julio 17, 2025

Guardia Vieja - Yo solo estaba solo.

 

Yo solo estaba solo.
Por definición, por decisión y por opción, sin que hubiera existido un análisis consciente y adulto de una evolución de hechos precisos durante un periodo de tiempo. Sin hipótesis, ni la básica que desconocía de que Mamá y Papá son imprescindibles para Hijo, ni la razonada de aceptar que Mamá y Papá no estan. Sin metodología científica, ni observación, ni experimentación, ni análisis, ni hallazgos y por supuesto, sin nada para concluir o enunciar.

Yo solo estaba solo.
Así lo había asumido, sin tener idea de lo que aquello significaba y me había plantado, sin los zapatos requeridos y con cojones muy discretos, al frente de esas tres mujeres que compartían mi mundo y retirado de aquel hombre que ni siquiera pude dejar de amar y hasta hoy, incluso admirar.


Tendría unos duros 6 o 7 años entonces, ya caminaba por el medio de la calle para poder escapar a cualquier mal que en la luz o las sombras pudiera acechar y ya había decidido que prefería andar mojado, que llevar la carga de un impermeable que no me dejara sentir y porque no sufrir sin limitaciones, las mieles y las hieles de mi auto infringida responsabilidad.

Para los 23, si bien solo había logrado sobrevivir con dignidad, tenia aceitados todos los mecanismos de supervivencia, en una lucha continua entre el ser y el parecer, el ser hombre y el parecer bueno, el ser pobre y parecer digno, el ser esposo y parecer amante, el ser justo y parecer generoso, el ser padre y llorar en silencio todas las lagrimas que el niño no había podido llorar.

Y cuando con dos hijos, decidí que había muchas vidas aun por vivir y mire con vergüenza a mi primera novia y esposa antes de marchar, escuche las palabras acusadoras de mi madre “¡eres igualito! Estas haciendo lo mismo que tu Papá” y una segunda decisión, inconsciente e igual de silenciosa, la quito de mi espalda, la soltó de mis manos y sin mas peso que dos enanos, me dispuse a volar.

Tras mis primeros aleteos, salve a los míos antes de que la casa que había construido para muchos se viniera abajo, antes que tuvieran que aceptar sus propias rutas a mendigar y antes de visitar hospitales psiquiátricos por primera vez para asegurar la vida de mamá.

Despues fue y vino, lo supe, pero no lo viví. Samanta la supo apapachar, Marcia le acerco a mis hijos para que los pudiera mimar y esa vida triste, pobre y sacrificada fue apagando su tenue luz, operación tras operación, entre Maroñas y San Carlos. Yo había salido de sus brazos hacia más de dos décadas, había soltado sus manos cinco años atrás, no había forma de que sintiera su partida, no encontré ningún motivo que me llevara a llorar una ausencia que ya arrastraba de tantos años atrás.

Ella siempre decía que era igualito a él, a aquel hombre que tirando las manos de mi madre y mis hermanas muy rápido deje atrás. Ni siquiera me lograba ofender. Si bien no lo entendía y no lo lograba justificar, a él lo respetaba también, lo amaba igual y “ser igual” me sonaba a guapura, a posición esbelta e intelectualidad, me sabia a salud y me empujaba, vaya a saber porque, a escapar.

Fue fácil dejarlo atrás, se fue enterrando lenta e inexorablemente en el barro de los malos amigos, los malos vicios y las cosas sucias y pronto, el aire de la miseria en los ranchos ocupados, de la periferia del barrio perimetral de un pobre pueblo, fue pudriendo sus dientes y bajando su frente.

Una vez mas fue Samanta quien lo pudo rescatar, porque siempre fue santa.
Yo no estaba ni quería estar, al verlo limpio y desgarbado solo lograba iluminarlo con la tenue y triste luz de la lástima.


Un día se fue y me paso a saludar. Por esas ventajas que todas las almas tienen y no necesitan merecer, llego hasta mi cama en un México que me veía comenzar a luchar nuevamente en desigualdad; y se despidió.
Esa mañana atine a llamar a Tania para confirmarle a ella que seguía gozando de aquella antigua sensibilidad que la atrajo a mi vida y para confirmarme que efectivamente, había muerto Papá.

No recuerdo cuando ni como, seguramente nunca lo supe. No había forma de que sintiera su partida, no encontré ningún motivo que me llevara a llorar una ausencia que ya arrastraba de tantos años atrás.

 

Esta es la historia linda, la que aprendi a recordar.
Yo solo estaba solo, no pude, no supe y algunas veces no quise, ya no quise, hacer más.

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