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octubre 05, 2011

Montevideo - La verdad

PROLOGO: "Dicen que de borracho y de niño, no valen". Siempre uso el mismo dicho como pretexto para mis textos con más de dos copas de vino. Hay cosas que solo asi se dicen.


Hoy no me bañe.
Vestí "de entrecasa" todo el día.
Eduardo se llevo mi Jeep y el Peugeot no arrancó;  cargué la batería todo el día, pero mañana tampoco prenderá.
Alcé un mueble enorme seis metros, pinte mi cuarto, desmantelé catorce maletas y ordené todo cuanto tenia por ordenar.
Aspiré, remendé con masilla, lave cinco lavadoras completas, desayuné, almorcé y cené.
Tuve seis "call´s" en el día, avancé negocios en Centroamérica, España, Brasil, México y Uruguay.
Teminé de contestar dos pliegos licitatorios,  tire mi primer zunga y varias camisas, decore mi espacio, cargué el único autito a control remoto que he tenido en mi vida y logre "encajar" todos mis entretenimientos lúdicos en el pequeño frezzer portatil o el cajón de mi mesa de noche.
Hoy no tuve sexo, no recibí cariños, nadie me dijo algo bonito, solo el perro me ladró y alguien dijo que "estar solo es salud".
Mañana me bañare, negociare por millones de dólares y en una de esas alguien me diga te amo, ni idea;  y todo eso es verdad.
Verdad como que ayer dormí en un avión, antes de ayer en Panamá, el día anterior en Costa Rica, antes en México y el pasado jueves dividí mi jornada entre Rio de Janeiro y Sao Paulo.
Es verdad que conocí gente sorprendente, es verdad que viví una semana extraña, es verdad que no fuí yo estos días y también es verdad que siendo otro, viví exento de los mismos límites.
Es verdad que Nicole me extraña, es verdad que no se que haré el Jueves e ignoro donde dormiré el Viernes cuando Anthy llegue después de meses a su casa en Elche.
¿Pero que tan cierto es todo esto para ti?
Si tú me conoces tal vez creas que sí, aunque dudarías de que hoy no me bañé.
Si tú crees conocerme, tal vez dudes que hoy no tuve sexo, pero estarás seguro que mañana lo tendré.
Si tu no me conoces, pensará
s que todo es inventado y que necesito un chalequito blanco, que no tiene lugar en mi ropero nuevo porque exede el numero de largas cintas y hebillas de seguridad.
¿ Cuantas verdades son verdad?
 
A principios de siglo mi ex suegrita  pensaba que yo era traficante de drogas, porque nadie acreditaba que yo llegara infaltablemente cada mes desde el otro lado del mundo a ver a mis hijos. Yo rogaba porque nadie la interrogara al respecto, porque de la cárcel injusta,  jamás saldría cada mes para compartir cinco días con las personitas que amaba, por más hambre que pasara o sacrificio que hiciera.
Ella tenía su verdad, yo vivía la mía, solo el tiempo hizo que compartiéramos la misma, la mía, la nuestra.
La verdad, que misterioso desencuentro; que axioma tan múltiple y dinámico como el ser humano que la cree. Los cristianos tienen una, los islámicos otra  y los judíos y los indúes y los budistas y los, y los, y los.....y los capitalistas y los comunistas, y los buenos y los malos que refuerzan su bondad en su propia verdad para que no puedas reconocerlos jamás, y los hombres y las mujeres, y los occidentales y los orientales y tu y yo.
Cada uno dueño de su verdad.
Desconociendo los ojos que no mienten, las acciones que no dejan duda, la autenticidad que desnuda y la franqueza que exagera.


Hasta que un día, la verdad deja de ser versión y es real.
...y ese día, todos pelearán por acercarla a la que eligieron creer, muchos desandarán sus palabras por torcerla hacia la innegable realidad, pero íntimamente, aun cuando no seamos capaces de aceptarlo, sabremos cual es la verdad, y nos comerá el tuétano lentamente.
¿Cual será?
La verdad anónima de otros, la verdad que tu elegiste creer o mi verdad.

septiembre 28, 2011

Desde el Aire - Despertar a la realidad

Hoy desperté soñando contigo.

De alguna forma un gran espectáculo se revelaba a mi alrededor y yo te buscaba.
Como siempre te buscaba, aunque debo aceptar que solo te encuentro cuando yo quiero y siempre que yo quiero.

Es tan difícil de aceptar ese "yo quiero".
Porque en realidad quiero siempre, pero de todas formas no siempre me tienes.
Es tan difícil de aceptar ese "pero". Se carga de culpa, de todo aquello que perdemos con la madurez y que indefectiblemente nos lleva a perder más y más...cada día, irrecuperable, cada día más.

El escenario que me rodeaba se alejo y todo se volvió un enorme teatro a mi alrededor;  lleno de palcos casi infinitos de butacas, todas del mismo color, todas llenas de cabezas iguales, todas mirando al espectáculo, ni una sola reaccionando a mi sentir de búsqueda que no lograba salir por mi boca.

Y por supuesto...me encontraste tú.

De entre uno de los pasillos empecé a sentir tus gritos felices.
Seguí tu llamado y te vi venir desde lejos.
Sentí que otros ojos te cuidaban desde tu partida y permanecí tranquilo.

La alegría de que me encontraras se confundía con el asombro de tu instinto, la huella que tu corazón mas joven sabe seguir mejor, sin cuestionamientos, para llegar a quien amas.

- ! Ismael, por acá Ismaell, me decías!

Y me sorprendía que me llamaras por mi  nombre.
Yo era el adulto lleno de limitaciones y tú,  quien me buscaba rebozante de virtudes.

Me sorprendía mientras te acercabas. Tu carrera tropezaba con la seguridad propia de los niños, que se doblan, se tuercen, dibujan arabezcos con cada parte de su cuerpo al avanzar, pero de todas formas avanzan, tal vez dejándose llevar por la felicidad más auténtica.

