julio 12, 2025

Guardia Vieja - Tristeza: Asepsia Emocional

Todos conocíamos sus calenturas, el conocía sus calenturas.

Esta vez, y talvez siempre -  como no pensarlo justo ahora – tenía buenas razones.
Sentía que perdía la batalla principal para mantenerse con vida y una rabia incontrolable agredía a todo su entorno, casi tanto como a el mismo.
Así que cruce el Atlántico una vez más, con la urgencia de abrazarlo y dejar que me golpeara con sus palabras incisivas, para contener toda la rabia posible y que su cuerpo no tuviera que sufrirlo tanto así, mucho más.

Lo invite a recorrer España, nos subimos al auto mas veloz que conseguimos y salimos a probar suerte, a ver si eramos mejores esquivando la parca o terminábamos con tanto pesar en alguna de las autovías del reino, e intentamos en todos los reinos que pudimos.

De Valencia a Andalucía y de un flechazo a Castilla la Mancha, respiramos Madrid y saboreamos Navarra, para terminar enamorados y semidestruidos en Pais Vasco.  Ya sin respeto, sin quejidos y sin consuelos, toco un regreso de 3000kmts en silencio, para guardar todas las preguntas y el llanto abrazados, para el equipo médico que, como queríamos no creer y como sabíamos que sucedería, lo condeno a muerte aquel 5 de Setiembre.

Entre tantos kilómetros y charlas, nos lo dijimos todo, lo que sin saber nos habíamos guardado y lo que no queríamos guardarnos de ninguna forma, hasta ensayamos formas nuevas de hacernos daño, con la silente esperanza de consolarnos en un nuevo abrazo al final del día.

-            De niño, allá en Camino de las Tropas, donde vivíamos con Mamá en la casa de la Abuela, solía jugar en la calle todo el día, con el Gianni ¿te acordas? y los pibes del barrio, esos que estuvieron en tu casa como adultos la ultima vez que llegue a Uruguay. Y muchas veces, cuando salía, el Abuelo Carlos estaba sentado en la garita del Ómnibus de la esquina.

Nunca esperaba que me llamara Puto o Maricón como lo hacía en las noches mas oscuras de rabia, pero jamás hubiera imaginado que mi padre visitaba a mi hijo, en el silencio de su vida en la calle y que esto hubiera significado tanto, seguramente para ambos.

-            Yo me acercaba y me sentaba con el en la parada, hablábamos un rato, era lindo. Me preguntaba sobre mis amigos, sobre futbol – porque siempre llevaba una pelota en la mano – y de cualquier cosa que pasara, por alli, por Camino de las Tropas, un buen rato. Despues, desaparecía, de la misma forma que había aparecido, al cruzar yo la puerta de mi casa.

Nunca pensé que mis hijos hubieran tenido una relacion con sus abuelos, con mis padres propiamente dicho y me asombraron muchas cosas de aquel relato de Anthony en San Sebastian.

Y me di cuenta ayer, apenas ayer, que ciego e inconsciente había sido siempre sobre esto.

Porque si bien yo no tuve abuelos, o apenas sufrí una abuela materna a la que desagradar, ellos vivieron sus abuelos, en sus tiempos y a su manera, influidos por sus propias madres y entregados a esa tierna relacion que no se puede igualar.

Porque revisando la muerte de mis padres, recordé la imagen siempre presente de aquella ultima tarde de Mamá en el sillón del living de la casa de Samanta, riendo rodeada por sus nietos, entre ellos Anthony y Nicole.
En el mismo sillón donde su corazón dejo de latir poco rato despues.

Y recordé también, las palabras de Anthony, las palabras de amor de un nieto hacia su abuelo, cuando llegaba hasta la orilla del pueblo, silencioso, como no mereciendo la mirada, para ver a su nieto pelotear en la calle con los amigos del barrio.

Y la terapia me permitió pedir PERDON identificando el origen de mi TRISTEZA, esa que todos ven en mi y yo soy incapaz de sentir y mucho menos identificar.
Esa que resuena en el centro de mi cabeza insistentemente desde hace dos décadas.
Esa que todavía me toca curar, sufrir, exponer a duelo y ojalá, como en todos los duelos procesados, aceptar y abrazar, no solo para lograr el placer del silencio, sino para excomulgar la pena de no haber hecho mi parte en aquel momento y el ahogo de no haber llorado mis propias lágrimas.

Porque cuando me vi tirado cómodamente observando la muerte de mis padres, a sabiendas de que debía residir alli un momento de profunda tristeza, pero imposibilitado de sentirla despues de tres décadas de asepsia profesionalizada hacia el miedo y el dolor, no solo entendí que no había cumplido el obligado duelo, sino que no había hecho mi parte, la que siempre hice, ni en el fin de la vida, ni en la muerte de mis padres.
Y PEOR AUN, no había hecho nada, ni mi parte, ni ninguna, en la contención, la compañía y el refugio imprescindible para ellos y para mí, de mis hermanas, mis sobrinas y sobrinos, ni siquiera de mis hijos, cuando sus abuelos partieron a la que aún no puedo dejar de ver como una mejor vida.

Porque se fueron a mi edad de hoy, pero yo ya los había dejado marchar hacia mucho tiempo y había renunciado a ellos antes de aprender a multiplicar y cuando llego el momento, cuando alguien menciono su muerte, para mi fue una obviedad, sin reflexión de tiempo y espacio, sin impacto, sin pesar.


El fin de una historia que había terminado para mí, hacia, una eternidad y que hoy, me toca retomar.

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