar.

Ese deshacerse en el esfuerzo de saborear el caramelo, desenvolviéndolo despacio y controlando el impulso al llevarlo a la boca, para luego, mucho antes de consumirse en nuestra lengua, mordisquearlo con desidia injustificada…da igual si resulto pésimo, desalentadoramente indiferente o excepcionalmente sabroso.


Humanos previsibles, salvo espectaculares excepciones de las que adoro encontrar, milagro que claramente no sucedió con Isabel.

Años atrás, me paso con Mario, pero para aquel entonces aun no había aprendido a pedir, mucho menos a aceptar lo que se me daba y por supuesto, ninguna de esas dos virtudes las clamaba a gritos en público o las escribía atrevidamente en las páginas de una web que para entonces remojaba pañales.
Fue en "Gracias por el Fuego", donde con todas las expectativas que en aquellos años aún no aprendía a desalentar, donde Benedetti me desilusionó.
Me eche la culpa como también lo hacía entonces por casi todo: “… no sabes nada Carlitos, tu cultura literaria es menudamente pobre, tú no sabes nada de la vida y además tienes la mala combinación de tu ego y tu impotencia meciéndose sobre ti ”.
Y así salve al reconocido escritor Uruguayo que la humanidad laureaba, que todos esperaban sombríamente muriera para consagrarse aún más como leyenda, para nunca más volver a experimentar una sola línea por el escrita, refugiándome en las estrofas caprichosas del "Te Quiero" que con el corazón abierto habia cantado en mis años mozos y con sangre se sostenían como poesía universal: "...y en la calle codo a codo, somos mucho más que dos".

Los años han pasado y la única dimensión real – el tiempo - ha operado sus efectos sobre mí. Los muchos libros que el tiempo me dejo leer, las múltiples humanidades que la expansión de mi mundo me obligo a compartir, la indiscutible capacidad de hacer que me distingue y ese ego que se ha rebosado varias veces el tamaño excepcional de mi copa para perderse, como lágrimas que se comparten humedeciendo una sonrisa;  me permiten pedir y estar atento a aceptar, que alguien salve a Isabel.

Quiero fervientemente volver a leerla.
Es chilena, es Allende, es mujer y hasta bonita, es proliífera y reconocida, necesito que alguien la considere también admirada y ojala amada, para que algo de todo eso me permita entregarme otra vez a sus letras.
Por favor sálvenme a la Nobel Isabel.

Díganme por favor que alguno de sus libros no es una sucesión dolorosa e intrincada de desgracias.
Muéstrenme que dentro de su excelente uso de la referencia histórica, puede salvar a por lo menos un ser menos humano y una historia, o un capítulo deprendido, o un pasaje una cita efímera aunque solo sea,  de existencia virtuosa.

Es que me cuesta aceptarlo…
Como me costó aceptar las tremendamente violentas trilogías nórdicas fugazmente famosas años atrás,  aquellas ya olvidadas de la chica del tatuaje X o la que jugaba con un  cerillo, o quien sabe que otros títulos intrincados que tuve que ver en películas macabramente exitosas o leer incansablemente para poder depreciar.
Es que me cuesta aceptar que todos los personajes de Isabel sean tremendamente defectuosos, que no se salve uno en sus solapadas virtudes del sufrimiento, la cíclica suma de malas decisiones y la prolongación inesquivable de su desgracia hacia el futuro.
Quiero creer que no todos los hijos de sus historias serán una Margaret o un David, quiero pensar que alguien sano engendrará en sus líneas un mensaje positivo y una cría con al menos posibilidades de ayudar en el cambio de la humanidad.

Sepan que entiendo,  y por eso empecé estas líneas con la apología del caramelo masticado, entiendo, que mirado con ojos pesimistas y porque no, muchas veces solo realistas:  el mundo es un basurero.
Pero nunca entenderé, porque describirlo falto de toda esperanza condenándolo así un poco más a su deceso.
No me niego a aceptar la pesadumbre de Mario, ni la existencia amarga y desechable de Onetti.  La apología a la violencia más sucia y obscena de Stieg Larsson o esta primera visión de insistente búsqueda de pobrezas de Isabel Allende. Son parte, y son libres de mostrarlo y vaya que hasta los admiro por ser honestos.

Lo que me niego a aceptar, raza, querida raza,  humanos evolucionados de bípedos;  es que entre esos autores se cuenten los Premios Novel y los Best Sellers. Que sus libros sean leídos por millones y que indefectiblemente eso suceda porque los interesantes, ávidos y tal vez hasta eruditos que tienen la buena costumbre de la lectura, se sientan identificados, tocados de alguna forma por este manantial hipnótico de defectos, incansable, insondable por sus tantas versiones e increíble profundidad.

Me cuesta aceptar que se premie lo peor del ser humano con múltiples ediciones, con películas alegóricas y muchas veces con inmortalidad.

Cuanta cosa buena hay para contar, cuanta otra fantástica para entretener, cuando conocimiento sabio para trasladar.

Qué necesidad, mi raza, mi gente, de mostrar la vida como supervivencia, el amor como el más doloroso y difícil de los deseos y la existencia como un pálido espejo deformado donde encontrar y explotar cada uno de nuestros defectos, a fin de con toda naturalidad, darle permiso a nuestra psicología insalvable para crearnos nuevos problemas que ojalá, se proyecten en nuestra descendencia, nuestro barrio y porque no nuestro planeta, así retozamos en un parque gigante de basura humana.

Por favor, sálvenme a Isabel, no quiero perderla en el primer intento.
Déjenme seguir disfrutando de su calidad al contar, evítenme sus exageradas reiteraciones en cada página y díganme que en otro libro, la historia será virtuosa, que alguien resultara feliz por su buena voluntad, sentido común y constante esfuerzo.
No importa si finalmente muere, todos moriremos.