Leer esa felicidad en tu cuerpo que volvía a tus dos años, ensanchó mi sonrisa y me puso a correr. Quise derrapar en el piso para abrazar tu cuerpo pequeño y cosquilloso y ese solo deseo genuíno y vital,  transformó el frío piso de marrón madera en un prado verde,  regado de flores multicolores.

Y te encontré, como tu quisiste.

Mi pecho se pego al tuyo y mis brazos rodearon tu cintura al  tiempo que los tuyos se tomaban de mi cuello como antes y rodábamos uno sobre otro acompañando la brisa que mecia la hierva.

- !! hola papá!! , me dijiste y el mundo volvio a ser un paraíso.

Tu fuiste mi bebe otra vez, pero por un instante volví a cometer el error de ser grande, volvi a traicionarme.
Mientras girábamos por la hierba tuve miedo de dañarte y la colina se convirtió en un peligroso tobogán.

El segundo de alarma fue aquietado por los ojos que te vigilaban, que de alguna forma seguían en aquel teatro donde me encontraste y te busque, pero que como una voz en mi interior me decían ahora:
- solo disfruta.
Y desperté.
Un cuarto extraño en México me rodeaba.
Tu voz pequeña aún sonaba en mí y mis brazos se esforzaban por volver a abrazarte.

¿Porqué nunca se vuelve a un sueño asi?
 
Traté, una y otra vez.
!Cómo nos equivocamos de grandes en buscar!.
!Qué difícil se nos hace encontrar!

Finalmente, y por fortuna, quienes nos aman nos encuentran, de una forma tan fácil e instintiva, que no hacen otra cosa que confirmar, cuanto erramos al pensar, cuanto perdemos al huir, cuanto ganamos al sentir y aceptar.



EPÍLOGO: Pudo ser cualquiera de mis hijos, fué Michel, el que me encontró en sueños, el abandonó esa humanidad exuberante de sus 12 años actuales y llego con sus patas flacas y su espiritu juguetón de los 2 años, a buscarme, a encontrarme, a llenarme de paz y amor, aquel amanecer en México. Disfruto del misterio, de la universalidad de la palabra, esa que permite al leer, que cada uno tome un lugar e interprete según su mundo, su magia y su momento.
Era bueno esta vez aclarar, aunque podria haber sido cualquiera de los tres, para que la confusión se torne íntima y cada uno pueda sentirlo como yo lo viví, egoistamente, como yo lo viví.

septiembre 17, 2011

Villa Toscana - Los problemas de la acumulacion voluntaria

Un sonidito suave me despertó esta mañana...

Siempre he "dormido con un ojo abierto", esa incapacidad o capacidad de retirarse totalmente de lo real, de entregarse a los sueños más irreales, sin perder consciencia de la realidad (valgan todas las redundancias!!).

Esa capacidad que dormido te deja escuchar los cambios de respiración de tus hijos cuando aún son pequeños y necesitan toda nuestra energía para terminar de desprenderse del cordón umbilical que les dió vida.

Esa que despierto, te permite proyectarte infinitamente en fantasías tan oníricas como posibles.

Hoy fue un ruidito inexistente, un sonido sordo, de esos que no se escuchan con el oído, sino que se perciben, tan fuertes, que resultan más abrumadores que un grito desgarrador.

Mire al costado de la cama, nada se veía caído, al menos nada nuevo. Los pequeños almohadones azules que adornan durante el día y se pierden en la primera batalla, me miraban sin pedir rescate, pero nada nuevo aparecía reclamando su lugar.

Recién después de la reflexión, noté que la lluvia goteaba otra vez sobre el techo de NewPort, como la última vez que estuve aquí.
Un regalo especial este fin de semana, que ayer me entregó sol en cantidades, el color del empuje naciente en cada flor del jardín y una noche en que la luna y las estrellas dejaron el cielo para sentarse conmigo a beber el siempre buen vino, escuchar el crujir de la madera que se entrega al fuego y olfatear las mieles caseras de un buen asado sin apuro.

Un baño suave y caliente logró despojarme de todos los olores que la noche había dejado en mi y que sin culpa había llevado a la cama. 
Ya casi podía sentir el olor del café oscuro de Anna, allá del otro lado del jardín, un poco arriba subiendo escaleras, intentando mantenerse intacto para su único huésped.

Hoy llegaran más, como todos los fines de semana.
Hoy me iré, como casi siempre.

Algún día volveré a estar listo para intercambiar charlas y cuentos de abuelo con desconocidos, unidos en la esencia de gustar vivir lugares como esta Villa Toscana de vez en cuando.
Gustar de retirarse a la realidad, de abandonar la fantasía tantas veces dantesca del mundo que se vive cada día y del que la mayoría solo puede huir los Sábados al mediodía.
Disfruto de mi poder, disfruto de poder elegirlo  un martes, o un jueves o un lunes.

Esquivando charquitos por el costado de la piscina, sin prisa de evitar las gotas que siempre pensé no me mojan, volví a escuchar el sonido de mi despertar.

Mis  pies pisaban firme sobre el balastro y seguían mas allá bajando la escalera, guiados por el olfato enceguecido del café matinal.
Y en el andar, sentía como que me iba desmembrando...como que una "cola de novia" se arrastraba tras de mí, cada vez más pesada, cargando el agua de entre las reposeras y las lavandas.


Al pasar por el buda, la sensación se hizo más fuerte.

Es que el sonido sordo que me perseguía, emulaba los ojos de los pájaros que nos observan y no podemos ver.
Una sensación como la que me trasmite tu mirada mientras yo haciéndome el distraído, trato de demostrarte que soy el hombre de  tu vida.
Esa sensación, ese sonido inexistente,  que explota como un grito en mi nuca y me deja encontrar al mirarte,  el brillo de tus ojos encapotados y una mueca de sonrisa peculiar en tus labios. La mueca final de un pensamiento maravilloso.

