agosto 26, 2015

Desde el Aire - El duro Mundo de las cosas serias

Para ser justo diría que tiene unos 60.
La cadera obtusa, las uñas lo suficientemente abovedadas, pero por algún antepasado indio o indígena, su piel levemente oscura no‎ acusa su verdadera edad.

Mientras me pierdo en esa sueñera-meditación que me embarga cada vez que un avión despega, veo sus ojos detrás de los lentes finitos, guiando una mano experta sobre los cuadros de un sudoku.

Cierro los ojos y me vuelvo a ir, a ese lugar donde espero dejar el cansancio acumulado por conducir 600 kilómetros anoche y retorcerme en el pequeño auto esta madrugada buscando dormir.
Es mediodía y mi cuerpo no entiende de relojes, un desayuno en tiempo de almuerzo y una ducha pagada en el salón vip,  me regalaron un poco de energía extra.
Mi mente resiste, pero el cansancio del cuerpo y la inestabilidad del corazón estos últimos días, porque no semanas, o talvez meses, la marean.
‎Es mediodía y un nuevo vuelo me llevara 9000 kilómetros hasta una de mis camas, donde volveré a dormir poco para partir a México, mañana, antes de que sea el mediodía, otra vez.

Vuelvo a abrir los ojos y me señala algo, miro al bolsillo del asiento y mi teléfono espera este rato no anunciado de escritura junto a las revistas de vuelo.
Me señala nuevamente y me habla en inglés, pero no pide exactamente lo que quiere.
Amarrado a la esperanza tonta por el cinturón,  igual que ella,  me estiro señalando como a un niño.
Mi mente despierta y mareada se demuestra ‎asombrosamente sana.
Le paso la misma revista donde rellenaba cuadros con números, la misma pero la mía y con solo un gracias, la empieza a ojear.

- tiene uno diferente allí?
- sorry? Me contesta.
- tiene un sudoku diferente cada revista? 
- no, no.
- volverá a hacer el mismo otra vez?
- si!

Por espacio de unos 90 segundos el silencio que nos aislaba sin intención se hizo charla amena y me sorprendí volviendo a ver frente a mí,  una conocida y vieja realidad: no se jugar.

Fueron no más de 90 segundos en que las preguntas y las respuestas dejaron claro: que no tengo la menor idea de cómo se rellenan aquellos cuadros; de que jamás he rellenado unas palabras cruzadas siquiera; de que no juego juegos de mesa desde hace 17 años;  que como mucho juego cartas dos veces al año y más por la camaradería y la tarta de cebollla de Tatiana que por el juego en sí, y que además, nada de eso me importa un carajo.
Me obligo a recordar que alguna vez hace 10 años puse una moneda en una máquina del Bellagio,  para privarme de ‎decir "que nunca había jugado en Las Vegas";  que jamás jugué Poker y que no sabría que hacer frente a una Mesa de Ruleta.

Me comento que vivía en Dallas y solo tres imágenes llegaron a mí: la vieja serie "Dinastía",  testigo de los últimos tiempos en que mire televisión (aunque nunca vi la serie porque era muy tarde y para adultos según Mamá);  el Aeropuerto‎ y los Dallas Cowboys predilectos de Debby.
Por el propio sentido de la conversación, me hice consciente de que ni se las reglas del Football Americano y que por supuesto nunca lo jugué;  y que tampoco juego ningún otro juego o deporte  desde mis viejos 12 años.

- I understand, you are a busy man. Repetía mi ocasional conpañera de vuelo, y yo, descubría honestamente que no lo era, que no era un “hombre ocupado” y que mi imposibilidad de explicar el porqué, nada tenía que ver con mi limitado Ingles.

- solo no juego, le decía y la explicación en ningún lenguaje cobraba sentido.

Un momento después ya había empezado a escribir en mi mente despierta esta entrada de blog. Mi cuerpo se demoró un poco más en echar a andar los dedos.

No juego.
Para mí todo es en serio, sentenciaba mi juicio cuando la charla ya solo era “padentro”.
No juego.
...y podía ver las tardes enteras que pasaba cambiando de escondite sin ser encontrado mientras los demás jugaban a la escondida.
...y podía recordar esos mismos enojos que repudio de Anthony, que se apoderaban de mi interior sin agredir “pajuera”  cuando la impotencia o la injusticia me embargaban.
...y podía volver a detestar las alianzas sordas que automáticamente se formaban en mi contra, el que no sabe jugar, cuando había tiempo para una Canasta, un War, un Monopoly o excepcionalmente un Trivial Pursuit.
No juego, para mí todo es en serio.

¡Como me costó aceptar que lo lógico era que no me buscaran, que evitaran mis calenturas o se amotinaran en mi contra, cuando yo solo hacia lo que debía hacer y por una buena causa (además de con toda razón)!.
Cuando yo hacía lo que yo creía que debía hacerse y estaba respaldado por todas las reglas, aunque ello no fuera jugar.

¿Qué gracia tiene para cualquiera, para ti o para mí, si nunca me puedes encontrar? ¿Si nunca me puedes manchar? ¿Si no puedes saber más respuestas que yo, ni comprar más y mejores edificios o distribuir más estrategicamente los ejércitos negros, verdes o amarilllos en ese mar infranqueable de MI ejército Rojo?.
¿Que gracia tiene para cualquiera nunca poder ganar, que gracia tiene nunca tener la razón y que tiene de gracioso no poder siquiera ayudar al que no sabe jugar?.

No juego, para mí todo es en serio.
Lo lúdico, no es lo mío.
Si alguna vez lo tuve no lo recuerdo y por ende no sé cuando lo perdí.
Puedo ser simpático, hasta bromista. Puedo ser cariñoso y hasta kinestésico. Puedo plantarme solo o compartir más que nadie …pero nunca juego.
Nunca me dejo arrastrar, un poquito aunque sea, por la burla que provoca la risa, por la falla que deja que te descubran detrás de los ‎hinojos, por el segundo de desconcentración en que pierdes la mano, por el instante en que uno elije que no es necesario explicar.
No juego, para mí todo es en serio.

