octubre 05, 2015

Guatemala - Jefferson

Ayer, dos hechos que se toman por simples y anecdóticos en la cultura de hoy, transcurrieron delante de mí, con el mismísimo anonimato que tantas cosas importantes se replican a cada segundo en el universo,  sin que nos sintamos tocados, aun cuando arrollan y limitan la historia y el futuro de nuestra humanidad.

1 - Jimmy Lester invirtió lo que logra con el sudor de su frente y la inversión de su tiempo de vida en cambiar su nombre a Lester Adrián, ganando una pequeñísima batalla en la guerra que disimula a sus treinta años de vida, enfrentando entre tantas otras cosas: el corset cultural, el prejuicio social y el repudio de su propio padre, el que irónicamente le dio su nombre al nacer.

2 - Un nuevo bebé abrió sus ojos al mundo en el hogar del jardinero que hace de la casa de Guatemala un oasis. Tras la felicitación de rigor y mi curiosidad sobre qué nombre llevaría consigo esta nueva alma, entre dudas que sobrevivían 8 días después del nacimiento, su padre me expreso que seguramente se llamaría Jefferson (con seguridad “Jeferson”, con una sola “f” o talvez “Yeferson”, porque no,  nada raro en un país donde Adrenalina, Diesel, Epson, Brother, Canon, Chelsea, Walmart, Matrix y Mcdonalds están registrados en la Renap)

Dos hechos que cualquiera e incluso todos los que disfrutábamos de nuestra charla nocturna, tomamos como simples y anecdóticos en nuestra pobre consciencia occidental y sobre los cuales  resigne anoche una explicación ilustrativa y no necesariamente iluminadora ante los ojos repletos de un juicio diferente en los demás.
Un juicio diferente al que todo el mundo piensa tener derecho y que exagera abanderando individualidad, esconde en el regazo de las limitaciones y justifica en la simplista defensa del gusto;  cuando en realidad hay cosas universales que no necesitan de juicios diferentes o antagónicos y son válidas en su esencia bajo lo que debiera comprender el sentido común.
Ese impulso humano de poner “mi razón, mi verdad y mi realidad” por encima de las demás, sin revisar siquiera si proviene del amor o la envidia,  de la virtud o el defecto, de la ignorancia o la sabiduría. Ese mismo impulso que refrene anoche y que dejo salir abusando del libertinaje actual en el cual cualquiera puede publicar su opinión hasta sin atenerse a las consecuencias.


El hombre navega la virtud de dar vida, inmerso en su ignorancia, disfrazado en su fe y escudado en su irresponsabilidad, a falta de que la propia humanidad (por ende el hombre mismo) lo haga consciente.

Para no entrar en el infinito y a la vez único hogar de cada familia y la discusión fútil de la trasmisión de valores, que no es más que el resultado final y causa irrefutable de esta espiral circular que arrastra nuestra raza;  me centraré primero en la capacitación intelectual que enfrenta un niño expuesto a los instrumentos de la sociedad y a su cultura.

Si existiese desde los tempranos tres años,  en que los niños de hoy comienzan a mamar el mundo desde los pechos ajenos, devotos mas poco involucrados de un extraño llamado maestro;  una materia llamada “Responsabilidad Humana”, nuestra evolución como raza sería diferente.

Si entendiéramos, aceptáramos y asumiéramos, que con nuestro primer latido somos seres vivientes, pares del resto que habita la tierra (…y porque no el universo)  y que nuestra esencia es la más pura búsqueda de reforzar y preservar la especie, la consciencia humana se extendería exponencialmente en comparación a la estrechez evangelizadora de nuestra historia.

Miles de temas podrían llenar millones de páginas, sobre todo lo que sería diferente si solo pudiéramos lograr ese cambio y asumir naturalmente y sin peso alguno NUESTRA RESPONSABILIDAD;  pero hoy la entrada de blog se llama Jefferson y fue invitado Jimmy Lester Adrián, así que me resumiré al momento del nacimiento y a como condicionamos a esos nuevos seres a los que llamamos Hijos, mucho antes de que aprendan a respirar.


Como en todo hay tres cosas, siempre tres cosas, que definen un algo y que dan base a todo lo demás. Seré agnóstico en mi explicación, para que cada uno “lo ponga donde le guste y le acomode”, porque quien lee del otro lado no paso por su clase de “Responsabilidad Humana” (igual que yo) y es imposible reclamarle sentido común.

Existe un indiscutible punto de partida para todos: la llama infinita, el suspiro de vida, la luz interior, la energía vital, la esencia del ser, aquello que nos “hace” más allá del cuerpo físico, las estaturas, el color de nuestros ojos, nuestro cabello o nuestra piel y ni que hablar nuestra cultura, religión o idioma. Poco importa si tú lo defines desde el lado del “ser”, desde el de “dios” o desde el de la “ciencia”, para tratar de hacerlo universal lo llamare Amor.

Esto está, existe, se transmite y crece al ser compartido más allá de cualquier explicación “humana” y es lo primero que define la conservación de la especie o por decirlo de forma más sensible: la creación de una nueva vida.