Lo mire a los ojos, pero el buda de piedra no me estaba mirando, entonces habiendo frenado mis pasos y con las gotas presentes en mi hombro, eche un vistazo hacia atrás.

En la escalera, a pocos metros, algunas bolitas pequeñas, redonditas, inexistentes, se disolvían suavemente en el oscuro de los ladrillos.
Mas cerca, como dibujando una doble sombra de mi cuerpo bajo un sol inexistente, se desparramaban  y se iban diluyendo.

Asombrado llegue a mis talones para verlos brotar, tan redonditos, tan silenciosos, tan rojos y brillantes, tan vivos y excitantes...para desaparecer después del primer golpetear en el piso, después del primer rodar entre las plantas a la vera del camino.

El primer instinto fue echarme a correr, pero las sombras no te abandonan, allí están, atadas a ti... y al andar, solo lograba contagiar otros rincones del camino, tan corto pero tan interminable esta mañana entre la habitación y el café.

Tras el pavor de la sorpresa inicial y viendo como seguían fluyendo  -  ahora en más cantidad, no solo por debajo de mis jeans, sino ya de las mangas de mi abrigo empapado y hasta recorriendo mis hombros desde el cuello en su búsqueda frenética - sentí que debía sonreir.

Nunca me había pasado y la sorpresa me llenaba de un misterioso placer.
Como todas las cosas que desconocemos, se auto-explican al pasar y mientras los miraba repiquetear y desaparecer detrás de las Hortencias, meneaba la cabeza sonriente pensando,

 - claro, es lógico, ya no los puedo contener.

Mi universo se enfoco en contemplarlos.
La lluvia y el olor del café se esfumaron en uno de esos instantes eternos y eran solo ellos, abandonándome, fluyendo ahora hasta de mis orejas y mi boca siempre sonriente.
Eran parte de mi, parte importante de mi, pero no dejaban ningún vacío al marcharse.

Era como la sensación de ese primer día de escuela en que sueltas la mano de tu bebe para que entre al mundo de las sillas pequeñas y los otros niños disfrazados en delantales.
Es como cuando acudes a la boda de aquella mujer a la que la deseaste lo mejor  y  nada evitara que llegue a abrazarte en silencio y con sus ojos te deje entender que acepta que allí, a la mitad del camino, termino su destino y que tú debes seguir.

Entonces llene mis pulmones, el aroma del café volvió a invitarme, tranque los labios sin morder y comunique un alerta de cierre inmediato a cada poro,  para ya no dejarlos escapar.

Gire la cabeza,  ya ninguno quedaba en el camino andado y el buda parecía guiñarme el ojo desde su pedestal.

Subí la escalera como hinchado y los rendí a nuestro desayuno, allí frente a la ventana medieval, entre los cuadros viejos y los palos de golf, saboreándolos en las tostadas, la mermelada de frutilla y los pancitos dulces.

He acumulado voluntariamente, tantos, todos mis besos para ti, que hoy, no he podido contenerlos,  y en tu búsqueda, muchos se han suicidado amorosamente en el jardín de la Toscana y no lo he podido ni querido evitar.

marzo 26, 2011

La Honestidad de la Piel - 0515 horas

PROLOGO: Para tí, que te marchaste sin despedida aquella tarde. Para tí,  que te deje ir y me he esforzado por alejarte de mi vida. Para tí Jack, dedico esta entrada, sueño de muchos, que solo algunos pueden cumplir…a la medida de tus andazas, con la emoción de mis realidades.




Por el Este de Madrisqui, comenzó a recortarse un punto blanco sobre el azul profundo del Caribe Venezolano. No lo esperaban, pero sabían que llegaría a la hora señalada.
Minutos después, la pequeña lancha rodeaba el arrecife de coral que los protegía, buscando el único espacio donde penetrar la clara laguna de agua verde perlada que el mar dejaba alrededor del pequeño islote.

Recien allí comenzaron a vestirse.
Las horas pasadas les habían enseñado lo natural que era estar desnudos, uno frente al otro, compartiendo todo, ajenos a todo, libres, defectuosos y hermosamente sanos.
La lancha volvió con el mismo tripulante de piel tostada y pies descalzos y el mismo marinero, un cachorro de chihuahua minúsculo que rondaba inusualmente la barca, transformando la fragilidad de sus patas en diestra compañía de mar.

Pasaron mas de seis horas desde que esa misma lancha los había dejado allí, abandonados a ellos mismos y lo que fuesen capaces de compartir, en el Bajo Fabián.
No eran mas de cincuenta pasos a la redonda, de pura arena blanca de coral, sin mas habitantes que los restos de algún botuto, algas que se el sol había torrado, restos arbóreos de corales pálidos y el infaltable tronco que el mar caprichosamente pone en la orilla de cada isla paradisíaca.

Al comienzo de la mañana, quedaron allí dos extraños con más ganas de conocerse que coincidencias.

Pasado el éxtasis de saberse aislados en un puñado de arena al medio del mar, sin mas que un parasol y dos sillas plásticas, se volvieron al horizonte.
El se paro detrás de ella, y con el agua en las rodillas, comenzó a acariciar su espalda y a respirar su cuello, mientras el ir y venir de las ondas era cómplice del roce esporádico de sus cuerpos.

El viento ayudo con el único nudo por desanudar y el mar se llevo la ropa con la que habían llegado.
Fueron uno,  exagerando la sensación de náufragos;  gimieron y gritaron el placer de su sexo al azul del cielo y el mar; se dejaron abrigar por la brisa tibia de aquel día que empezaba a mostrarles quienes era juntos, al mostrarse abiertamente quienes eran separados.