Los recuerdos se arremolinan al mismo ritmo que las letras llenan el espacio en blanco de la pantalla.
¡Cuántas cosas habrían sido menos pesadas si ‎hubiera sabido jugar!.
¡Cuánto de lo bueno habría sido mejor  y sobretodo, cuanto de lo malo ‎no hubiera existido o me habría dejado otras enseñanzas,  si tuviera un espíritu más lúdico!.

Pero sobre todo, muy por sobre todo, cuantas menos expectativas tendría de los demás,  cuanto más fácil sería pedir en lugar de esperar, cuanto más satisfactorio seria saber recibir sin presionarme a dar.

No juego.

...y es un duro Mundo el de las cosas serias. 

julio 30, 2015

Oceanside Midnight

La piscina esta desierta, el jacuzzi apagado.

Algún soñador del directorio decidió que todo se puede usar hasta medianoche, tal vez esperaba mi llegada, tal vez solo espera que alguien cumpla los sueños que él, o ella,  no cumplió

Alguien llega por el acceso del Sur.


Dos personas,  tal vez una pareja.
‎Llegan a las gradas y vuelven hasta la puerta automática, una de ellas.

Tal vez la más curiosa, la más cuidadosa, la más miedosa. Tal vez.
Como no hago nada más que navegar mis pensamientos que tratan de explicarme qué diablos hago aquí y porque no estoy allí, allá o más allá, detecto cualquier movimiento a mi alrededor.

Finalmente vienen,  dos, tal vez una pareja.
Marchan como soldados‎, paso firme,  decidido y enfocado, inusual para las once de la noche en la piscina de una torre de playa en Miami Beach. Marchan.
Me consterna verlos parar con los pies muy juntos, justo unos centímetros antes del agua, ambos, juntos, erectos, con el mentón pegado al cuello, mirando el agua.
Parecen hablar, están a metros de mí, pero están solos.

Él tiene el pelo muy corto, un mechón muy enrrulado cae por delante de sus dos orejas emulando los dos cordones blancos que cuelgan del lado derecho de su cintura.
Una semiesfera negra cubre lo que en otros es la primer pelada y en el inexorablemente lo será, si ya no lo es
Ambos cubren de negro su cabeza, de blanco su torso y de negro sus piernas.
Supongo no les importa con que lo cubren, eso parece.

Giran sus cuerpos y enfilan directo y sin pausa hacia el jacuzzi.
Suben los tres escalones, el respinga la nariz mientras acerca sus anteojos trasparentes y pequeños, detrás de los cuales se pueden adivinar ojos claros,  al selector de encendido, por supuesto no lo enciende.
Ella me demuestra que es quien marca el paso, el de ambos, enfilando hacia la esquina opuesta, para mirar hacia el lado del mar, donde nada se ve porque está lleno de lindos árboles que a la medianoche son solo sombras;  ambos miran.
Parecen hablar.

Bien formaditos enfilan la escalera en bajada y a solo dos escasos metros de mi pecho desnudo, ella vuelve a dirigir la barca y se vuelca a la izquierda.
Con una sonrisa que no pueden ver en mis labios,  adivino que él jamás me vio y trato de explicarme como alguien puede seguir tan ciegamente los pasos de otro.
En lugar de pasar frente a mí, giran alrededor de la piscina.
A él no se le mueve ninguno de sus rulos. La luz azul reflejada por el agua me deja ver los dientes de ella, que sin dejar de comentarle sobre mi presencia sonríen nerviosos.
Imagino como una suave y poco habitual corriente eléctrica sube de sus tobillos hasta su entrepierna por debajo de la larguísima falda negra.
Yo imagino, tal vez no ocurre.
Los humanos que conozco no reaccionan así, no mantienen un paso firme e irrevocable y un cuello erguido que sostiene una cara impávida ante un semidesnudo medianochero aparecido de sorpresa.

Se paran frente a la escalera que da a la playa, los ilumina el letrero de EXIT. 
Dentro de mí,  sueño que los penetre esa luz roja y los despierte a sacudones en un EXIT a ‎ fuerzas, inexpugnable
Pegan el mentón al esternón, parece que hablan y giran su cuerpo para renovar la marcha.

Por un momento dudan‎ y yo sonrío.
Sera que todo lo que pasa en mí,  llega a ellos,  y por un segundo les impido ser ellos mismos?
Sera que deben evaluar si no será dañino volver a pasar delante de mí y perderse por la misma puerta que entraron?
Sera que presienten lo que estoy pensando escribir y al encontrar la coincidencia con la voz que desde su interior los martiriza cuando no deben rezar, deciden huir?
Sera que huyen? Sera que no saben o saben más , y todo esto solo vive en mi mente ociosa de piscina nocturna.
Tal vez nunca lo sabré, se escurren por el acceso del norte.

Ella lleva zapatitos verdes fluorescentes, chatitos, pero brillantes.
Como sus dientes nerviosos que al verme tumbado semidesnudo en la reposera, no pudieron evitar iluminar su rostro.
Pero todo eso son ideas mías, menos los zapatitos verdes fluorescentes.

El ser humano, el que conozco y el que no, se revela en los detalles más pequeños.



abril 27, 2015

Que alguien me salve a Isabel !!!


Acabo de cerrar por última vez "El plan infinito".
Devoré con la voracidad esperable las últimas páginas, que amontonaron años en ese mismo ánimo adivinable del que cuenta o escribe. Esa urgencia por terminar.
Esa peculiaridad tan humana y tan  general que resulta difícil de criticar.

Ese deshacerse en el esfuerzo de saborear el caramelo, desembolviéndolo despacio y controlando el impulso al llevarlo a la boca, para luego, mucho antes de consumirse en nuestra lengua, mordisquearlo con desidia injustificada…da igual si resulto pésimo, desalentadoramente indiferente o excepcionalmente sabroso.