Una vez más resumiré este punto y dejare a la libre exploración teñida de peculiaridades de cada uno de vosotros, la simple e inmediatamente detectable diferencia entre traer al mundo un “hijo” que es fruto del amor y uno que nace del descuido, el odio o la violencia y por ende no goza de esa primera cuota de luz, sin importar cuanta pueda recibir en adelante.


Una segunda dimensión que afecta engendrar una nueva vida es la actitud, ese ingrediente embebido en cada cosa que hacemos, menospreciado por todos los que fallan (la gran mayoría) y aclamado por todos los que aciertan. El sentido, la dirección y la forma con la que manejamos esa luz divina, esa energía vital, ese espíritu trascendental que nos permite ser y estar, a pesar de nosotros mismos: nuestra actitud.

Otros millones de páginas podrán escribirse sobre la importancia de la actitud con la cual usamos cualquiera de nuestras herramientas vitales o incluso las superfluas.
Solo nuestra honestidad más pura al mirarnos al espejo, nos dejara reconocer que recibido el poder, no hay nada que determine más el resultado de sus efectos, que la actitud del que lo despliega.

Llevado a nuestra discusión de hoy, nuestra actitud al traer una vida al mundo definirá insoslayablemente entre muchas cosas, la salud de esta nueva vida y con ello sus capacidades para sostener y reforzar la raza humana.
Mucho después de eso, para los avatares de su propia vida.


Y al final esa tercera dimensión, por la cual nos ufanamos de ser Humanos y Superiores y con la cual hemos probado tantas y tantas veces ser inferiores a la mismísima planta que nos alimenta y purifica el aire que respiramos 20 veces por minuto: Nuestra dimensión intelectual.

Aquello que solo es un recipiente listo y casi vacío,  cuando la luz de la vida ya nos inundó y nos hizo ser, aquello que solo será una poderosa herramienta para ejercer el poder que tenemos al momento de definir nuestra actitud.

…y desde nuestra dimensión intelectual le llega a nuestro hijo su primer arma, su primer legado, el primer poder único y especial y la primera cuota de historia trascendental que le entregamos a una vida traída al mundo: Su Nombre.

Aplica para la plantita que ilumina la cocina, para el perro que nos ladra y nos mueve la cola y aplica por sobre todas las cosas, para aquellos que consideramos hijos: sangre de nuestra sangre, indudable mezcla de dos luces existenciales traída a la vida con o sin amor, con la mejor o la más pobre actitud, pero finalmente aquí, respirando, inocente y expuesta a nuestra vanagloriada capacidad de “pensar” que tiene como primer prueba darnos un nombre que nos identifique.


Hasta aquí, ese cuerpecito tan fuerte como indefenso que trajimos al mundo, fue afectado de forma indeleble por nuestro amor, por la actitud con que lo ejercemos y por la profunda y filosofal tarea de darle un nombre que lo identificara para toda su vida, como nuestro hijo y como un ser independiente que con estas tres cosas, enfrentara la inclemencia del tiempo desde la primera inspiración dolorosa hasta el suspiro final.

Por eso y mucho más, esta entrada se llama Jefferson y tiene como invitado a Jimmy Lester Adrián. Porque si tuviéramos esa enseñanza de “Responsabilidad Humana”, muchas, muchas cosas a las cuales luego debemos enfrentarnos, ni siquiera verían luz en el mundo al mismo tiempo que comenzamos a respirar.

Porque nuestro amigo Lester, nos deslumbraría aún más con su capacidad creativa y su entusiasmo si no tuviera que cargar con el peso que ser Jimmy le puso sobre sus hombros cuando aún no podía siquiera definir cuándo orinar. Compartiría libremente todo su mundo, sin tener que invertir vida en su vieja búsqueda, talvez interminable de identidad, que hoy lo lleva por voluntad propia a ser Adrián y lo define en el seudónimo Lesdrian.

Porque ese niño que abrió los ojos en dudoso anonimato días atrás, enfrentaría un futuro más prometedor si sus padres le dieran un nombre digno, un arma para definirse, un poder para despegar, una combinación natural para su apellido,  una casta de honestidad y lealtad que respetar.
No un caprichoso Jefferson.
Jefferson que ni siquieras es un nombre.
Jefferson, el apellido que alguna vez identificó por primera vez al hijo de Jeffer y lleno de orgullo a su familia por ser “hijo de alguien”(como lo fueron los Johnson, los Mendelson y tantos otros), manteniendo la casta de su familia, los valores de su historia y la tradición de sus heroísmos.

Pero este bebe es hijo de Walter, y llevara el apellido de un sajón como nombre adornado con un Morales, Pérez, Gómez o López (algunos de los apellidos más comunes de Guate)

…y así Jefferson Morales, o Jefferson Pérez crecerá en la periferia de una ciudad tercermundista,  en medio de una sociedad con una desigualdad despedazadora que disfraza la esclavitud del siglo XXI como “generación laboral” y que tiene como sueño de más del 50% de su población, el de poder soportar las penurias innombrables de transitar miles de kilómetros para llegar maltratados y sin los ahorros que reunieron en años, a condicionar su libertad en “los estados” (USA) con tal de superar la miseria inescalable que la permanencia en su tierra le asegura a ellos y sus familias.

