Todos conocíamos sus calenturas, el conocía sus calenturas.
De Valencia a Andalucía y de un flechazo a Castilla la
Mancha, respiramos Madrid y saboreamos Navarra, para terminar enamorados y
semidestruidos en Pais Vasco. Ya sin
respeto, sin quejidos y sin consuelos, toco un regreso de 3000kmts en silencio,
para guardar todas las preguntas y el llanto abrazados, para el equipo médico
que, como queríamos no creer y como sabíamos que sucedería, lo condeno a muerte
aquel 5 de Setiembre.
Entre tantos kilómetros y charlas, nos lo dijimos todo, lo
que sin saber nos habíamos guardado y lo que no queríamos guardarnos de ninguna
forma, hasta ensayamos formas nuevas de hacernos daño, con la silente esperanza
de consolarnos en un nuevo abrazo al final del día.
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De niño, allá en Camino de las Tropas, donde
vivíamos con Mamá en la casa de la Abuela, solía jugar en la calle todo el día,
con el Gianni ¿te acordas? y los pibes del barrio, esos que estuvieron en tu
casa como adultos la ultima vez que llegue a Uruguay. Y muchas veces, cuando
salía, el Abuelo Carlos estaba sentado en la garita del Ómnibus de la esquina.
Nunca esperaba que me llamara Puto o Maricón como lo hacía
en las noches mas oscuras de rabia, pero jamás hubiera imaginado que mi padre
visitaba a mi hijo, en el silencio de su vida en la calle y que esto hubiera
significado tanto, seguramente para ambos.
-
Yo me acercaba y me sentaba con el en la parada,
hablábamos un rato, era lindo. Me preguntaba sobre mis amigos, sobre futbol –
porque siempre llevaba una pelota en la mano – y de cualquier cosa que pasara,
por alli, por Camino de las Tropas, un buen rato. Despues, desaparecía, de la
misma forma que había aparecido, al cruzar yo la puerta de mi casa.
Nunca pensé que mis hijos hubieran tenido una relacion con
sus abuelos, con mis padres propiamente dicho y me asombraron muchas cosas de
aquel relato de Anthony en San Sebastian.
Y me di cuenta ayer, apenas ayer, que ciego e inconsciente
había sido siempre sobre esto.
Porque si bien yo no tuve abuelos, o apenas sufrí una abuela
materna a la que desagradar, ellos vivieron sus abuelos, en sus tiempos y a su
manera, influidos por sus propias madres y entregados a esa tierna relacion que
no se puede igualar.
Y recordé también, las palabras de Anthony, las palabras de
amor de un nieto hacia su abuelo, cuando llegaba hasta la orilla del pueblo,
silencioso, como no mereciendo la mirada, para ver a su nieto pelotear en la
calle con los amigos del barrio.
Porque se fueron a mi edad de hoy, pero yo ya los había
dejado marchar hacia mucho tiempo y había renunciado a ellos antes de aprender
a multiplicar y cuando llego el momento, cuando alguien menciono su muerte,
para mi fue una obviedad, sin reflexión de tiempo y espacio, sin impacto, sin
pesar.
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