Humanos previsibles, salvo espectaculares excepciones de las que adoro encontrar, milagro que claramente no sucedió con Isabel.

Años atrás, me paso con Mario, pero para aquel entonces aun no había aprendido a pedir, mucho menos a aceptar lo que se me daba y por supuesto, ninguna de esas dos virtudes las clamaba a gritos en público o las escribía atrevida-mente en las páginas de una web que para entonces remojaba pañales.
Fue en "Gracias por el Fuego", con todas las expectativas que en aquellos años aún no aprendía a desalentar, donde Benedetti me desilusionó.

Me eche la culpa como también lo hacía entonces por casi todo: “… no sabes nada Carlitos, tu cultura literaria es menudamente pobre, tú no sabes nada de la vida y además tienes la mala combinación de tu ego y tu impotencia meciéndose sobre ti ”.

Y así salve al reconocido escritor Uruguayo que la humanidad laureaba, que todos esperaban sombríamente muriera para consagrarse aún más como leyenda, para nunca más volver a experimentar una sola línea por él escrita, refugiándome en las estrofas caprichosas del "Te Quiero" que con el corazón abierto había cantado en mis años mozos y con sangre se sostenían como poesía universal: "...y en la calle codo a codo, somos mucho más que dos".

Los años han pasado y la única dimensión real – el tiempo - ha operado sus efectos sobre mí. Los muchos libros que el tiempo me dejo leer, las múltiples humanidades que la expansión de mi mundo me obligo a compartir, la indiscutible capacidad de hacer que me distingue y ese ego que se ha rebosado varias veces el tamaño excepcional de mi copa para perderse, como lágrimas que se comparten humedeciendo una sonrisa;  me permiten pedir y estar atento a aceptar, que alguien salve a Isabel.

Quiero fervientemente volver a leerla.
Es chilena, es Allende, es mujer y hasta bonita, es prolífera y reconocida, necesito que alguien la considere también admirada y ojalá amada, para que algo de todo eso me permita entregarme otra vez a sus letras.
Por favor sálven a la Nobel Isabel.

Díganme por favor que alguno de sus libros no es una sucesión dolorosa e intrincada de desgracias.
Muéstrenme que dentro de su excelente uso de la referencia histórica, puede salvar a por lo menos un ser menos humano y una historia, o un capítulo deprendido, o un pasaje, una cita efímera aunque solo sea,  de existencia virtuosa.

Es que me cuesta aceptarlo…
Como me costó aceptar las tremenda-mente violentas trilogías nórdicas fugazmente famosas años atrás,  aquellas ya olvidadas de la chica del tatuaje X o la que jugaba con un  cerillo, o quien sabe que otros títulos intrincados que tuve que ver en películas macabra-mente exitosas o leer incansablemente para poder despreciar.
Es que me cuesta aceptar que todos los personajes de Isabel sean tremenda-mente defectuosos, que no se salve uno en sus solapadas virtudes del sufrimiento, la cíclica suma de malas decisiones y la prolongación inexquivable de su desgracia hacia el futuro.
Quiero creer que no todos los hijos de sus historias serán una Margaret o un David, quiero pensar que alguien sano engendrará en sus líneas un mensaje positivo y una cría con al menos posibilidades de ayudar en el cambio de la humanidad.

Sepan que entiendo,  y por eso empecé estas líneas con la apología del caramelo masticado, entiendo, que mirado con ojos pesimistas y porque no, muchas veces solo realistas:  el mundo es un basurero.
Pero nunca entenderé, porque describirlo falto de toda esperanza condenándolo así un poco más a su deceso.
No me niego a aceptar la pesadumbre de Mario, ni la existencia amarga y desechable de Onetti.  La apología a la violencia más sucia y obscena de Stieg Larsson o esta primera visión de insistente búsqueda de pobrezas de Isabel Allende. Son parte, y son libres de mostrarlo y vaya que hasta los admiro por ser honestos.

Lo que me niego a aceptar, raza, querida raza,  humanos evolucionados de bípedos;  es que entre esos autores se cuenten los Premios Novel y los Best Sellers. Que sus libros sean leídos por millones y que indefectiblemente eso suceda porque los interesantes, ávidos y tal vez hasta eruditos que tienen la buena costumbre de la lectura, se sientan identificados, tocados de alguna forma por este manantial hipnótico de defectos, incansable, insondable por sus tantas versiones e increíble profundidad.

Me cuesta aceptar que se premie lo peor del ser humano con múltiples ediciones, con películas alegóricas y muchas veces con inmortalidad.

Cuanta cosa buena hay para contar, cuanta otra fantástica para entretener, cuando conocimiento sabio para trasladar.

Qué necesidad, mi raza, mi gente, de mostrar la vida como supervivencia, el amor como el más doloroso y difícil de los deseos y la existencia como un pálido espejo deformado donde encontrar y explotar cada uno de nuestros defectos, a fin de con toda naturalidad, darle permiso a nuestra psicología insalvable para crearnos nuevos problemas que ojalá, se proyecten en nuestra descendencia, nuestro barrio y porque no nuestro planeta, así retozamos en un parque gigante de basura humana.

Por favor, sálvenme a Isabel, no quiero perderla en el primer intento.
Déjenme seguir disfrutando de su calidad al contar, evítenme sus exageradas reiteraciones en cada página y díganme que en otro libro, la historia será virtuosa, que alguien resultara feliz por su buena voluntad, sentido común y constante esfuerzo.
No importa si finalmente muere, todos moriremos.


Díganme cual y correré a buscarlo, o enterrare  a Isabel con sus secuaces y dejaré que un poco de esperanza y un empuje de optimismo basado en todo lo bueno de mi raza, me llene como el aire que respiro, la luz del sol y el amor que siento, de estas  ganas de seguir viviendo.



abril 25, 2015

Vida & Playa



La playa que baña mis días actuales es cambiante, voluble, movediza, como todas las playas de la vida, sin que ello nos exima de la búsqueda tan humana de preverla, pronosticarla, adivinarla y con ello convencernos de que sabremos enfrentarla con mejor propiedad cada vez que nos aventamos al agua.