Al principio, la vergüenza que inspira lo social, les impedía verse por completo, gozar de su exposición; pero un rato después, les costaba imaginar como era vivir con el obligatorio taparrabo.
La sensación tan penetrante de estar desnudos y solos, parecía develarlos íntegramente.
Luz y sombras del mismo ser, sin un trapo que oculte nada, la honestidad de la piel guiando cada sonrisa, cada palabra, cada caricia, cada movimiento.
Compartir el pasado, vivir el presente y planear el futuro “en cueros”, es una lección conmovedora de franqueza.
Con el sol rozando donde nunca roza, con el agua limpiando lo que queda de arena después de otro gemido.

Esa ronda intuitiva de mirarse, reír, charlar, beber y amarse, una y otra vez, sin nada que ocultar.

Se llevaron en la retina las islas lejanas que confirmaban su exquisita soledad y amparaban su aislamiento. Eligieron dos o tres corales sin suspiro para volver a vivir alguno de esos momentos cuando ya no estuvieran allí.


Dejaron, un pequeño jardín de riquezas recolectadas, cuando como en juego de niños, buscaron devolverle al islote, algo de lo maravilloso que estaba dejando en ellos.

Se fueron con una sonrisa.
Dió tiempo para echar un último vistazo a aquel lugar que los recibió extraños y los devolvió al mundo “codo a codo, siendo mucho mas que dos”.

 
 

marzo 22, 2011

La Involución Masculina - 1613 horas

PROLOGO: Debo disculparme por las palabras altisonantes que florecen en esta entrada. Es que hay cosas, que muy adornadas o académicamente dichas, pierden el sentido real y la gracia. Espero lo disfruten.

Con poca investigación y cero rigor científico, como siempre, me animo a resaltar la dramática forma en que el ser humano se ha adaptado los últimos 30 años, a los cambios constantes que la tecnología ha impreso a su forma de vida.

En la generalidad y acotándonos al mundo occidental donde la mayoría de nosotros nacimos y vivimos (no porque en Oriente sea diferente), el reto de romper paradigmas ha marcado las ultimas 4 o 5 generaciones y el día de hoy, es sorprendente apreciar la forma en que hemos logrado cambiar nuestras conductas y crear otras, tan naturales para nuestros hijos o nietos, carentes totales del bagage “histórico” de los últimos 20 años.

Es fácil encontrar hombres maduros y abuelitos chateando o haciendo videoconferencias en Internet. Profesionales de toda edad contabilizando en aplicaciones web enable. Niños de 3 a 80 años manejando con habilidad cualquier dispositivo móvil que hace tiempo dejo de ser solo un teléfono. Un televisor en cada habitación de la casa, programando grabación de los últimos capítulos de los viejísimos “Simpson” o la inmortal “Bonanza” en los DVR, para no perderse ninguna repetición.

Adaptarse ha sido la clave de sobrevivir, en muchos sentidos para muchos, pero no hemos sido tan buenos en todo.

Dicen las enciclopedias (y para esto si debí informarme) que los primeros “inodoros” (ese aparato que hoy pulula por todos los sanitarios de occidente) fueron inventados en 1956 (aunque existen desde la antigua Roma) como opción a las clásicas “tazas”, que revestían simples agujeros en el piso donde la humanidad depositaba sus desperdicios mas internos.

Aun así, con 50 años de existencia, generalización rápida y formato de uso innegable, el inefable inodoro, no tuvo el mismo suceso dentro de los cambios de paradigma o conductas del ser humano macho, que si tuvieron la computadora, los celulares, Internet o la televisión digital.

Nunca aprendimos a sentarnos en el pobre inodoro, testigo indeseable de la involución masculina.

Miles de veces he reflexionado sobre el tema sin llegar a entenderlo, pero el empezar a encontrarme en los aviones, mi segunda casa, con baños exclusivos para mujeres, ha reflotado el tema en mí y … como todo tema que me ocupa, ha cortado mi sueño y hasta que no lo escribo, no pierde prioridad en mi dedicación intelectual.

Vaya uno a saber porque los hombres no han aprendido, que esa cosa brillante y pulcra que tiene indudable forma de asiento, altura de asiento y que la tecnología cada vez hace mas cómodo, para eso (para sentarse): !! es para sentarse!!!.
Como dice el dicho: “Si camina como pato, tiene patas de pato, plumas de pato y hace “cuac” como un pato, ES PATO”
Me cuesta entender como pueden asumir que SI ES ASIENTO cuando quieren hacer “del 2” (dijeran los mexicanos - defecar en cristiano antiguo) y NO ES ASIENTO, cuando van a hacer “del 1” (entiendase orinar).

Que placer ancestral encontraran los hombres actuales en aquello de mear parados frente al inodoro.

¿Será algo lúdico, ese “niño” que todos llevan dentro, que los lleva a tratar de embocar de lejos, con un instrumento netamente creado para embocar muy de cerca?
¿Será que cuanto mas ruido hacen en los instantes en que embocan sobre el agua, se sienten más “machotes” y audaces?

Talvez algunos hasta sueñan cada vez que van al baño con que un día les crecerá hasta que la puedan recostar contra el borde!!! Señores, eso no pasará!!!
Talvez tiene que ver con esa necesidad de mearles todo el borde y ojala los alrededores a “la vieja” pa´que tenga de que quejarse inmediatamente entre al baño.
Es más, debe haber algo de hombría, de posesión, de “dueño de casa”, en eso de pensar y actuar en torno a llenar de inmundicia todo el baño, cuanto mas posible, como quien piensa “esto es mío y yo meo donde quiero”.

Hasta pienso que debe haber algo de “reacción social”, un matiz sociologico en el acto.
Talvez eso de “mear de arriba”, tiene un paralelismo con aquello de sentirse superior, de ser jefe, de tener a quien mandonear y penalizar debajo.
Les informo caballeros, que el desgraciado inodoro, es una simple pieza de loza sin alma, jamás se sentirá disminuido por sus acciones.

