Yo solo estaba solo.
Por definición, por decisión y por opción, sin que hubiera existido un análisis
consciente y adulto de una evolución de hechos precisos durante un periodo de
tiempo. Sin hipótesis, ni la básica que desconocía de que Mamá y Papá son
imprescindibles para Hijo, ni la razonada de aceptar que Mamá y Papá no estan.
Sin metodología científica, ni observación, ni experimentación, ni análisis, ni
hallazgos y por supuesto, sin nada para concluir o enunciar.
Yo solo estaba solo.
Así lo había asumido, sin tener idea de lo que aquello significaba y me había
plantado, sin los zapatos requeridos y con cojones muy discretos, al frente de
esas tres mujeres que compartían mi mundo y retirado de aquel hombre que ni
siquiera pude dejar de amar y hasta hoy, incluso admirar.
Tendría unos duros 6 o 7 años entonces, ya caminaba por el medio de la calle
para poder escapar a cualquier mal que en la luz o las sombras pudiera acechar
y ya había decidido que prefería andar mojado, que llevar la carga de un
impermeable que no me dejara sentir y porque no sufrir sin limitaciones, las
mieles y las hieles de mi auto infringida responsabilidad.
Para los 23, si bien solo había logrado sobrevivir con
dignidad, tenia aceitados todos los mecanismos de supervivencia, en una lucha
continua entre el ser y el parecer, el ser hombre y el parecer bueno, el ser
pobre y parecer digno, el ser esposo y parecer amante, el ser justo y parecer generoso,
el ser padre y llorar en silencio todas las lagrimas que el niño no había
podido llorar.
Y cuando con dos hijos, decidí que había muchas vidas aun
por vivir y mire con vergüenza a mi primera novia y esposa antes de marchar,
escuche las palabras acusadoras de mi madre “¡eres igualito! Estas haciendo lo
mismo que tu Papá” y una segunda decisión, inconsciente e igual de silenciosa,
la quito de mi espalda, la soltó de mis manos y sin mas peso que dos enanos, me
dispuse a volar.
Tras mis primeros aleteos, salve a los míos antes de que la
casa que había construido para muchos se viniera abajo, antes que tuvieran que
aceptar sus propias rutas a mendigar y antes de visitar hospitales
psiquiátricos por primera vez para asegurar la vida de mamá.
Despues fue y vino, lo supe, pero no lo viví. Samanta la
supo apapachar, Marcia le acerco a mis hijos para que los pudiera mimar y esa
vida triste, pobre y sacrificada fue apagando su tenue luz, operación tras
operación, entre Maroñas y San Carlos. Yo había salido de sus brazos hacia más
de dos décadas, había soltado sus manos cinco años atrás, no había forma de que
sintiera su partida, no encontré ningún motivo que me llevara a llorar una
ausencia que ya arrastraba de tantos años atrás.
Ella siempre decía que era igualito a él, a aquel hombre que tirando las manos de mi
madre y mis hermanas muy rápido deje atrás. Ni siquiera me lograba ofender. Si
bien no lo entendía y no lo lograba justificar, a él lo respetaba también, lo
amaba igual y “ser igual” me sonaba a guapura, a posición esbelta e
intelectualidad, me sabia a salud y me empujaba, vaya a saber porque, a
escapar.
Fue fácil
dejarlo atrás, se fue enterrando lenta e inexorablemente en el barro de los
malos amigos, los malos vicios y las cosas sucias y pronto, el aire de la
miseria en los ranchos ocupados, de la periferia del barrio perimetral de un
pobre pueblo, fue pudriendo sus dientes y bajando su frente.
Una vez mas
fue Samanta quien lo pudo rescatar, porque siempre fue santa.
Yo no estaba ni quería estar, al verlo limpio y desgarbado solo lograba
iluminarlo con la tenue y triste luz de la lástima.
Un día se fue y me paso a saludar. Por esas ventajas que todas las almas tienen
y no necesitan merecer, llego hasta mi cama en un México que me veía comenzar a
luchar nuevamente en desigualdad; y se despidió.
Esa mañana atine a llamar a Tania para confirmarle a ella que seguía gozando de
aquella antigua sensibilidad que la atrajo a mi vida y para confirmarme que
efectivamente, había muerto Papá.
No recuerdo
cuando ni como, seguramente nunca lo supe. No había forma de que
sintiera su partida, no encontré ningún motivo que me llevara a llorar una
ausencia que ya arrastraba de tantos años atrás.
Esta es la historia linda, la que aprendi a recordar.
Yo solo estaba solo, no pude, no supe y algunas veces no quise, ya no quise,
hacer más.
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