Díganme cual y correré a buscarlo, o enterrare  a Isabel con sus secuaces y dejaré que un poco de esperanza y un empuje de optimismo basado en todo lo bueno de mi raza, me llene como el aire que respiro, la luz del sol y el amor que siento, de estas  ganas de seguir viviendo.

abril 25, 2015

Vida & Playa



La playa que baña mis días actuales es cambiante, voluble, movediza, como todas las playas de la vida, sin que ello nos exima de la búsqueda tan humana de preverla, pronosticarla, adivinarla y con ello convencernos de que sabremos enfrentarla con mejor propiedad cada vez que nos aventamos al agua.

La de hoy amaneció poblada de algas, de las que flotan caprichosamente en los primeros metros de la orilla, amedrentando a aquellos que se animan a cruzar la barda de las que los retienen en los primeros metros de arena húmeda.
 Resulta gracioso ver, igual que en todas las cosas de la vida, como la gente reacciona en formas tan dispares a la costa bañada de algas del día de hoy.

Una parte, inmedible pero‎ conscientemente mayoritaria la mirará desde lejos y se sumará a los que ni siquiera le echan un vistazo ya,  acuartelándonse en sus trincheras de supervivencia, donde la vida los pasa sin que la vean o la frustración por las últimas gotas de conciencia,  les asegura seguir sufriendo el reflejo autónomo aprendido al nacer: simplemente poder respirar.

De los valientes e intrépidos que llegan hasta la orilla, se alimenta la humanidad dudosa y se nutre la vida llena de colores.

‎Allá atrás se levantan las carpas y se extienden los campamentos de lo que llegan por figurar. Saben que estar ya suma y deben ser al menos espectadores para poderse simular protagonistas, cuando la fiesta que montan a su alrededor para huir de su realidad apaga las luces.

Al medio,  algunos de los que resignados en su incapacidad de rebelión,  mantienen la consciencia mínima de tratar de aventurar a su descendencia, como dijo Serrat  "sin  saber el oficio y sin vocación".

Delante, los que se debaten ante sus miedos o se rigen por sus convicciones para enfrentar al mar.

Algunos se acercan con cara de asco, relegando de esa obligación socialmente impuesta de participar, masticando su mezquindad y maldiciendo el teatro de tener que figurar en la orilla. Esos encontrarán pretexto en el mar, culparán a las algas inmundas y darán media vuelta después de mojarse las manos, el pecho y el rostro, como si ellos le dieran oportunidad y la vida se negará a aceptar tan generosa oportunidad de contarlos en ella.

Otros caminarán la orilla, cavilando cual será el lugar donde habrá menos algas para hacer menos riesgosa y porque no inmunda,  su zambullida al placer prometido del mar.
Irán y vendrán, brincarán con el roce áspero a casa paso, entrarán y saldrán muchas veces con giros de espanto y manotazos defensivos... y cuando lleguen, si llegan, no mucho más allá de la orilla, estarán tan ocupados en detectar cualquier alga que se les acerque, que serán incapaces de sentir el placer real de sumergirse en el mar, en la vida misma;   la tibia existencia que nos mece, mientras a otros los castiga o los ahoga. 

Los consistentes simplemente entrarán, cruzarán con más o menos indiferencia el cerco de la orilla y se abrirán paso en línea recta al mar.
Se sumergirán para dejarse inundar, entrarán y saldrán de las aguas, buscarán las ondas más pronunciadas o los bancos de arena, da igual, no hay recetas para la vida, como no las hay para el mar.
Entre ellos habrá quienes nunca notaron las algas, quienes las cruzan conscientemente con voluntad febril y atenta y quienes se toman su tiempo para disfrútalas, entendiendo que allí también hay vida para explorar. 
Los que entienden que no hay rosa sin espinas, que el gris también forma parte del paisaje y que todas las cursilerías que algunos rescatan en las canciones que gustan a los más viejos, son rescatadas de la vida, de aquellos que la vivieron o que no lo hicieron y en su remordimiento nos alientan a probar.

Entreverados en todos ellos, inconscientes y felices, los niños aun no teñidos de sapiencia, incautos inmaculados, que aún no hay sido infiltrados por el virus del miedo, correrán por encima o harán comidita con las repugnantes algas y perseguirán los espantosos crustáceos que viven entre ellas y que los adultos creen los persiguen, cuando en realidad, carentes de lo humano, huyen de nosotros.

Hoy la costa está llena de algas y la playa se pone sociológicamente divertida, aunque nada es igualable a los días en que las olas se llevaron la arena y las rocas pinchan los pies de los bañistas, o  aquellos en que las  medusas traicioneras eligen acercarse a la orilla para hacernos reflexionar.
Ahí, cuando la vista, el olfato y el oído se unen al inútil sabor amargo de la duda, y solo nos queda el tacto inevitable y reactivo definir si seguimos adelante, ahí "se ven los pingos",  ahí se amontona la raza en la periferia, se demoran o regresan  los cautos invadidos del miedo capital y ‎se zambullen sin pensarlo los atrevidos que no dejan ningún segundo la vida pasar.

Tal vez por todo esto, por no solo ver culos y heladeritas con cervezas, gente recauchutada o esperando recauchutaje y el reloj que les marca el horario del estómago o el límite entre el sol que mata y el que da vida,  tal vez por todo esto hace años he elegido erigir mis casas frente al mar, cerca, muy cerca de la costa, para no olvidarme de todo lo que cruzo cada instante que enfilo hacia playa  para zambullirme cada vez con más ganas en la vida.