En una de esas es un tema sexual, eso de buscarlo, sacarlo, manosearlo un poco mientras juegan a embocar, sacudirlo después para asegurar una mejor aspersión, provoca una excitación que yo desconozco. Talvez de ahí venga eso de que “!!si lo sacudes mas de tres veces es paja!!”
O talvez tiene que ver con eso intuitivo y animal de marcar el terreno, como hacen el resto de los vertebrados. Tanto que luchamos por diferenciarnos y el hombre macho, busca transformarse cada vez más en un animal, cochino si hubiera que determinar alguno.

La realidad es que a mi no me pasa, entonces no entiendo.

No le vamos a pedir a los muchachos que se recuesten al muro del baño del estadio para hacer “sentaditos”, uno porque por algo no hay un inodoro ahí y otra, porque si se ponen en mala posición, los embocan a ellos.
Tampoco que se sienten en los creativos mingitorios que han sustituido a las asquerosas “canaletas” en los baños públicos (mas allá de que los inodoros japoneses son bastante parecidos a un mingitorio).
Pero en su casa, en la casa de su familia y amigos, o incluso en aquellas casas extrañas donde eventualmente usted valora con supremacía la presencia de un baño, ¿porque mierda no se sienta?

Yo se que soy un tipo raro, también se que no soy el único.

Debe ser aquello de crecer con una Mamá y dos Hermanas mujeres.
Talvez tenga que ver con que afortunadamente siempre he compartido mi vida con mujeres pulcras o talvez pase por aquello de que me molesta el olor a meo, me molesta no poder sentarme en el baño y toda la vida he limpiado mis propios inodoros.

Yo creo que mas bien es parte de mi sentido común, si tienes una silla, te sientas, para eso se hicieron, ¿porque no en un inodoro?
Algunos hasta comen, leen el diario, escuchan un partido de futbol o leen libros eróticos sentados en el inodoro, pero a la hora de mear, NO, a la hora de mear se paran, se contornean el cuerpo y comienzan con el show.

Es sumamente gracioso verlos.

Para ustedes mujeres que solo les toca sufrirlos, les contaré una historia cortita.
Estaba yo en el Hollywood Theatre, si ese mismo, allá en Los Angeles, la meca del cine;  viviendo la experiencia de “Widget”, un musical magistral en dos tiempos que compartiera con mi gran amiga Debbie.

En el intervalo, “la cola” del baño era extensa, pero como todo en Estados Unidos, organizadito y funcional.
Detrás de la pared que separaba los mingitorios del hall, uno a uno, como un dominó, los caballeros iban “liberando posiciones” y ordenadamente otro de la fila la ocupaba en tiempo exactamente aplazado.
Esto habla muy bien del orden americano y es poco gracioso, aunque les aseguro se vive con gran profesionalismo y permite que la vejiga pueda calcular prácticamente al segundo, cuando podrá liberar su contenido.

Lo gracioso es que el hombre tiene dos reacciones espontáneas y casi imposibles de contener al orinar.
La primera, momentos después de “liberar” su cuerpo a la aspersión, es un escalofrío que sube desde el coxis hasta la mitad de la espalda y termina generalmente en un ruido ronco que se escapa por la boca, algo parecido a un ronquido corto, mezclado con un suspiro de placer en la eyaculación y un eruto.
La segunda, una flatulencia, si, un pedo difícil de contener que una vez terminado el acto de orinar, completa el placer del momento.

Yo no se si era porque yo estaba invadido por esa magia del teatro musical hollywoodense, que aquella imagen, tan armónica, de hombres entrando y saliendo de sus posiciones de mingitorio, como teclas de piano que suben y bajan al influjo del concertista, casi danzantes al ritmo de sus ronquidos escalofriantes y sus pedos placenteros, provocó en mi una carcajada continua a la cual todo el mundo atendió con asombro.

¿Que mejor que un baño individual, un cómodo inodoro para sentarse y la privacidad de una puerta, para mear tranquilo, tirarse cuanto pedo se le ocurra y contornearse por el placer de un escalofrío incontenible?

Sigo sin entender.

Lo cierto, es que espero con ansia que evolucionemos, que nos escapemos de las cadenas pesadas que nos atan a tan antigua conducta y aprendamos a sentarnos para orinar.

Porque si eso no pasara, deberé seguir esperando en la cola de un único baño minúsculo en el avión (porque el otro es exclusivo para damas y el tercero solo para primera clase), esforzándome para tomar una buena bocanada de aire y así probar mi resistencia y capacidad de oxigenación, mientras lucho para poner el cubre asientos que luego deberé despegarme del culo, solo porque un Neardenthal macaco cochino, por alguna razón desconocida, meó de parado antes que yo.

enero 11, 2011

Santiago de Chile – El misterio de la libélula – 0011 horas


Un sonido muy similar a un goteo invadía el baño, pero ninguna llave estaba perdiendo.
La búsqueda terminó en el aletear agónico de una libélula, que recostada sobre el piso frío y oscuro, se desprendía de su capacidad de volar.

Vivir en la montaña me ha enseñado, lenta, involuntaria e inexorablemente, a entender mejor las diferentes vidas de lo que me rodea y por ende, a aceptarlas y acostumbrarme a verlas pasar a mi alrededor.
Todo tipo de insectos, lagartijas, culebras, pájaros y arañas, son parte constante del escenario; y solo cuando alguien extraño llega abanicando sus manos o sorprendiéndose con su paso, soy capaz de distinguir como se han hecho también, parte de mi vida.

Comprender que muchos de esos seres tienen vidas tan efímeras en tiempo, sin que ello les quite la magia de la existencia; me permite sorprenderme continuamente en el cuidado de no ser un intruso a su paso, aún cuando invadan mis espacios m
ás íntimos.