…y así Jefferson-Jeferson-Yeferson, nunca será Morales de este lado, ni Jefferson del otro y cuando se cansen de mirarlo raro (de arriba o de abajo, talvez nunca de frente) le pondrán un sobrenombre que tampoco podrá elegir y que seguro, como su propio nombre, no eligiría jamás.


Responsabilidad Humana, una combinación casi antagónica de palabras, que nos liberaría de todas las pobrezas de nuestra raza, en un mundo en el que una tercera parte muere de hambre, otra tercera parte de obesidad y la tercera final en guerra por mantener este triste equilibrio terrenal.




agosto 26, 2015

Desde el Aire - El duro Mundo de las cosas serias

Para ser justo diría que tiene unos 60.
La cadera obtusa, las uñas lo suficientemente abovedadas, pero por algún antepasado indio o indígena, su piel levemente oscura no‎ acusa su verdadera edad.

Mientras me pierdo en esa sueñera-meditación que me embarga cada vez que un avión despega, veo sus ojos detrás de los lentes finitos, guiando una mano experta sobre los cuadros de un sudoku.

Cierro los ojos y me vuelvo a ir, a ese lugar donde espero dejar el cansancio acumulado por conducir 600 kilómetros anoche y retorcerme en el pequeño auto esta madrugada buscando dormir.
Es mediodía y mi cuerpo no entiende de relojes, un desayuno en tiempo de almuerzo y una ducha pagada en el salón vip,  me regalaron un poco de energía extra.
Mi mente resiste, pero el cansancio del cuerpo y la inestabilidad del corazón estos últimos días, porque no semanas, o talvez meses, la marean.
‎Es mediodía y un nuevo vuelo me llevara 9000 kilómetros hasta una de mis camas, donde volveré a dormir poco para partir a México, mañana, antes de que sea el mediodía, otra vez.

Vuelvo a abrir los ojos y me señala algo, miro al bolsillo del asiento y mi teléfono espera este rato no anunciado de escritura junto a las revistas de vuelo.
Me señala nuevamente y me habla en inglés, pero no pide exactamente lo que quiere.
Amarrado a la esperanza tonta por el cinturón,  igual que ella,  me estiro señalando como a un niño.
Mi mente despierta y mareada se demuestra ‎asombrosamente sana.
Le paso la misma revista donde rellenaba cuadros con números, la misma pero la mía y con solo un gracias, la empieza a ojear.

- tiene uno diferente allí?
- sorry? Me contesta.
- tiene un sudoku diferente cada revista? 
- no, no.
- volverá a hacer el mismo otra vez?
- si!

Por espacio de unos 90 segundos el silencio que nos aislaba sin intención se hizo charla amena y me sorprendí volviendo a ver frente a mí,  una conocida y vieja realidad: no se jugar.

Fueron no más de 90 segundos en que las preguntas y las respuestas dejaron claro: que no tengo la menor idea de cómo se rellenan aquellos cuadros; de que jamás he rellenado unas palabras cruzadas siquiera; de que no juego juegos de mesa desde hace 17 años;  que como mucho juego cartas dos veces al año y más por la camaradería y la tarta de cebollla de Tatiana que por el juego en sí, y que además, nada de eso me importa un carajo.
Me obligo a recordar que alguna vez hace 10 años puse una moneda en una máquina del Bellagio,  para privarme de ‎decir "que nunca había jugado en Las Vegas";  que jamás jugué Poker y que no sabría que hacer frente a una Mesa de Ruleta.

Me comento que vivía en Dallas y solo tres imágenes llegaron a mí: la vieja serie "Dinastía",  testigo de los últimos tiempos en que mire televisión (aunque nunca vi la serie porque era muy tarde y para adultos según Mamá);  el Aeropuerto‎ y los Dallas Cowboys predilectos de Debby.
Por el propio sentido de la conversación, me hice consciente de que ni se las reglas del Football Americano y que por supuesto nunca lo jugué;  y que tampoco juego ningún otro juego o deporte  desde mis viejos 12 años.

- I understand, you are a busy man. Repetía mi ocasional conpañera de vuelo, y yo, descubría honestamente que no lo era, que no era un “hombre ocupado” y que mi imposibilidad de explicar el porqué, nada tenía que ver con mi limitado Ingles.

- solo no juego, le decía y la explicación en ningún lenguaje cobraba sentido.

Un momento después ya había empezado a escribir en mi mente despierta esta entrada de blog. Mi cuerpo se demoró un poco más en echar a andar los dedos.

No juego.
Para mí todo es en serio, sentenciaba mi juicio cuando la charla ya solo era “padentro”.
No juego.
...y podía ver las tardes enteras que pasaba cambiando de escondite sin ser encontrado mientras los demás jugaban a la escondida.
...y podía recordar esos mismos enojos que repudio de Anthony, que se apoderaban de mi interior sin agredir “pajuera”  cuando la impotencia o la injusticia me embargaban.
...y podía volver a detestar las alianzas sordas que automáticamente se formaban en mi contra, el que no sabe jugar, cuando había tiempo para una Canasta, un War, un Monopoly o excepcionalmente un Trivial Pursuit.
No juego, para mí todo es en serio.

