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septiembre 06, 2011

Desde el Baúl - Rescatando un Instante - Segundo

PROLOGO: "Puedo escribir los versos más tristes esta noche..."PN. Creo y espero en cierta forma, que nunca lograre escribir versos o cuentos mas tristes que los de aquella epoca.
Aquella metafora exagerada de los primeros tiempos, que hacen que descifrar el contenido mas alla de las letras se vuelva un ejercicio casi imposible.
Rescato de aquellos dias la esperanza intrinseca embebida en la tragedia, el final feliz dificil de disfrutar despues del sacudón.

Todos los cuentos de aquella epoca explotan un momento minimo, ese en que la sensacion, la emocion o el pensamiento, se abren y llenan de pasado y futuro en base al presente que quema.
Comparto con ustedes esta "pista"que yo mismo he aprendido para, saliendome del escritor y el momento de la escritura, entender porque escribi asi: la clave esta en revisar cual es el momento presente real del cuento y desde alli, abrir un abanico, un embudo por donde sale o entra, todo el resto.
Un resto casi onirico, desprendido de lo real, solo un marco para explicar,  tal cual como cuando le ponemos imagenes y acciones a un sueño que en realidad, solo son reflejo del sentir inconsciente que provoca el propio sueño.

Aquel día lejano, creo que si escribi mi cuento mas triste, si no esta el dia para eso, aqui deben cerrar el explorador y dejarlo para otro día.



Montevideo - 198X (cerca de mis 19 años)

Tiritaban las erupciones en su piel, mientras la fiebre cremaba sus días.

Blanca, muy pálida su frente
Blanca, más blanca que la mano pequeña que aterrorizada intentaba secar su funesto sudor.
- Irás hijo mío? irás? Balbuceaba.
- Búscala!!,  busca a aquella que todo tu tierno interior y tu dura carne te ha dado,... corre pequeño!
Manos grandes  y pequeñas se estrechan con toda la fuerza de la vida y todo el dolor de la muerte.
Corre el pequeño dejando atrás lo que fue un colchón, ahora sin cama y un alma muerta respirando.
Las calles se enredan y se tupen de gente que lo miran pasar, alocado, como quien busca un imposible, ...y las manos se apretaban aún más!
Los senderos en los alrededores, donde jugaba día a día, se confunden perdiendo sus direcciones. Los árboles en los bosques lejanos abrieron sus ramas para que pasaran sus gritos hirientes,  y la nieve en las montañas, se fundía a cada paso del agitado pequeño, ...mientras las manos ardían, como sus pies, como la frente de su padre, como su corazón.
Muchas calles y senderos, mucha nieve y  muchos bosques lo vieron pasar hasta llegar a Ella.
Grabado estaba su nombre.
La puerta de mármol rosado, como la cara del pequeño,  y en su frente, muchas flores, secas, la rodeaban.
Sus golpes no fueron atendidos, ni sus lagrimas, ni los gritos que no grito porque no pudieron salir de su garganta abarrotada.
Rompió en llanto el pequeño, incontrolable.
Las flores se volvieron ortigas y el mármol, muerta realidad, ...mientras la sangre comenzaba a fluir de las manos inyectadas por las uñas, manchando el colchón raído.
La puerta y la ventana de la pieza se abrieron de un golpe y una brisa fría removió sus cabellos, congelando sus ojos mojados que miraban al cielo.
Un cuerpo yacía inerte junto a las rodillas del pequeño, abandonaba su blasfemia en agonía y aprisionaba ahora sus manos.
Fuera  las calles lo vieron pasar, viendo baldosas y jardines marchitos.
La ciudad lo ve alejarse hasta sumergirse en el verde de los arboles que lo acunaron.
Solo un murmullo logro abrir sus ojos.
Un murmullo extraño...
- Irás hijo mío? irás?
Por sus pupilas se trago la naturaleza, se consumieron los bosques, la nieve y las calles en un mismo instante.
Ni siquiera una lagrima encontró su tiempo;  y su garganta abarrotada aún,  no pudo gritar.
Hoy del viejo colchón no queda nada, las puertas y la ventana ya no se baten y el cielo me encuentra, extraño, en esta pieza entre los restos de lo que fuera un techo.
Afuera los tres nombres están limpios sobre el mármol, la piedra a palidecido, pero las flores son eternamente frescas aquí.
- Sonríe pequeño, ya tienes un hogar.