Ignorante de la esencia de su ser, absorto en el batir nervioso y aparentemente sin ritmo de sus seis patas y cuatro alas, me deje llevar en la búsqueda de adivinar que sienten si sintieran, que piensan si pensaran, que buscan si buscaran, las libélulas en su momento de agonía.
Sin encontrar respuestas dentro de mi sentir, pensar y buscar, cerré los ojos para concentrar mis otros sentidos detrás de aquellos sonidos que mi mente veía como desesperados manotazos a la vida que se esfumaba.
 
Entonces, la conexión etérea del ser que nos hace universo,  se manifestó.

Un pavor desconcertante me invadió al tratar de descifrar los miles de cuadros que mis ojos podían ver. Un quiebre indoloro pero desesperante dio vuelta mis hombros hacia atrás. Mis brazos se encogieron hasta los codos y de ellos, dos nuevas manos abiertas en nervaduras surgían a la vida, al tiempo que mis dedos, los viejos y los nuevos,  comenzaron a estirarse.
Mis clavículas se proyectaron adelante en lungos brazos articulados y en medio de una metamorfosis que mis ojos me impedían focalizar, cuatro extremidades más se abrían paso desde mi abdomen.
Inmerso en un pánico claustrofóbico mis piernas se fundían inmovilizadas en una especie de escamada cola.

No era capaz de sentir dolor alguno, pero un terror incontrolable se apoderaba de mí ante tal transformación, mientras el sonido omnipresente del goteo,  obligaba a mis pupilas multiplicadas a ver como una piel ámbar y brillante recubría lo que habían sido mis dedos y le regalaba dos grandes alas y dos mas pequeñas a mi espalda.

Mi mente aún humana luchaba por entender lo que ocurría, maravillosamente sorprendida por la capacidad desconocida de tan vivida posesión, tenebrosamente dispuesta a empezar a vivir el momento de agonía que suponía tomar aquel cuerpo.

Cuando dejé de luchar con la caparazón que me envolvía y las extensiones que me proyectaban, todo aquello que asignamos emocionalmente al estómago, el corazón y la cabeza, se conjugo en un punto de luz exactamente al centro de mis nuevas patas superiores y una calma inmensa inundo mi nuevo ser, incapaz de sentir ya con los cinco sentidos.

Entonces solo me sentí ella, una libélula.

Gocé del movimiento rítmico casi incontrolado de mis extremidades, mientras una corriente de energía clara y liberadora fluía desde mi cabeza hacia la punta de lo que en algún momento habían sido mis pies;  empujada por las ondas que mis nuevas alas generaban a mi alrededor.

Una paz increíble recorría el cuerpo extraño al cual ya me había acostumbrado y todo parecía un festejo, una danza perfectamente orquestada, que solo se alimentaba del brillante aire exterior para acrecentar el flujo interno que las alas impulsaban.

A mi alrededor todo era desconocido.
Mis nuevos ojos jamás habrían podido encontrar el baño que mi mente tampoco buscaba. Mi nuevo cuerpo era incapaz de sentir el frío del oscuro piso.
Todo yo, parecía ser sostenido por vientos cruzados iluminados por pequeñas estelas blancas y azules, que seguían mi pataleo vibrante o tal vez, le ponían ritmo.
Liviano, volátil, un simple conductor de lo que todo rodea; una parte mas del universo, gobernando todo cuanto pasaba a mi alrededor al ser totalmente poseído por ello.

Cortos años bajo el agua como ninfa y larva, eran devueltos al cosmos,  pocos meses después de haber aprendido a volar, en una vida tan excitante como pocos humanos podríamos vivir.

Una punzada corrió de mi hombro izquierdo hasta mi mano recordándome esa tendinitis que me castiga hace dos años; un retorcijón doblo mi abdomen y la luz de la ventana daño mis pupilas que se resistían a volver a la realidad.
Volví a ver mi ropa interior en los tobillos, delante del retrete.
Mis oídos escuchaban gotear.
Una libélula que se había salvado de mi pie y nuestros insecticidas, experimentaba otra etapa de su metamorfosis en la esquina de mi baño,  frío y oscuro.
 
 

diciembre 01, 2010

Santiago de Chile – De tu ausencia, de ti – 0128 horas

Esta primavera tardía me ha regalado las últimas noches un cielo increíble, de los que no veía desde que “El Chorro” congelaba mis días allá por el 2004.
Uno igual, plagado de estrellas de las que nunca están, me recibió esta medianoche en la cabaña oscura, que ya no me esperaba, pero que estaba lista para recibirme.

Mientras subía el sendero de entrada hasta la escalera, una melodía ausente a las estrellas iba cobrando vida en el aire  “Y cuando vino el tiempo de resumir ya su mirada estaba extraviada entre el estar y el ir. Ojo puesto en todo ya ni sabe lo que ve”  y al llegar a la puerta acepte con la certeza de no tener otra opción,  que mi música había quedado encendida en el lejano mediodía de mi partida.

Pero yo no conocía esa letra y conozco al detalle todo lo que suena a mi alrededor.

Las noches son oscuras en la montaña y cuando la cabaña no me espera, sus luces se apagan y solo el instinto y la paz guían mis pasos hasta la puerta, abren la cerradura invisible y buscan la luz que me regale la vista de mi espacio, ofreciendo siempre un saludo sentido, como padre que llega a besar la frente de sus hijos, como compañero que arriba de la lucha, como amante que siempre esperado y siempre furtivo desborda de pasión.

Y allí estaba ella.

Recostada en el sillón de tantas tardes y noches, definida en su propia luz, canturreando con ojos cerrados las canciones que no salían de mi pocket, pero que inundaban el aire, con acordes de guitarras familiares, fáciles de reconocer.

- ¿quien eres tú? Pregunte con voz calma cuando las primeras luces de la casa inundaron el ambiente. La sorpresa era extrema, pero era imposible asustarse de tan hermosa visión.