¡Como me costó aceptar que lo lógico era que no me buscaran, que evitaran mis calenturas o se amotinaran en mi contra, cuando yo solo hacia lo que debía hacer y por una buena causa (además de con toda razón)!.
Cuando yo hacía lo que yo creía que debía hacerse y estaba respaldado por todas las reglas, aunque ello no fuera jugar.

¿Qué gracia tiene para cualquiera, para ti o para mí, si nunca me puedes encontrar? ¿Si nunca me puedes manchar? ¿Si no puedes saber más respuestas que yo, ni comprar más y mejores edificios o distribuir más estrategicamente los ejércitos negros, verdes o amarilllos en ese mar infranqueable de MI ejército Rojo?.
¿Que gracia tiene para cualquiera nunca poder ganar, que gracia tiene nunca tener la razón y que tiene de gracioso no poder siquiera ayudar al que no sabe jugar?.

No juego, para mí todo es en serio.
Lo lúdico, no es lo mío.
Si alguna vez lo tuve no lo recuerdo y por ende no sé cuando lo perdí.
Puedo ser simpático, hasta bromista. Puedo ser cariñoso y hasta kinestésico. Puedo plantarme solo o compartir más que nadie …pero nunca juego.
Nunca me dejo arrastrar, un poquito aunque sea, por la burla que provoca la risa, por la falla que deja que te descubran detrás de los ‎hinojos, por el segundo de desconcentración en que pierdes la mano, por el instante en que uno elije que no es necesario explicar.
No juego, para mí todo es en serio.

Los recuerdos se arremolinan al mismo ritmo que las letras llenan el espacio en blanco de la pantalla.
¡Cuántas cosas habrían sido menos pesadas si ‎hubiera sabido jugar!.
¡Cuánto de lo bueno habría sido mejor  y sobretodo, cuanto de lo malo ‎no hubiera existido o me habría dejado otras enseñanzas,  si tuviera un espíritu más lúdico!.

Pero sobre todo, muy por sobre todo, cuantas menos expectativas tendría de los demás,  cuanto más fácil sería pedir en lugar de esperar, cuanto más satisfactorio seria saber recibir sin presionarme a dar.

No juego.

...y es un duro Mundo el de las cosas serias. 

julio 30, 2015

Oceanside Midnight

La piscina esta desierta, el jacuzzi apagado.

Algún soñador del directorio decidió que todo se puede usar hasta medianoche, tal vez esperaba mi llegada, tal vez solo espera que alguien cumpla los sueños que él, o ella,  no cumplió

Alguien llega por el acceso del Sur.


Dos personas,  tal vez una pareja.
‎Llegan a las gradas y vuelven hasta la puerta automática, una de ellas.

Tal vez la más curiosa, la más cuidadosa, la más miedosa. Tal vez.
Como no hago nada más que navegar mis pensamientos que tratan de explicarme qué diablos hago aquí y porque no estoy allí, allá o más allá, detecto cualquier movimiento a mi alrededor.

Finalmente vienen,  dos, tal vez una pareja.
Marchan como soldados‎, paso firme,  decidido y enfocado, inusual para las once de la noche en la piscina de una torre de playa en Miami Beach. Marchan.
Me consterna verlos parar con los pies muy juntos, justo unos centímetros antes del agua, ambos, juntos, erectos, con el mentón pegado al cuello, mirando el agua.
Parecen hablar, están a metros de mí, pero están solos.

Él tiene el pelo muy corto, un mechón muy enrrulado cae por delante de sus dos orejas emulando los dos cordones blancos que cuelgan del lado derecho de su cintura.
Una semiesfera negra cubre lo que en otros es la primer pelada y en el inexorablemente lo será, si ya no lo es
Ambos cubren de negro su cabeza, de blanco su torso y de negro sus piernas.
Supongo no les importa con que lo cubren, eso parece.

Giran sus cuerpos y enfilan directo y sin pausa hacia el jacuzzi.
Suben los tres escalones, el respinga la nariz mientras acerca sus anteojos trasparentes y pequeños, detrás de los cuales se pueden adivinar ojos claros,  al selector de encendido, por supuesto no lo enciende.
Ella me demuestra que es quien marca el paso, el de ambos, enfilando hacia la esquina opuesta, para mirar hacia el lado del mar, donde nada se ve porque está lleno de lindos árboles que a la medianoche son solo sombras;  ambos miran.
Parecen hablar.

Bien formaditos enfilan la escalera en bajada y a solo dos escasos metros de mi pecho desnudo, ella vuelve a dirigir la barca y se vuelca a la izquierda.
Con una sonrisa que no pueden ver en mis labios,  adivino que él jamás me vio y trato de explicarme como alguien puede seguir tan ciegamente los pasos de otro.
En lugar de pasar frente a mí, giran alrededor de la piscina.
A él no se le mueve ninguno de sus rulos. La luz azul reflejada por el agua me deja ver los dientes de ella, que sin dejar de comentarle sobre mi presencia sonríen nerviosos.
Imagino como una suave y poco habitual corriente eléctrica sube de sus tobillos hasta su entrepierna por debajo de la larguísima falda negra.
Yo imagino, tal vez no ocurre.
Los humanos que conozco no reaccionan así, no mantienen un paso firme e irrevocable y un cuello erguido que sostiene una cara impávida ante un semidesnudo medianochero aparecido de sorpresa.