La de hoy amaneció poblada de algas, de las que flotan caprichosamente en los primeros metros de la orilla, amedrentando a aquellos que se animan a cruzar la barda de las que los retienen en los primeros metros de arena húmeda.
 Resulta gracioso ver, igual que en todas las cosas de la vida, como la gente reacciona en formas tan dispares a la costa bañada de algas del día de hoy.

Una parte, inmedible pero‎ conscientemente mayoritaria la mirará desde lejos y se sumará a los que ni siquiera le echan un vistazo ya,  acuartelándonse en sus trincheras de supervivencia, donde la vida los pasa sin que la vean o la frustración por las últimas gotas de conciencia,  les asegura seguir sufriendo el reflejo autónomo aprendido al nacer: simplemente poder respirar.

De los valientes e intrépidos que llegan hasta la orilla, se alimenta la humanidad dudosa y se nutre la vida llena de colores.

‎Allá atrás se levantan las carpas y se extienden los campamentos de lo que llegan por figurar. Saben que estar ya suma y deben ser al menos espectadores para poderse simular protagonistas, cuando la fiesta que montan a su alrededor para huir de su realidad apaga las luces.

Al medio,  algunos de los que resignados en su incapacidad de rebelión,  mantienen la consciencia mínima de tratar de aventurar a su descendencia, como dijo Serrat  "sin  saber el oficio y sin vocación".

Delante, los que se debaten ante sus miedos o se rigen por sus convicciones para enfrentar al mar.

Algunos se acercan con cara de asco, relegando de esa obligación socialmente impuesta de participar, masticando su mezquindad y maldiciendo el teatro de tener que figurar en la orilla. Esos encontrarán pretexto en el mar, culparán a las algas inmundas y darán media vuelta después de mojarse las manos, el pecho y el rostro, como si ellos le dieran oportunidad y la vida se negará a aceptar tan generosa oportunidad de contarlos en ella.

Otros caminarán la orilla, cavilando cual será el lugar donde habrá menos algas para hacer menos riesgosa y porque no inmunda,  su zambullida al placer prometido del mar.
Irán y vendrán, brincarán con el roce áspero a casa paso, entrarán y saldrán muchas veces con giros de espanto y manotazos defensivos... y cuando lleguen, si llegan, no mucho más allá de la orilla, estarán tan ocupados en detectar cualquier alga que se les acerque, que serán incapaces de sentir el placer real de sumergirse en el mar, en la vida misma;   la tibia existencia que nos mece, mientras a otros los castiga o los ahoga. 

Los consistentes simplemente entrarán, cruzarán con más o menos indiferencia el cerco de la orilla y se abrirán paso en línea recta al mar.
Se sumergirán para dejarse inundar, entrarán y saldrán de las aguas, buscarán las ondas más pronunciadas o los bancos de arena, da igual, no hay recetas para la vida, como no las hay para el mar.
Entre ellos habrá quienes nunca notaron las algas, quienes las cruzan conscientemente con voluntad febril y atenta y quienes se toman su tiempo para disfrútalas, entendiendo que allí también hay vida para explorar. 
Los que entienden que no hay rosa sin espinas, que el gris también forma parte del paisaje y que todas las cursilerías que algunos rescatan en las canciones que gustan a los más viejos, son rescatadas de la vida, de aquellos que la vivieron o que no lo hicieron y en su remordimiento nos alientan a probar.

Entreverados en todos ellos, inconscientes y felices, los niños aun no teñidos de sapiencia, incautos inmaculados, que aún no hay sido infiltrados por el virus del miedo, correrán por encima o harán comidita con las repugnantes algas y perseguirán los espantosos crustáceos que viven entre ellas y que los adultos creen los persiguen, cuando en realidad, carentes de lo humano, huyen de nosotros.

Hoy la costa está llena de algas y la playa se pone sociológicamente divertida, aunque nada es igualable a los días en que las olas se llevaron la arena y las rocas pinchan los pies de los bañistas, o  aquellos en que las  medusas traicioneras eligen acercarse a la orilla para hacernos reflexionar.
Ahí, cuando la vista, el olfato y el oído se unen al inútil sabor amargo de la duda, y solo nos queda el tacto inevitable y reactivo definir si seguimos adelante, ahí "se ven los pingos",  ahí se amontona la raza en la periferia, se demoran o regresan  los cautos invadidos del miedo capital y ‎se zambullen sin pensarlo los atrevidos que no dejan ningún segundo la vida pasar.

Tal vez por todo esto, por no solo ver culos y heladeritas con cervezas, gente recauchutada o esperando recauchutaje y el reloj que les marca el horario del estómago o el límite entre el sol que mata y el que da vida,  tal vez por todo esto hace años he elegido erigir mis casas frente al mar, cerca, muy cerca de la costa, para no olvidarme de todo lo que cruzo cada instante que enfilo hacia playa  para zambullirme cada vez con más ganas en la vida.



enero 28, 2015

Miami - Gerente de Iluminación & Logística

Hoy “el Moris” me invito a ser parte de su Banda!
De su nueva banda!
Y a mi que soy tan así, tan soñador;  y que estoy acostumbrado a empezar todo bien de abajo, pues , que les digo, se me llenaron de lagrimitas los ojos.


Yo le bromee que le llevaba una pista de “primerola” para cantarle un “buen mosaico” como el octogenario cubano de la otra noche en el asilo anexo al Casino City Magic,  y a él se le escapó.
Aquello de tirar verde para recoger maduro…y como el Moris es más joven, cayó redondito.


Cuando leí en mi Smartphone Next Generation, a través de estos sistemas de mensajería que ponen en línea y al alcance de una tecla a cualquier ser humano o similar,  de cualquier parte del mundo:  “…el opening que tenemos es de gerente de iluminación y logística”, se me nublo la vista.
Me acorde de Mike Wasowsky cuando pasan la propaganda en la Tele durante Monster Inc  y es cubierto por la M gigante de M Inc.. Tras la sombría mirada apenada de “Soli”, el grita exitado “..no lo puedo creeeer…sali en Te le vi sión!”