Ella abrió los ojos, mitad sobresaltada, mitad complacida con mi inesperada entrada.
- Lucibel, me dijo – con una voz poco más dulce que sus ojos, que mas allá de sorprenderse, se iluminaban con mi llegada.

Su cuerpo se rodeaba de pequeñísimas luces moradas y blancas, sobre el respaldo del sillón parecían descansar dos alitas de hada y su pelo rubio y lacio se adueñaba del pozabrazos, como si siempre hubiera estado allí.

-¿Qué haces en mi casa? ¿de donde sale esa música?

- Pues soy tu hada…solo eso, siempre he estado aquí y esta es la música que tu me has enseñado, desde tu alma.

- ¡¿Mi hada, mi música?!

- ¿Escuchas esa guitarra y esa voz?

- Parece Silvio, pero no conozco esa canción!!

- Así es, es Silvio Rodríguez…ese que escuchas las mañanas de Domingo como para festejar un día de libertad; pero esta vez con poemas que te describen a ti, no al momento que vives aquí.

“Ahora me parece que hubiera vivido, un caudal de siglos por viejos caminos…No hay nada aquí solo unos días que se prestan a pasar, solo una tarde en que se puede respirar, un diminuto instante inmenso en el vivir, después mirar la realidad y nada mas...””

- ¿un diminuto instante inmenso? ¿mi hada? ¿Como es que ahora apareces?

- Talvez porque hasta ahora jamás estuviste solo. Hoy lo estás, hoy lo sientes, hoy es real. No esperas, no sueñas, no vives por alguien más. Por eso estoy acá.

Una energía extraña había llevado mis pies hasta el sofá;   conocido, dominado, ultrajado y disfrutado tantas veces. Pero hoy era su lugar, el lugar de Lucibel y ni siquiera entendía que movía mis pasos hasta allí.
Para cuando la tercer canción sonaba en el aire de la cabaña, ambos estábamos abrazados, abrazados de alma, exentos de vicio o de pecado, y sus luces se prolongaban en mí; mientras sin querer brillar brillaba y sin querer entender entendía que no era una mujer lo que estrechaban mis brazos.

- ¿Te quedarás? – Pregunté.
- ¿Tú lo preguntas? ¿Quién siempre se va?
- ¿Me extrañas en mis ausencias,  tú que dices siempre estar?
- Yo te extraño de una forma diferente, porque nací por ti, ¡al reconocerte!, porque a diferencia de esa luna que hoy no tiene lugar en el cielo, yo siempre brillo para ti. Sin fases, sin cambios, así te extraño…como esta próxima canción….





Vale la pena escuchar, también:
http://www.youtube.com/watch?v=MuoDJp-8RSk

septiembre 29, 2010

Santiago de Chile – El inicio de la ficción – 1342 horas

PROLOGO: Estas primeras 60 entradas del blog y estos dos meses por muchos motivos especiales de comunicación con ustedes, me llevan a dar un paso más en esta cortísima carrerita de escritor que atrevidamente me permito ostentar. Plagada de anécdotas, visión personal y con cero rigurosidad científica, política, económica o histórica, estas entradas iniciales han tratado de mostrarles a Ismael en varias de sus caras.
Otras caras, talvez necesiten de anonimato o escenarios ficticios, por lo cual, trataré desde ahora en adelante, de avivar paulatinamente mi imaginación mas allá de mis recuerdos, para que mis letras no se resuman a mi vida que aunque extensa es limitada y como base además para poder mañana, escribir algunas otras cosas fuera de este blog. Gracias. Siempre.


Corría 2006, el negocio de bienes raíces ingresaba en una incipiente crisis que solo los mas necios se negaban a ver y algunos eruditos anticipaban repercusiones sin precedentes en el mundo financiero.

Jack había levantado su modesta compañía buscando agregarle valor a la construcción de barrios residenciales. Valor más allá del propio de los materiales y la tierra, mas allá de la visión social de los vecinos, mas allá de los indicadores urbanos clásicos.
Le gustaba pensar que construía hogares y que sus compradores los elegían desde mucho mas adentro que sus pupilas y sus bolsillos.
Casas donde una familia pudiera nacer, crecer, multiplicarse y heredarse, como el reloj del abuelo, como el anillo de la mamá, como todo eso que indefectiblemente pasa de alma en alma.

No muy inconscientemente, Jack Warwin construía cada hogar como el suyo propio, como el que no tenia, como el que buscaba en cada departamento o casa de alquiler que paradojicamente habitaba, como el que lo hacia huir de los inevitables hoteles y lo espantaba con la sola idea de un motel de paso.

Era Setiembre y su brújula interna lo llevaba siempre a buscar la primavera.
Con los años, el seguir los vuelos de las aves migratorias, le había granjeado amistades en muchos continentes e instintivamente generado eventos que festejar en cada ciudad que lo recibía.

Viajaba solo, no tan liviano de peso por su obsesivo cuidado de la ropa y su necesidad de tener la prenda adecuada para cada momento. No porque la ocasión lo obligara, no porque alguna etiqueta social pudiera torcer su voluntad, ni siquiera porque el calor o el frío fueran parámetro para el taparrabo de turno. El elegía su ropa como sus casas, desde adentro;  le gustaba sentir lo que se tiraría encima y lo vivía como una extensión de su propia aura.


El Africa revolucionaria de la segunda mitad de siglo XX, había llamado la atención de Max Bloom, quien encontró espacio para sus primeros oficios diplomáticos en tierras de Namibia, llegando de Pretoria tras la ocupación Británica al territorio de la Deutsch-Südwestafrika.
Sus capacidades en el relacionamiento público lo habían adornado de “galantes títulos cancilleriles”, pero ello no era más que el medio de supervivencia para experimentar la pasión de las tribus nativas, disfrutar las dunas interminables del seco desierto de cara al Océano o compartir los gases termales que hacían historia de aquella tierra tan alejada de su Escocia natal.

