Hoy me toca
reconocer emociones, ver cómo se traducen en mi cuerpo y a través de la
interpretación de mis poros, dejarlas permear a un alma cada vez mas nueva y
cada vez mas madura, abierta a la vulnerabilidad absoluta y asombrada del
abrazo reiterado de una vida que, en otros tiempos, solo tenía mezquindad.
Entre
tantas, la tristeza, la seguridad, la protección y como no, el miedo, debieron
salir del diccionario fluido de mis palabras, e internarse en un viaje que de a
poco, devela una nueva forma de sentir, emociones viejas que alguna vez fueron
bloqueadas para latir en libertad.
Como era de
esperarse, no se manifiestan en mis días con sus versiones mas básicas: el miedo a la muerte, el miedo al fracaso o al
rechazo, o el miedo a la soledad, por el contrario, encuentran caminos más prístinos,
asociados a este momento de mi vida, a los placeres, la felicidad y los
desafíos de la actualidad.
Así que me
invaden, despacio, sin permiso, pero sin prisa, algunos pequeños miedos, que,
por nuevos, asustan y ponen en jaque, a esta naciente nueva forma de respirar.
Miedos tan delicados y punzantes, como el Miedo a Olvidar o el Miedo a
Renunciar.
Despues de
dos días de no tener tus ojos frente a mí, siento un miedo tan terrorífico como
real, a que olvidemos lo que somos de verdad. Yo que he estado he vivido lejos
de la humildad y que siempre volé por el mundo, seguro de lo que sellaba a
fuego en “mi gente” y mas especialmente en mis compañeras de vida, siento, con
toda certeza y todo pavor, que tú y yo, podemos olvidarnos indefectiblemente, de
lo que somos en este instante de la humanidad.
Y no porque
no nos importemos, no porque no disfrutemos el uno del otro, sino por todo lo
contrario. Porque este amor que nos ha sorprendido tan mal parados tiñe cada
caricia e imprime en cada recuerdo, una especie de tonalidad de “cuento de
hadas” que lo vuelve onírico, irreal, difícil de aceptar y a veces, hasta
injusto de disfrutar…tanto, que amenaza con quedar guardado en los sueños de la
tercera noche, para nunca más volverse a manifestar.
Así vivo yo
este miedo a olvidar, no porque deje de estar en nuestros recuerdos, sino por
el contrario, porque solo habite alli, en ese lugar utópico, donde nunca llega
la realidad y que por onírico, perfecto e ideal, pierda su calidad de real y
nos acostumbremos a tenerlo tan encumbrado, como lejano, para el resto de
nuestros días.
Y ante ese
miedo de no aceptar la realidad como tal, se emplaza el incisivo miedo a
Renunciar.
Porque no
puede ser tan bueno, porque no puede ser real, porque por eso olvidamos que lo
vivimos en cuerpo y alma y sufre el terror de transmutar a un espacio en los
sueños abandonando la realidad y nos expone a la triste disyuntiva de redimirlo
o renunciar.
Porque
sabemos que se redime con una mirada, una caricia, una sonrisa inevitable y los
besos más dulces de intercambiar, pero la incrédula dualidad se siente tentada
a hacernos renunciar.
¡Parecen
miedos tontos!
¿Por qué
alguien abandonaría al recuerdo una posible fantástica realidad?, olvidando su
condición de posible y real y ¿por qué?, menos aún, renunciaríamos a la
posibilidad de que se quedara aquí, en nuestra nueva realidad, ocupando el
espacio gigante y sorprendente en que la hemos recibido sin siquiera buscar.
Así que, en
este nuevo mundo de los miedos, habiendo aceptado que no tengo todas las
respuestas como solía pensar, tiemblo de pavor, ante la posibilidad de que con
todo el amor del mundo, apaguemos, tu o yo, para los dos, la luz que ilumina
este costado izquierdo, este corazón hiperlalente, este amor abierto a
entregarse y sostenernos por una eternidad.