Imaginan! Yo que solo canto en el auto, en la ducha, en la calle, en la casa, en la playa,  en la montaña, mientras cocino y solo por respeto no mientras “morfo”, tengo la oportunidad de ser “gerente de iluminación y logística” en la Nueva Banda del Moris!!
No es increíble? 


Es que yo nunca conocí o estuve tan cerca de alguien tan famoso!
El cantaba en el OTI de la Canción por su País, a la mismísima edad que yo era padre por primera vez!!
Salió en Tele - y no como Mike Wasowsky - grabo CD, filmo videos….y yo puedo ser su “Gerente de Iluminación y Logística”.


Cuando lo leí en la reluciente pantalla, me traslade a mi niñez, casi mi adolescencia, aquel tiempo en que empezaron todos mis sueños.
Uno de ellos había sido ser “Gerente de iluminación y logística” y vaya que practiqué para lograrlo.


¡ Cómo uno jamás imagina para que nos servirá o cuando nos vendrá bien aquello que alguna vez aprendimos, casi sin querer y que después de un tiempo pareció casi inútil ¡

Cuando tenía once años, fuí uno de los alumnos ejemplares del curso de Electricidad que caprichosamente los milicos de mi país habían puesto entre Educación Moral y Cívica y Cerámica en el Liceo de San Carlos.
Se me daba eso de los cablecitos, el adivinar los positivos y negativos – otra de las grandes enseñanzas de mi vida – el usar destornilladores y conectar en serie o en paralelo – que me ayudaría tanto en el futuro.


...y como era tan “guenazo” con la corriente sin que me cagara a patadas, pues me encargaba de las luces en una discoteca que tuvimos.
En aquellos tiempos, donde todavía me faltaban 4 o 5 años para trabajar en la Radio del pueblo – suceso que ni imaginaba para entonces – contratar a Baby Discoteque para un baile de recaudación de monedas para poder tomarse un bondi a Punta a fin de año, era un imposible financiero y ni que hablar al famosísimo Lulo o Arthur Martin (noooo, el del auto es Aston Martin y nunca llego ni llegara ninguno de esos a San Carlos).

Así que con los “mucha!” como dirían en Guatemala, pinchábamos discos (tampoco conocía esa expresión allá en el Barrio de las Ranas),  y yo era el “Gerente de Iluminación y Logística”.


Siempre grandote para mi generación y siempre voluntarioso – era el único que trabajaba a esa edad – cargaba cuanta caja había para subirla al segundo piso de la Sociedad Unión o el Club Oriental, con el mismo apuro inexplicable e ilógico con el que hoy persigo la tecnología, paso de un aeropuerto a otro alrededor del mundo y manejo por las calles de tres continentes.

Ese apuro por hacer rápido las cosas que no se disfrutan, así queda más tiempo para las disfrutables.


E allí mi puesto de Gerente de Logística!, que hoy después de haberme especializado en Supply Chain,  Warehouse Management  y Route Management ,  ya seéque significa lo mismo que cargar, descargar, acomodar y desacomodar cosas.


Y el de Gerente de Iluminación, era el que me venía de mi musculo cerebral, de la sinapsis virtuosa que me tiene aquí sentado en Miami, escribiéndoles esta historia y reflexionando como fue que en aquella época, ni siquiera me pagaban una moneda, cuando debieron pagarme por dos puestos de Gerencia muy bien logrados en Objetivos y Competencias.

 Así que cuando miraba el Smartphone,  recordé las latas de aceite o duraznos en almíbar que pintábamos de negro y a las que les pegábamos papel “celofan” de colores del lado abierto, para que al salir la luz de la lamparita que estrategicamente metíamos en un porta lámpara por atrás, lograra efectos electrizantes en la oscura pista de baile.

Y recordé también las “tiradas” de alambre de 0,75 que trenzábamos atando una punta de algún poste  y torneábamos desde  la otra con un taladro de mano.

Y como olvidar, los tableros de llaves marrones, sensuales como bubis con su pezón siempre erecto, para arriba o para abajo.
Talvez por eso, inconscientemente, era yo tan hábil prendiendo y apagando estratégicamente las llaves al ritmo de la música, tratando de que los “Crick crack” no taparan el sonido que los LP (long play vió) largaban de las bandejas tocadiscos a 33 revoluciones.

Eran verdaderas obras de ingeniería, que nunca sobrevivían de una fiesta a otra.
Jamás tomábamos en cuenta lo que terminaría pesando aquella tabla de dibujo, que estrategicamente solo agujereábamos de un lado, después de echarle tanta llave de baquelita encima, tantos tornillos para sostener cada cosa y tanta grapa para asegurar los alambres  negros y rojos, perfectamente doblados,  que nos libraban de no morir “pegados” en el intento.

Cuando la fiesta era chica, solo se sacrificaba una tabla de dibujo, pero cuando la joda era grande, pues había que completar el “panel de mando” duplicando tablas y generando circuitos paralelos, contratando algún “supervisor de iluminación” o en su caso un “operario de iluminación” (porque el Gerente era yo!) para que tratara de igualar la velocidad de mis manos, haciendo que las latas repartidas alrededor de la pista, envolvieran en sus tonos verdes, rojos, azules y un amarillo que no engañaba a nadie, a todos los bailarines quebradizos al ritmo del breakdance.

No es que sea tan viejo, solo tengo 43.
Lo que pasa es que viví mucho, muy rápido y tengo la fortuna de no olvidarlo.
Además soy de la generación bisagra, de la que sabe todo lo que sabían nuestros abuelos aunque a mí nunca me contaron nada,  y todo lo que saben nuestros hijos (que poco cuesta en realidad).