Se paran frente a la escalera que da a la playa, los ilumina el letrero de EXIT. 
Dentro de mí,  sueño que los penetre esa luz roja y los despierte a sacudones en un EXIT a ‎ fuerzas, inexpugnable
Pegan el mentón al esternón, parece que hablan y giran su cuerpo para renovar la marcha.

Por un momento dudan‎ y yo sonrío.
Sera que todo lo que pasa en mí,  llega a ellos,  y por un segundo les impido ser ellos mismos?
Sera que deben evaluar si no será dañino volver a pasar delante de mí y perderse por la misma puerta que entraron?
Sera que presienten lo que estoy pensando escribir y al encontrar la coincidencia con la voz que desde su interior los martiriza cuando no deben rezar, deciden huir?
Sera que huyen? Sera que no saben o saben más , y todo esto solo vive en mi mente ociosa de piscina nocturna.
Tal vez nunca lo sabré, se escurren por el acceso del norte.

Ella lleva zapatitos verdes fluorescentes, chatitos, pero brillantes.
Como sus dientes nerviosos que al verme tumbado semidesnudo en la reposera, no pudieron evitar iluminar su rostro.
Pero todo eso son ideas mías, menos los zapatitos verdes fluorescentes.

El ser humano, el que conozco y el que no, se revela en los detalles más pequeños.



abril 27, 2015

Que alguien me salve a Isabel !!!


Acabo de cerrar por última vez "El plan infinito".
Devoré con la voracidad esperable las últimas páginas, que amontonaron años en ese mismo ánimo adivinarle del que cuenta o escribe. Esa urgencia por terminar.
Esa peculiaridad tan humana y tan  general que resulta difícil de criticar.

Ese deshacerse en el esfuerzo de saborear el caramelo, desenvolviéndolo despacio y controlando el impulso al llevarlo a la boca, para luego, mucho antes de consumirse en nuestra lengua, mordisquearlo con desidia injustificada…da igual si resulto pésimo, desalentadoramente indiferente o excepcionalmente sabroso.


Humanos previsibles, salvo espectaculares excepciones de las que adoro encontrar, milagro que claramente no sucedió con Isabel.

Años atrás, me paso con Mario, pero para aquel entonces aun no había aprendido a pedir, mucho menos a aceptar lo que se me daba y por supuesto, ninguna de esas dos virtudes las clamaba a gritos en público o las escribía atrevidamente en las páginas de una web que para entonces remojaba pañales.
Fue en "Gracias por el Fuego", donde con todas las expectativas que en aquellos años aún no aprendía a desalentar, donde Benedetti me desilusionó.
Me eche la culpa como también lo hacía entonces por casi todo: “… no sabes nada Carlitos, tu cultura literaria es menudamente pobre, tú no sabes nada de la vida y además tienes la mala combinación de tu ego y tu impotencia meciéndose sobre ti ”.
Y así salve al reconocido escritor Uruguayo que la humanidad laureaba, que todos esperaban sombríamente muriera para consagrarse aún más como leyenda, para nunca más volver a experimentar una sola línea por el escrita, refugiándome en las estrofas caprichosas del "Te Quiero" que con el corazón abierto habia cantado en mis años mozos y con sangre se sostenían como poesía universal: "...y en la calle codo a codo, somos mucho más que dos".

Los años han pasado y la única dimensión real – el tiempo - ha operado sus efectos sobre mí. Los muchos libros que el tiempo me dejo leer, las múltiples humanidades que la expansión de mi mundo me obligo a compartir, la indiscutible capacidad de hacer que me distingue y ese ego que se ha rebosado varias veces el tamaño excepcional de mi copa para perderse, como lágrimas que se comparten humedeciendo una sonrisa;  me permiten pedir y estar atento a aceptar, que alguien salve a Isabel.

Quiero fervientemente volver a leerla.
Es chilena, es Allende, es mujer y hasta bonita, es proliífera y reconocida, necesito que alguien la considere también admirada y ojala amada, para que algo de todo eso me permita entregarme otra vez a sus letras.
Por favor sálvenme a la Nobel Isabel.

Díganme por favor que alguno de sus libros no es una sucesión dolorosa e intrincada de desgracias.
Muéstrenme que dentro de su excelente uso de la referencia histórica, puede salvar a por lo menos un ser menos humano y una historia, o un capítulo deprendido, o un pasaje una cita efímera aunque solo sea,  de existencia virtuosa.

Es que me cuesta aceptarlo…
Como me costó aceptar las tremendamente violentas trilogías nórdicas fugazmente famosas años atrás,  aquellas ya olvidadas de la chica del tatuaje X o la que jugaba con un  cerillo, o quien sabe que otros títulos intrincados que tuve que ver en películas macabramente exitosas o leer incansablemente para poder depreciar.
Es que me cuesta aceptar que todos los personajes de Isabel sean tremendamente defectuosos, que no se salve uno en sus solapadas virtudes del sufrimiento, la cíclica suma de malas decisiones y la prolongación inesquivable de su desgracia hacia el futuro.
Quiero creer que no todos los hijos de sus historias serán una Margaret o un David, quiero pensar que alguien sano engendrará en sus líneas un mensaje positivo y una cría con al menos posibilidades de ayudar en el cambio de la humanidad.