septiembre 29, 2010

Santiago de Chile – El inicio de la ficción – 1342 horas

PROLOGO: Estas primeras 60 entradas del blog y estos dos meses por muchos motivos especiales de comunicación con ustedes, me llevan a dar un paso más en esta cortísima carrerita de escritor que atrevidamente me permito ostentar. Plagada de anécdotas, visión personal y con cero rigurosidad científica, política, económica o histórica, estas entradas iniciales han tratado de mostrarles a Ismael en varias de sus caras.
Otras caras, talvez necesiten de anonimato o escenarios ficticios, por lo cual, trataré desde ahora en adelante, de avivar paulatinamente mi imaginación mas allá de mis recuerdos, para que mis letras no se resuman a mi vida que aunque extensa es limitada y como base además para poder mañana, escribir algunas otras cosas fuera de este blog. Gracias. Siempre.


Corría 2006, el negocio de bienes raíces ingresaba en una incipiente crisis que solo los mas necios se negaban a ver y algunos eruditos anticipaban repercusiones sin precedentes en el mundo financiero.

Jack había levantado su modesta compañía buscando agregarle valor a la construcción de barrios residenciales. Valor más allá del propio de los materiales y la tierra, mas allá de la visión social de los vecinos, mas allá de los indicadores urbanos clásicos.
Le gustaba pensar que construía hogares y que sus compradores los elegían desde mucho mas adentro que sus pupilas y sus bolsillos.
Casas donde una familia pudiera nacer, crecer, multiplicarse y heredarse, como el reloj del abuelo, como el anillo de la mamá, como todo eso que indefectiblemente pasa de alma en alma.

No muy inconscientemente, Jack Warwin construía cada hogar como el suyo propio, como el que no tenia, como el que buscaba en cada departamento o casa de alquiler que paradojicamente habitaba, como el que lo hacia huir de los inevitables hoteles y lo espantaba con la sola idea de un motel de paso.

Era Setiembre y su brújula interna lo llevaba siempre a buscar la primavera.
Con los años, el seguir los vuelos de las aves migratorias, le había granjeado amistades en muchos continentes e instintivamente generado eventos que festejar en cada ciudad que lo recibía.

Viajaba solo, no tan liviano de peso por su obsesivo cuidado de la ropa y su necesidad de tener la prenda adecuada para cada momento. No porque la ocasión lo obligara, no porque alguna etiqueta social pudiera torcer su voluntad, ni siquiera porque el calor o el frío fueran parámetro para el taparrabo de turno. El elegía su ropa como sus casas, desde adentro;  le gustaba sentir lo que se tiraría encima y lo vivía como una extensión de su propia aura.


El Africa revolucionaria de la segunda mitad de siglo XX, había llamado la atención de Max Bloom, quien encontró espacio para sus primeros oficios diplomáticos en tierras de Namibia, llegando de Pretoria tras la ocupación Británica al territorio de la Deutsch-Südwestafrika.
Sus capacidades en el relacionamiento público lo habían adornado de “galantes títulos cancilleriles”, pero ello no era más que el medio de supervivencia para experimentar la pasión de las tribus nativas, disfrutar las dunas interminables del seco desierto de cara al Océano o compartir los gases termales que hacían historia de aquella tierra tan alejada de su Escocia natal.

También le otorgaban convenientemente un cierto poder, muchas veces factor de vida o muerte en enfrentamientos étnicos.
Pero Max no se sentía parte de la partida de conquista del Imperio Británico y había logrado germinar una familia amplia de blancos y morenos, que vivían su casa de embajador como parte armónica de una pequeña sociedad no clasista, muy avanzada para aquellos años.

Hijo de su pasión, entrenado en el saborear de la diversidad, su hijo Alexander había tomado la posta de su experiencia, convirtiéndola en su modo de vida.
Hacía 12 años que había descubierto a una de las tantas Alemanas de familia original, “haciendo dedo” por las calles de Windhoek y desde allí, habían cosechado dos maravillosos críos y algunas pequeñas tierras bajo la capatacía de Negoro, quien en su tiempo comenzó a arar la arena con Max para ver florecer el premio de la dulce comida.


Era 29, 29 de Setiembre y el aire había traído a Jack de visita a Namibia.
Oportunidad de festejar un nuevo aniversario de sus amigos Alexander y Mía.