Esa mezcla de escalofrío y excitación que nos deja el “deja vú”,  al ver el pasado pasearse por tu futuro, fue la que me provoco “el Moris”, cuando me invito a ser parte de su banda y la remato cuando escribió “…hasta el handyman puede resultar cantando en mi banda”.

Pero todo deja vú pasa, como pasa todo escalofrío y como se lleva un suspiro o un grito la excitación más profunda.
Y ahora, que vuelco las últimas gotas del semen de mis sueños en estas palabras, me rindo a la cruda realidad y acepto que como Director Ejecutivo, ya no puedo aceptar un puesto de Gerente.
Además…donde diablos voy a conseguir un taladro manual en Miami.




noviembre 03, 2014

Desde el Aire - Every 3 days

El 10 de Junio de 2002 cuando me subí a esta nueva vida, algo dentro de mi masticaba y olía sin poder saborear, la exageración anónima de éstos, mis tiempos de ahora, que ni siquiera muestran luz de ser los más extremos a los que podré llegar.
 
En la presunción,  recuerdo haber escrito el mejor epitafio de lo que quedaba atrás y “adivinaciones pavorosas” con un toque de esperanza sobre las horas por enfrentar, en lo que se sentía como el resto de mi vida.
 
En aquel tiempo mis letras ya malformadas pero aún legibles se perdían en una hoja con renglones, que recuerdo querer guardar con tanto cuidado, que jamás logré recuperar.
 
A veces pienso que no fue real, que nunca lo escribí, que los retazos que recuerdo y la visión de la hoja arrancada a una cuadernola,  fueron solo parte de algún momento de sueño impaciente,  robado al trecho entre Santiago y México. Pero me sonríe el ataque de realidad, cada vez que miro a través de una ventanilla y vuelvo a imaginarme, como aquel día, parado allá afuera sobre el ala, con los brazos y los ojos abiertos mirando al frente.
 
Mi relato era cuando no, una metáfora muy vívida, entre lo que sentía mí ser por dentro y lo que imaginaba podía sentir mi cuerpo expuesto a la inmensidad, la presión, el frío y el viento que creía poder dominar a diez mil metros de altura rozando la velocidad del sonido.
 
En 2009, cuando forjado veterano en las lides de aviador, sobrevolaba los cielos de Centromerica con un arete en mi oreja, noté que era tiempo de vivir.
 
Que debía dejar de amontonar sellos en los pasaportes sin más recuerdo que los vidrios aburridos de los aeropuertos o las camas, todas iguales de los hoteles de turno.
 
Yo que a todas luces vivía más  intensamente que la media del Universo, sentía un apetito voraz por hacer realidad mi premisa de que siempre estaba trabajando y siempre de vacaciones.
 
Así que me decidí a vivir, a vivir más.
 
Me miraba en el espejo imaginario que todos los conscientes llevamos enfrente y aparentemente distraídos no perdemos de vista en nuestro estado de alerta;  y me decía: vive más!...algún día este momento pasará, tu vida caerá en la modorra cómoda de lo normal y debes rescatar de este tiempo todas las historias que puedas contar.
 
Sin esperar espero aún la llegada de ese momento, planificándolo en mi obsesión omnipotente de elegir y saboreando mi controvertida soberbia que ilumina mis ojos y da alas a mi convencimiento de que nunca llegará.
 
Es en esta vorágine que me encuentra mi fiel BlackBerry, en este 2014,  en pleno descenso a la ciudad de Miami, replantéandome nuevamente donde estoy;  con total certeza de donde voy pero...sonriendo porque dentro de mi siento que nada está dicho, que lo que en 2002 era un sueño, en 2009 hacía rato era corriente y habitual y lo que en 2009 fue decisión, hace un par de años fue excedido por mi realidad.
 
Así que hoy, como todos estos últimos meses largos desde 2012, desembarco con total naturalidad, cada 3 días en un nuevo país,  y no tengo plan más allá del próximo período mensual.
 
Volviendo hoy a la que oficialmente es mi casa desde Junio, desde un Perú no programado que me recibió tres días atrás, desde un Miami que solo me tuvo unas horas en mi viaje desde Guatemala, donde supe abrazar por tres días mi libertad.
 
Solo la semana pasada departía negocios en México, después de haber empacado mi lucha adolescente con Michel en Uruguay.
 
Cumpliendo como siempre con mi vuelta al paisito una vez al mes, cambié maleta en Miami, luego de dejar el glamour de Las Vegas y lograr acomodar los recuerdos de la Europa que para inicios de Octubre había quedado atrás.
 
Madrid en dos ocasiones, Miami en tres más, Las Vegas por tres días, Montevideo por dos y Punta del este por la exageración de cinco más;  México por cuatro jornadas , Guatemala de fin de semana y Lima tres inesperados días más.
 
Seis países en estos primeros 24 días de este octubre que ya se va, no sin que  tenga un pasaje más para utilizar, que me llevará a Miami y Guatemala nuevamente, para completar un mes normal.
 
Una repetición conscientemente descontrolada de cada mes vivido, que se proyecta con la única búsqueda de la más pura paz, a la vista de la Laguna del Sauce, en menos de dos años más.
 
Setiembre, resuena leve en la memoria como la vivencia de una era pasada siglos atrás.
 
Otros 6 países sellaron mi pasaporte en más de una oportunidad: México, Brasil, Estados Unidos, España, Turquía, Malta…y quedaron en el tintero del descuido Líbano y Jordania.
 
Un mes, decenas de vuelos y ciudades, centenas de miles de kilómetros volados, docenas de personas rozadas por esta vida que atenta;  escucha, huele y mastica saboreando sin cesar, la incertidumbre dichosa de lo que vendrá.
 
 
 
 

julio 23, 2014

Desde el Aire - Las tres razas


Un ruido metálico indica que la traba se ha deslizado y solo me queda esperar el tiempo suficiente para que se mire al espejo, piense que debería lavarse las manos y no lo haga, acomode su ropa ajada, peine inútilmente su cabello y ojalá, salga pronto.
 