Sepan que entiendo,  y por eso empecé estas líneas con la apología del caramelo masticado, entiendo, que mirado con ojos pesimistas y porque no, muchas veces solo realistas:  el mundo es un basurero.
Pero nunca entenderé, porque describirlo falto de toda esperanza condenándolo así un poco más a su deceso.
No me niego a aceptar la pesadumbre de Mario, ni la existencia amarga y desechable de Onetti.  La apología a la violencia más sucia y obscena de Stieg Larsson o esta primera visión de insistente búsqueda de pobrezas de Isabel Allende. Son parte, y son libres de mostrarlo y vaya que hasta los admiro por ser honestos.

Lo que me niego a aceptar, raza, querida raza,  humanos evolucionados de bípedos;  es que entre esos autores se cuenten los Premios Novel y los Best Sellers. Que sus libros sean leídos por millones y que indefectiblemente eso suceda porque los interesantes, ávidos y tal vez hasta eruditos que tienen la buena costumbre de la lectura, se sientan identificados, tocados de alguna forma por este manantial hipnótico de defectos, incansable, insondable por sus tantas versiones e increíble profundidad.

Me cuesta aceptar que se premie lo peor del ser humano con múltiples ediciones, con películas alegóricas y muchas veces con inmortalidad.

Cuanta cosa buena hay para contar, cuanta otra fantástica para entretener, cuando conocimiento sabio para trasladar.

Qué necesidad, mi raza, mi gente, de mostrar la vida como supervivencia, el amor como el más doloroso y difícil de los deseos y la existencia como un pálido espejo deformado donde encontrar y explotar cada uno de nuestros defectos, a fin de con toda naturalidad, darle permiso a nuestra psicología insalvable para crearnos nuevos problemas que ojalá, se proyecten en nuestra descendencia, nuestro barrio y porque no nuestro planeta, así retozamos en un parque gigante de basura humana.

Por favor, sálvenme a Isabel, no quiero perderla en el primer intento.
Déjenme seguir disfrutando de su calidad al contar, evítenme sus exageradas reiteraciones en cada página y díganme que en otro libro, la historia será virtuosa, que alguien resultara feliz por su buena voluntad, sentido común y constante esfuerzo.
No importa si finalmente muere, todos moriremos.


Díganme cual y correré a buscarlo, o enterrare  a Isabel con sus secuaces y dejaré que un poco de esperanza y un empuje de optimismo basado en todo lo bueno de mi raza, me llene como el aire que respiro, la luz del sol y el amor que siento, de estas  ganas de seguir viviendo.

abril 25, 2015

Vida & Playa



La playa que baña mis días actuales es cambiante, voluble, movediza, como todas las playas de la vida, sin que ello nos exima de la búsqueda tan humana de preverla, pronosticarla, adivinarla y con ello convencernos de que sabremos enfrentarla con mejor propiedad cada vez que nos aventamos al agua.

La de hoy amaneció poblada de algas, de las que flotan caprichosamente en los primeros metros de la orilla, amedrentando a aquellos que se animan a cruzar la barda de las que los retienen en los primeros metros de arena húmeda.
 Resulta gracioso ver, igual que en todas las cosas de la vida, como la gente reacciona en formas tan dispares a la costa bañada de algas del día de hoy.

Una parte, inmedible pero‎ conscientemente mayoritaria la mirará desde lejos y se sumará a los que ni siquiera le echan un vistazo ya,  acuartelándonse en sus trincheras de supervivencia, donde la vida los pasa sin que la vean o la frustración por las últimas gotas de conciencia,  les asegura seguir sufriendo el reflejo autónomo aprendido al nacer: simplemente poder respirar.

De los valientes e intrépidos que llegan hasta la orilla, se alimenta la humanidad dudosa y se nutre la vida llena de colores.

‎Allá atrás se levantan las carpas y se extienden los campamentos de lo que llegan por figurar. Saben que estar ya suma y deben ser al menos espectadores para poderse simular protagonistas, cuando la fiesta que montan a su alrededor para huir de su realidad apaga las luces.

Al medio,  algunos de los que resignados en su incapacidad de rebelión,  mantienen la consciencia mínima de tratar de aventurar a su descendencia, como dijo Serrat  "sin  saber el oficio y sin vocación".

Delante, los que se debaten ante sus miedos o se rigen por sus convicciones para enfrentar al mar.

Algunos se acercan con cara de asco, relegando de esa obligación socialmente impuesta de participar, masticando su mezquindad y maldiciendo el teatro de tener que figurar en la orilla. Esos encontrarán pretexto en el mar, culparán a las algas inmundas y darán media vuelta después de mojarse las manos, el pecho y el rostro, como si ellos le dieran oportunidad y la vida se negará a aceptar tan generosa oportunidad de contarlos en ella.