Mía, era talvez la alemana mas bonita de la ciudad.
Por años se había empecinado en la misión de encontrarle compañía al descarrillado Jack, que no dejaba “títere con cabeza”.
Todos sabían lo que aquel gringo adoraba la sensación de hogar y cuanto soñaba construir su última casa;  la que el mismo ocuparía hasta el final de sus días y legaría a los suyos. Pero también, todos manejaban muy bien el estilo de vida que excusado en su búsqueda contínua de la primavera y con un horizonte de negocios tan amplio como fuera necesario, Jack se jactaba de disfrutar.

La llegada del forastero, se sumaba al festejo de su amor, por lo cual, la oportunidad era propicia hasta lo cósmico para enlazar aquel corazón carente de cimientos y excedido de alas.
La cena estaba prevista, Alexander y Mía invitaron a Frank y Doran, sus amigos locales mas acérrimos y ellos localizarían una pretendiente definitiva para Jack Winwar, el constructor de hogares.

Eran mas de las 10 de la noche cuando Mía, Alexander y Jack emprendieron recorrido hacia Lamu; un “lounge” local donde se disfruta de la mixtura de lo moderno y lo nativo, en memoria de la ciudad mas antigua de los Swahili en Kenia, tal cual la vida propia del Africa de entonces.
La cabeza disecada de una gacela africana los recibió a la llegada y permanecería allí como testigo de la posterior entrada de Frank, Doran y Lasta, la encomendada cita a ciegas.



La noche comenzó entre tragos y música de fondo. El lounge parecía excavado y esculpido en la tierra. Sus bancos y mesas conformaban un piso contínuo donde solo las figuras humanas mostraban un aireado y rítmico movimiento.
Frank y su mujer llegaron mas tarde, sin Lasta, quien había solicitado mayor tiempo de acicalamiento para la ocasión.
Era difícil adivinar las referencias que había recibido, pero el perfil de Jack podía resultar además de interesante, bastante intimidatorio.

Aún no llegaba la medianoche cuando el espacio de baile empezó a poblarse de gente.
Era una pequeña habitación, aun mas enterrada, que lucía un techo lleno de estrellas, inimaginables mientras bajabas las escaleras.
La excavación dejaba un vacío mágico, que permitía ver el cielo de Namibia en todo su esplendor nocturno, carente de la contaminación lumínica de las grandes ciudades, al tiempo que el fresco de la noche desértica hacia soportable la animada danza.
Jack arrastró a la pareja festejada a la pista; tenían vidas muy diferentes y si bien sus 12 años de feliz convivencia eran envidiables, los pies del visitante estaban más acostumbrados a improvisar todo tipo de ritmos.

La sangre se amontonó rápidamente al ritmo de una música que encantaba a la luz de las estrellas, en un espectáculo de danza totalmente inusual en comparación a los “boliches” del primer mundo.
La penumbra solo permitía ver las sombras de los cuerpos, aun cuando los tuvieras muy cerca y el fresco de la noche no alcanzaba a sofocar las siluetas danzantes.
Mía se cansó rápidamente, y aun en el entusiasmo generado, pronto Alexander sucumbió a los ojos de su amor, que pedían volver a la comodidad de la mesa.

En ese momento Jack, sabiéndose prontamente abandonado, giro instintivamente su cuerpo y sus ojos quedaron enganchados de un par de estrellas que no penetraban el ambiente desde arriba.
La sombra oscura de un cabello salvaje, encuadraba dos ojos que parecían haber nacido con él, como si los tuviera a su lado de toda la vida.
Escaso de lenguaje, básico y visceral en su pensamiento, acerco su boca a aquella sombra envolvente y dijo lo primero que se le ocurrió:
- si ellos se van, tu me cuidarías?
Solo una sonrisa iluminó un poco más el lugar; Jack miro a la feliz pareja y les dijo:
- no tienen que soportar el baile, los veo en la mesa, ya tengo quien me cuide.

Desde esa noche y por mucho tiempo, Jack se dedicó a diseñar hogares cada vez más exigentes, cada vez más mágicos, cada vez más propios.
Hogares donde cuidar y guardar aquellos ojos y aquella sonrisa que lo llevaron a cambiar su vida y a luchar sin tregua por sentirse en casa.

Desde el Sábado pasado, Jack llegó a Windhoek como cada primavera a celebrar un nuevo aniversario de Alexander y Mía.
Hoy, habrán pasado cuatro años de aquel encuentro en Lamu y los tres amigos volverán a brindar solos, por los 16 años de felicidad, con un Jack que sin ojos para nuevas estrellas, continúa siguiendo la migración de los pájaros, tratando de renacer en cada primavera.