Nos cruzamos en la puerta de este baño, esa puerta que como pocas,  es siempre de ida y vuelta.
Una puerta que se abre con uno de un lado y otro del otro y se cierra con ambos del lado opuesto.
Es como un espejo,  simula un espejo que nos deglute y nos vuelve a materializar del otro lado.
Un pasaje entre la fantasía y la realidad, entre la creatividad obligada y omnipotente y la precariedad humana.
 
Porque eso son estos aviones de hoy,  un repositorio de fantasías, un cementerio de realidades y de a ratos, el testigo inmutable de que fantasías y realidad son una experiencia única para cada uno.  Una experiencia única y personal.  Indefinidamente fantástica o atroz.
 
Miro la cabina del 767 de "la nueva American" que me lleva del caliente Miami al nebuloso Heathrow y me parece recordar algunas páginas de esas revistas de ciencia ficción que nunca mire o de las películas que se encargan de mostrarnos el futuro que no sabemos ver en nuestro necio descreimiento.
 
Un show de luces conservador en el techo, propio del espíritu americano  y un cuadradito de fantasía en cada respaldo de asiento, mirando absorto a su víctima, mirando fijamente hasta la última neurona de la mente que maquila detrás de cada par de ojos.
 
Una nueva versión de "la caja boba", que en su tontería ha envuelto generaciones, empleado a miles, masticado y escupido millones y crecido como nada ha crecido en este cacho de universo conocido como la Tierra.
 
Allí están, las tres clases de humanos;  envueltos en un cilindro de metal, esclavizados por unas horas, cercenados en sus libertades, obligados a permanecer en un sillón que nunca elegirían y amarados por un cinturón de seguridad para evitar la posible tragedia de la que de todas formas – si ocurriera -  jamás se salvarán.
 
Triste apología y al mismo tiempo sátira, del terrorismo que maneja nuestro mundo actual.
 
Sensación artificial de seguridad que nos lleva a tomar los riesgos más extremos al costo más conveniente para una empresa más del capitalismo liberal, mientras allá afuera, la mayoría evita la soledad, piensa un millón de veces que hacer o decir, no abraza a sus hijos y no dice te amo, por temor a algún miedo fabricado por su propia mente, que no necesita 30000 pies de altura para estar justificado.
 
Y en el medio de la farsa, el hombre.
 
El ser humano.
Eternamente inmune a todo lo que hacemos día a día para autodestruirnos.
El ser, que nos sorprende encarcelados en esa libertad segura que pudimos comprar y se aprovecha de nosotros.
 
Y allá van,  las tres razas multicolores que definen, personalizan y al final, implacablemente unifican al ser humano.
 
Están los que se duermen.
Los que no dan opción, los conservadores, los que tienen en sus sueños el escape supremo a la realidad.
Mejor así, un sueño, íntimo, silencioso, secreto.
Que nadie se entere que soñaron, que ojalá ni siquiera lo recuerden en la mañana para que el sueño sea sueño y no tortura. Tortura porque jamás tendrán la valentía para volverlos plan. Porque jamás tendrán la fortaleza de hacerlos realidad y por tanto, se volverán repetitivos, hasta que sean tan absurdos y aburridos como su vida misma.
 
Están los que miran.
Los que se dejan atrapar por la caja boba.
Los que se escapan de la realidad para vivir la vida de otros, llorar los llantos de otros y reír sus sonrisas.
Los que se vuelven millonarios o invencibles jugando juegos .
Los que matan y roban como jamás su moral los dejaría en su engañosa realidad.
Los que coleccionan imágenes vividas por los ojos de otros, por no poder abrir los ojos para ver las suyas propias.
Ellos, los que miran, están mejor.
Aquello que ven, aquello que juegan, aquello que sienten y les crispa la piel, se desarrolla generalmente en un entorno parecido a su vida y tiene un hilo humano, un devenir imitable y a veces hasta predecible. Regala por ello, una oportunidad más cierta de llevarlo a la realidad, aunque se queden mirando y no lo hagan.
 
Y por último están los que hacen.
Los pocos entre estos 300 asientos,  que siguen viviendo.
Los que no suspenden su vida las ocho horas de este vuelo.
Los que no se deja apresar por un fuselaje congelado por fuera y tibio por dentro.
Los que rompen las reglas que no se han podido controlar, esas que no tienen cartelito de castigo o anuncio de seguridad. Esas que ni se prohíben, porque sería aceptar que existen y eso, eso es mucho más peligroso.
 
Y allí están los que viven.
Develando misterios en charlas entretenidas, reconociendo al extraño de al lado con la bendición de la intimidad que solo un vuelo puede dar.
Utilizando el pretexto de la vulnerabilidad para besar como nunca, para acariciar sin vergüenza, para rozar desafiante, para suspirar sonrisas cobijadas en falsa moral...para no alertar a los otros. A los otros dos grupos que niegan su realidad.
 
Allí van, las tres partes de esta humanidad, que bajarán del avión ambivalentes, irónicos, disfrazados para seguir siendo diferente pilar de este mundo.
De este mundo que tiene a tanta gente apesadumbrada en sus pesadillas. Tantos otros viviendo vidas ajenas y tan pocos “chupándole el tuétano a la vida”.
Pocos hábiles manipuladores de la cultura; ávidos respiradores,  consumidores de aire mutado en energía vital;  exagerados artesanos de la sensiblería que rebosa matices desde lo más sutil a lo más grotesco...en este mundo donde de todas formas, pasaran desapercibidos para el premio inútil y la gloria efímera.
 
El segundo después de tirar de la cisterna me encuentro frente a frente en el espejo y todo lo que escribí en ese instante mundano me observa interrogante.
Me pregunta: y tú? De que grupo sos?
Me miro viejo, me arreglo el pelo que no se arregla, me acomodo la ropa que vuelve a la inercia de su arruga, sonrió para convencerme que por solo preguntar ya soy mejor que muchos… y encaro la puerta, la puerta espejo para que me degluta y me materialice del otro lado.
 