Otros caminarán la orilla, cavilando cual será el lugar donde habrá menos algas para hacer menos riesgosa y porque no inmunda,  su zambullida al placer prometido del mar.
Irán y vendrán, brincarán con el roce áspero a casa paso, entrarán y saldrán muchas veces con giros de espanto y manotazos defensivos... y cuando lleguen, si llegan, no mucho más allá de la orilla, estarán tan ocupados en detectar cualquier alga que se les acerque, que serán incapaces de sentir el placer real de sumergirse en el mar, en la vida misma;   la tibia existencia que nos mece, mientras a otros los castiga o los ahoga. 

Los consistentes simplemente entrarán, cruzarán con más o menos indiferencia el cerco de la orilla y se abrirán paso en línea recta al mar.
Se sumergirán para dejarse inundar, entrarán y saldrán de las aguas, buscarán las ondas más pronunciadas o los bancos de arena, da igual, no hay recetas para la vida, como no las hay para el mar.
Entre ellos habrá quienes nunca notaron las algas, quienes las cruzan conscientemente con voluntad febril y atenta y quienes se toman su tiempo para disfrútalas, entendiendo que allí también hay vida para explorar. 
Los que entienden que no hay rosa sin espinas, que el gris también forma parte del paisaje y que todas las cursilerías que algunos rescatan en las canciones que gustan a los más viejos, son rescatadas de la vida, de aquellos que la vivieron o que no lo hicieron y en su remordimiento nos alientan a probar.

Entreverados en todos ellos, inconscientes y felices, los niños aun no teñidos de sapiencia, incautos inmaculados, que aún no hay sido infiltrados por el virus del miedo, correrán por encima o harán comidita con las repugnantes algas y perseguirán los espantosos crustáceos que viven entre ellas y que los adultos creen los persiguen, cuando en realidad, carentes de lo humano, huyen de nosotros.

Hoy la costa está llena de algas y la playa se pone sociológicamente divertida, aunque nada es igualable a los días en que las olas se llevaron la arena y las rocas pinchan los pies de los bañistas, o  aquellos en que las  medusas traicioneras eligen acercarse a la orilla para hacernos reflexionar.
Ahí, cuando la vista, el olfato y el oído se unen al inútil sabor amargo de la duda, y solo nos queda el tacto inevitable y reactivo definir si seguimos adelante, ahí "se ven los pingos",  ahí se amontona la raza en la periferia, se demoran o regresan  los cautos invadidos del miedo capital y ‎se zambullen sin pensarlo los atrevidos que no dejan ningún segundo la vida pasar.

Tal vez por todo esto, por no solo ver culos y heladeritas con cervezas, gente recauchutada o esperando recauchutaje y el reloj que les marca el horario del estómago o el límite entre el sol que mata y el que da vida,  tal vez por todo esto hace años he elegido erigir mis casas frente al mar, cerca, muy cerca de la costa, para no olvidarme de todo lo que cruzo cada instante que enfilo hacia playa  para zambullirme cada vez con más ganas en la vida.



enero 28, 2015

Miami - Gerente de Iluminación & Logística

Hoy “el Moris” me invito a ser parte de su Banda!
De su nueva banda!
Y a mi que soy tan así, tan soñador;  y que estoy acostumbrado a empezar todo bien de abajo, pues , que les digo, se me llenaron de lagrimitas los ojos.


Yo le bromee que le llevaba una pista de “primerola” para cantarle un “buen mosaico” como el octogenario cubano de la otra noche en el asilo anexo al Casino City Magic,  y a él se le escapó.
Aquello de tirar verde para recoger maduro…y como el Moris es más joven, cayó redondito.


Cuando leí en mi Smartphone Next Generation, a través de estos sistemas de mensajería que ponen en línea y al alcance de una tecla a cualquier ser humano o similar,  de cualquier parte del mundo:  “…el opening que tenemos es de gerente de iluminación y logística”, se me nublo la vista.
Me acorde de Mike Wasowsky cuando pasan la propaganda en la Tele durante Monster Inc  y es cubierto por la M gigante de M Inc.. Tras la sombría mirada apenada de “Soli”, el grita exitado “..no lo puedo creeeer…sali en Te le vi sión!”




Imaginan! Yo que solo canto en el auto, en la ducha, en la calle, en la casa, en la playa,  en la montaña, mientras cocino y solo por respeto no mientras “morfo”, tengo la oportunidad de ser “gerente de iluminación y logística” en la Nueva Banda del Moris!!
No es increíble? 


Es que yo nunca conocí o estuve tan cerca de alguien tan famoso!
El cantaba en el OTI de la Canción por su País, a la mismísima edad que yo era padre por primera vez!!
Salió en Tele - y no como Mike Wasowsky - grabo CD, filmo videos….y yo puedo ser su “Gerente de Iluminación y Logística”.


Cuando lo leí en la reluciente pantalla, me traslade a mi niñez, casi mi adolescencia, aquel tiempo en que empezaron todos mis sueños.
Uno de ellos había sido ser “Gerente de iluminación y logística” y vaya que practiqué para lograrlo.