También le otorgaban convenientemente un cierto poder, muchas veces factor de vida o muerte en enfrentamientos étnicos.
Pero Max no se sentía parte de la partida de conquista del Imperio Británico y había logrado germinar una familia amplia de blancos y morenos, que vivían su casa de embajador como parte armónica de una pequeña sociedad no clasista, muy avanzada para aquellos años.

Hijo de su pasión, entrenado en el saborear de la diversidad, su hijo Alexander había tomado la posta de su experiencia, convirtiéndola en su modo de vida.
Hacía 12 años que había descubierto a una de las tantas Alemanas de familia original, “haciendo dedo” por las calles de Windhoek y desde allí, habían cosechado dos maravillosos críos y algunas pequeñas tierras bajo la capatacía de Negoro, quien en su tiempo comenzó a arar la arena con Max para ver florecer el premio de la dulce comida.


Era 29, 29 de Setiembre y el aire había traído a Jack de visita a Namibia.
Oportunidad de festejar un nuevo aniversario de sus amigos Alexander y Mía.

Mía, era talvez la alemana mas bonita de la ciudad.
Por años se había empecinado en la misión de encontrarle compañía al descarrillado Jack, que no dejaba “títere con cabeza”.
Todos sabían lo que aquel gringo adoraba la sensación de hogar y cuanto soñaba construir su última casa;  la que el mismo ocuparía hasta el final de sus días y legaría a los suyos. Pero también, todos manejaban muy bien el estilo de vida que excusado en su búsqueda contínua de la primavera y con un horizonte de negocios tan amplio como fuera necesario, Jack se jactaba de disfrutar.

La llegada del forastero, se sumaba al festejo de su amor, por lo cual, la oportunidad era propicia hasta lo cósmico para enlazar aquel corazón carente de cimientos y excedido de alas.
La cena estaba prevista, Alexander y Mía invitaron a Frank y Doran, sus amigos locales mas acérrimos y ellos localizarían una pretendiente definitiva para Jack Winwar, el constructor de hogares.

Eran mas de las 10 de la noche cuando Mía, Alexander y Jack emprendieron recorrido hacia Lamu; un “lounge” local donde se disfruta de la mixtura de lo moderno y lo nativo, en memoria de la ciudad mas antigua de los Swahili en Kenia, tal cual la vida propia del Africa de entonces.
La cabeza disecada de una gacela africana los recibió a la llegada y permanecería allí como testigo de la posterior entrada de Frank, Doran y Lasta, la encomendada cita a ciegas.



La noche comenzó entre tragos y música de fondo. El lounge parecía excavado y esculpido en la tierra. Sus bancos y mesas conformaban un piso contínuo donde solo las figuras humanas mostraban un aireado y rítmico movimiento.
Frank y su mujer llegaron mas tarde, sin Lasta, quien había solicitado mayor tiempo de acicalamiento para la ocasión.
Era difícil adivinar las referencias que había recibido, pero el perfil de Jack podía resultar además de interesante, bastante intimidatorio.

Aún no llegaba la medianoche cuando el espacio de baile empezó a poblarse de gente.
Era una pequeña habitación, aun mas enterrada, que lucía un techo lleno de estrellas, inimaginables mientras bajabas las escaleras.
La excavación dejaba un vacío mágico, que permitía ver el cielo de Namibia en todo su esplendor nocturno, carente de la contaminación lumínica de las grandes ciudades, al tiempo que el fresco de la noche desértica hacia soportable la animada danza.
Jack arrastró a la pareja festejada a la pista; tenían vidas muy diferentes y si bien sus 12 años de feliz convivencia eran envidiables, los pies del visitante estaban más acostumbrados a improvisar todo tipo de ritmos.

La sangre se amontonó rápidamente al ritmo de una música que encantaba a la luz de las estrellas, en un espectáculo de danza totalmente inusual en comparación a los “boliches” del primer mundo.
La penumbra solo permitía ver las sombras de los cuerpos, aun cuando los tuvieras muy cerca y el fresco de la noche no alcanzaba a sofocar las siluetas danzantes.
Mía se cansó rápidamente, y aun en el entusiasmo generado, pronto Alexander sucumbió a los ojos de su amor, que pedían volver a la comodidad de la mesa.

En ese momento Jack, sabiéndose prontamente abandonado, giro instintivamente su cuerpo y sus ojos quedaron enganchados de un par de estrellas que no penetraban el ambiente desde arriba.
La sombra oscura de un cabello salvaje, encuadraba dos ojos que parecían haber nacido con él, como si los tuviera a su lado de toda la vida.
Escaso de lenguaje, básico y visceral en su pensamiento, acerco su boca a aquella sombra envolvente y dijo lo primero que se le ocurrió:
- si ellos se van, tu me cuidarías?
Solo una sonrisa iluminó un poco más el lugar; Jack miro a la feliz pareja y les dijo:
- no tienen que soportar el baile, los veo en la mesa, ya tengo quien me cuide.

Desde esa noche y por mucho tiempo, Jack se dedicó a diseñar hogares cada vez más exigentes, cada vez más mágicos, cada vez más propios.
Hogares donde cuidar y guardar aquellos ojos y aquella sonrisa que lo llevaron a cambiar su vida y a luchar sin tregua por sentirse en casa.

Desde el Sábado pasado, Jack llegó a Windhoek como cada primavera a celebrar un nuevo aniversario de Alexander y Mía.
Hoy, habrán pasado cuatro años de aquel encuentro en Lamu y los tres amigos volverán a brindar solos, por los 16 años de felicidad, con un Jack que sin ojos para nuevas estrellas, continúa siguiendo la migración de los pájaros, tratando de renacer en cada primavera.