Nací en el signo de decir y hacer, en el que no solo VE,
sino que no puede dejar de ver. Nací en
la época en que lo mas sano era masticar la contra, el barrio donde no podía
existir el miedo y la gurisada que mantenía una pirámide estricta de respeto,
que solo podía ser violada con la violencia.
Me jodía y me aguantaba, me dolía y me aguantaba, me perdía
y me encontraba y volvía a empujar.
Aprendi la receta por costumbre, por uso, éxito y abuso, sin
maestro que la dictara, sin juez que la midiera, sin mas verdugo que la vida,
en cada instante, en cada esquina, lista para bajar la guillotina, para cortar
y volver a empezar.
Las capas se fueron haciendo duras, una sobre otra, no
protegiendo, sino haciendo que no existiera el sentimiento de seguridad,
aboliendo la emoción, limpiando del cuerpo pequeño los opuestos, a modo de
eliminar colateralmente sin remedio el espejo del miedo.
Pero, no se si pude o mas bien no pude, matar en mi la
explosión de emociones constante. No habia capa totalmente impermeable, ni
pa´dentro, ni pa´juera y a fin de no quedar petrificado, erguido como una
estatua inamovible y resistente bien cercana a la muerte, rasguñe y celebre las
grietas, por donde entraba al menos el aire y salía, al menos la luz. Y así,
con la espada de la práctica repetitiva, arremetí, sin saber adónde ni como,
sin más guía que el resultado inmediato, sin mas escudo que esa capacidad de
atar cada movimiento, cada mirada, cada hoja que flotara en el aire, a un
devenir completo de multitud de inimaginables futuros inmediatos y lejanos.
En ese encadenar el ahora más efímero, al segundo siguiente
y de alli hasta el final de los tiempos, nació mi táctica y se enquisto
exitosamente en mi cerebro.
Si hago esto, pueden pasar estas 7 cosas y de alli se
desprenderán estas 43 y de alli antes de terminar el primer paso, tenia cientos
de opciones para los siguientes años y ahí, decidía y hacía. Daba el primer
paso, o levantaba la vista, o sonreía o apretaba los dientes y otra vez
reorganizaba la centena de posibles futuros… y así.
La vida me dio una sinapsis envidiable y unos hombros
resistentes, o tal vez fue la simple adaptación de este humano a su estrategia,
que me permitió hasta ahora, mantenerme cuerdo
y en pie.
Pero no paras a una topadora poniéndote enfrente, no hay
palos en rueda que ya no se hayan quebrado y no puedes tomar por sorpresa y
menos vencer, a alguien que con toda comodidad no sabe dónde va ni cómo llegar,
haciéndose camino al andar.
Entonces, aparecen las grietas de luz.
Y el aire que entra ya no refresca y reanima, sino que se
encarga de mostrarte el poco espacio que tiene para entrar. Capta tu atención,
te obliga a ver como te has acostumbrado a las corazas, que tanto grosor
ostentan y cuan poquita es la luz que escapa, por esas rendijas de vida: aire,
movimiento, luz.
Y eso que todo lo sabe, ataca por dentro, lo que por fuera
es inexpugnable.
Empiezas a distraer tiempo en esas grietas, luego le prestas
atención, encuentras y empiezas a sentir las heridas por las que nunca frenaste
y piensas, piensas e incluyes tu luz como una opcion más de la táctica y a
veces, de a poco, vas incluyendo esas opciones en tu estrategia.
Por supuesto no es gratis, no llega cuando estas listo,
llega cuando es el único camino para estarlo y ese guerrero acostumbrado a
ganar o perder, sin rendirse, entiende y peor, siente, que ninguna de sus armas
le sirve para esa nueva batalla.
Y con foco en la grieta, obligado a cuidar de las llagas
nuevas rompiendo cicatrices viejas y contando cada expiración y cada rayo de
luz, te vuelves indefenso y otra vez sientes, y te sientes inseguro y aquel
espejo que rompiste de pequeño, te rodea y te muestra lo que en realidad eres y
tu propia luz ilumina la tristeza, el desgano, el cansancio y el miedo.
Nuevos enemigos a abrazar, y aprender a amar.