¡ Cómo uno jamás imagina para que nos servirá o cuando nos vendrá bien aquello que alguna vez aprendimos, casi sin querer y que después de un tiempo pareció casi inútil ¡

Cuando tenía once años, fuí uno de los alumnos ejemplares del curso de Electricidad que caprichosamente los milicos de mi país habían puesto entre Educación Moral y Cívica y Cerámica en el Liceo de San Carlos.
Se me daba eso de los cablecitos, el adivinar los positivos y negativos – otra de las grandes enseñanzas de mi vida – el usar destornilladores y conectar en serie o en paralelo – que me ayudaría tanto en el futuro.


...y como era tan “guenazo” con la corriente sin que me cagara a patadas, pues me encargaba de las luces en una discoteca que tuvimos.
En aquellos tiempos, donde todavía me faltaban 4 o 5 años para trabajar en la Radio del pueblo – suceso que ni imaginaba para entonces – contratar a Baby Discoteque para un baile de recaudación de monedas para poder tomarse un bondi a Punta a fin de año, era un imposible financiero y ni que hablar al famosísimo Lulo o Arthur Martin (noooo, el del auto es Aston Martin y nunca llego ni llegara ninguno de esos a San Carlos).

Así que con los “mucha!” como dirían en Guatemala, pinchábamos discos (tampoco conocía esa expresión allá en el Barrio de las Ranas),  y yo era el “Gerente de Iluminación y Logística”.


Siempre grandote para mi generación y siempre voluntarioso – era el único que trabajaba a esa edad – cargaba cuanta caja había para subirla al segundo piso de la Sociedad Unión o el Club Oriental, con el mismo apuro inexplicable e ilógico con el que hoy persigo la tecnología, paso de un aeropuerto a otro alrededor del mundo y manejo por las calles de tres continentes.

Ese apuro por hacer rápido las cosas que no se disfrutan, así queda más tiempo para las disfrutables.


E allí mi puesto de Gerente de Logística!, que hoy después de haberme especializado en Supply Chain,  Warehouse Management  y Route Management ,  ya seéque significa lo mismo que cargar, descargar, acomodar y desacomodar cosas.


Y el de Gerente de Iluminación, era el que me venía de mi musculo cerebral, de la sinapsis virtuosa que me tiene aquí sentado en Miami, escribiéndoles esta historia y reflexionando como fue que en aquella época, ni siquiera me pagaban una moneda, cuando debieron pagarme por dos puestos de Gerencia muy bien logrados en Objetivos y Competencias.

 Así que cuando miraba el Smartphone,  recordé las latas de aceite o duraznos en almíbar que pintábamos de negro y a las que les pegábamos papel “celofan” de colores del lado abierto, para que al salir la luz de la lamparita que estrategicamente metíamos en un porta lámpara por atrás, lograra efectos electrizantes en la oscura pista de baile.

Y recordé también las “tiradas” de alambre de 0,75 que trenzábamos atando una punta de algún poste  y torneábamos desde  la otra con un taladro de mano.

Y como olvidar, los tableros de llaves marrones, sensuales como bubis con su pezón siempre erecto, para arriba o para abajo.
Talvez por eso, inconscientemente, era yo tan hábil prendiendo y apagando estratégicamente las llaves al ritmo de la música, tratando de que los “Crick crack” no taparan el sonido que los LP (long play vió) largaban de las bandejas tocadiscos a 33 revoluciones.

Eran verdaderas obras de ingeniería, que nunca sobrevivían de una fiesta a otra.
Jamás tomábamos en cuenta lo que terminaría pesando aquella tabla de dibujo, que estrategicamente solo agujereábamos de un lado, después de echarle tanta llave de baquelita encima, tantos tornillos para sostener cada cosa y tanta grapa para asegurar los alambres  negros y rojos, perfectamente doblados,  que nos libraban de no morir “pegados” en el intento.

Cuando la fiesta era chica, solo se sacrificaba una tabla de dibujo, pero cuando la joda era grande, pues había que completar el “panel de mando” duplicando tablas y generando circuitos paralelos, contratando algún “supervisor de iluminación” o en su caso un “operario de iluminación” (porque el Gerente era yo!) para que tratara de igualar la velocidad de mis manos, haciendo que las latas repartidas alrededor de la pista, envolvieran en sus tonos verdes, rojos, azules y un amarillo que no engañaba a nadie, a todos los bailarines quebradizos al ritmo del breakdance.

No es que sea tan viejo, solo tengo 43.
Lo que pasa es que viví mucho, muy rápido y tengo la fortuna de no olvidarlo.
Además soy de la generación bisagra, de la que sabe todo lo que sabían nuestros abuelos aunque a mí nunca me contaron nada,  y todo lo que saben nuestros hijos (que poco cuesta en realidad).


Esa mezcla de escalofrío y excitación que nos deja el “deja vú”,  al ver el pasado pasearse por tu futuro, fue la que me provoco “el Moris”, cuando me invito a ser parte de su banda y la remato cuando escribió “…hasta el handyman puede resultar cantando en mi banda”.

Pero todo deja vú pasa, como pasa todo escalofrío y como se lleva un suspiro o un grito la excitación más profunda.
Y ahora, que vuelco las últimas gotas del semen de mis sueños en estas palabras, me rindo a la cruda realidad y acepto que como Director Ejecutivo, ya no puedo aceptar un puesto de Gerente.
Además…donde diablos voy a conseguir un taladro manual en Miami.