Un ruido metálico indica que la traba de ha deslizado
El portal mágico de este baño de  Boing 767 se vuelve a activar.
Uno que entra para enfrentarse con su vida o excepcionalmente para seguirla.
Otro que sale, con más preguntas de las que se llevan a un diminuto baño de avión, con algunas viejas certezas y con la urgencia de tomar ese teléfono que no debe encender, para escribir todo aquello que no debió pensar, en las horas cómplices en las que un avión, un vuelo de 8 horas entre dos continentes, nos regala un pretexto perfecto para hacer solo aquello que más nos hace feliz, vivir.
 

julio 21, 2014

Miami - El ecosistema Oceanside Plaza

Con la llegada del sol a su cenit, las especies implantadas en Oceanside Plaza,  empiezan a cruzar las puertas que los sacan de sus intimidades y entre otras tantas cosas, los enfrentan  inconscientes e indefensos,  a mi ojo crítico, lengua venenosa y tiempo resignado al ocio de un nuevo fin de semana en mi nueva vida Miamense.
 
Hace unos minutos éramos cinco en la piscina, cinco representantes de un ecosistema más cosmopolita y en muchos casos auténticamente cruel, que el de Nueva York o Londres.
 
Inamovible del agua,  reposa lento un abuelo de raíces mexicanas, fácilmente detectables en su poblado bigote ya blanco y su "playera" blanca. Esa manía tan típica de tierras aztecas de meterse vestidos a la playa o la piscina.
Por fortuna, el buen hombre, no bajo con pantalones de vestir, musculosa de rejilla y los zapatos asignados para salir de fiesta, imagen habitual de los bañistas en  la rivera Acapulqueña.
Evolución seguramente norteamericana, donde se habrá partido el lomo sus últimos años de juventud,  que lo lleva a la cambiar la indumentaria autóctona por las "Wet T Shirt" .
 
Un sujeto con corte de Daddy Yanqui pero sin su fama ni su plata para disculparlo, arribó minutos atrás.
Complementaba su facha regetonera,  con una fina cadenita y medalla de oro al cuello, que imagino tiene grabado "handosme man".  Un tatuaje de una rara especie de cruz, desproporcionado e infeliz, encontró lugar en un momento de inconsciencia en la parte más gorda (léase gorda no musculosa) de su brazo y unos lentes que tal vez serían adecuados sobre una bicicleta de carrera, naranjas flúo y negros, cubren sus ojos para que todos nos preguntemos ansiosamente que estará mirando el terrible divo.
Nadaba cual si fuera la reencarnación regordeta de Michael Phelps, cambiando de estilo mientras se sostiene sus lentes naranjas que no lo abandonan en sus momentos exiguos de ejercicio.
 
A este escenario me sumo yo,  como el idiota ausente pegado a su teléfono (porque desde él les escribo), con el agravante de  parecer un Argentino soberbio pon mi mate a la izquierda mi mirada inquisidora y mi boca inmóvil como si se guardará todo su veneno “padentro”  (ni siquiera adivinan que el veneno me sale por los dedos!)
 
Completan la figura de los cinco, una pareja de costumbres bien arraigadas que llega sin poder pasar inadvertida a la piscina y desaparecerá luego sin que nadie  se dé cuenta.
Si tuviera que definirlos diría que son hermanos gemelos, que simplificando su vida y dándole valor a la elección genética que los puso en un mismo cigoto, han optado por hacer su vida juntos.
Son esa gente espigada y escurrida, sin bultos de ninguna naturaleza, como si hubiesen sido planchados por un demoniaco sastre cada mañana durante sus 50 años.
Visten siempre en tonalidades que van del negro al azul oscuro,  pasando por la gama del gris oscuro y el negro o el azul gastado y descolorido.
Solo se les puede ver alguna porción de sus pies, sus manos y una sonrisa tan blanca como su piel, que se prodigan continuamente.
Seguro estoy de que allá en su mundo,  ellos son muy felices y que hacer las compras, les resulta algo extremadamente simple.
Siempre calzan pantalones largos, ambos, que describiría como un viejo pijamas y unas playeras de estilo surfista añejadas, donde se logra distinguir, a veces, algún vivo azul brillante para él o fucsia para ella.
Sendos sombreros de pesca, de esos de lona y  ala ancha para evitar que les llegue el sol y sobre su rostro apenas visible y extremadamente blanco por algún protector grado 200 de origen natural, llevan lentes oscuros que jamás de quitan.
Flacos como quien trata de promover la vida naturista, escurridos por el planchado de cada mañana o por nunca haber tratado con ejercicio o cariño la poca carne que llevan en los huesos y vestidos de pies a cabeza en idéntico tono, se procuran sonrisas y mimos discretos por unos minutos dentro de la piscina, antes de desaparecer.
 
Mientras escribo, el panorama de agita.
Los gringos con sus mujeres extremadamente rubias empiezan a llenar el paisaje con sus panzas blancas y rosadas.
 
Los "centroamericanos caribeños" (como empiezo a llamarlos) llenan el aire del "l" con sus chillonas voces que nunca entenderé porque hablan ese español mezclado con chino, y sus panzas crónicamente bronceadas.
 
Al asiento de siempre muy cerca de mí, llega un gringo maduro que no fue parido, sino tejido por su madre,  dada la cantidad de pelo que tiene en su cuerpo.
 
Hoy, me saluda, aunque me mira con cara de no te entiendo, mientas después de ordenar su bolsito de siempre, extender obsesivamente su toalla y sacar el termo Aladin ochentero donde trae algo para tomar, se dirige a su rincón de siempre en la piscina.
 
Para cuando termine de escribir y me meta desesperado al agua para saciar el calor insoportable de este Sábado en Miami, él saldrá de la piscina a buscar su gorra, la de siempre, para evitar que el sol le achicharre la pelada.
 
Un cowboy australiano quiebra la monotonía, sin más indumentaria que un duro sobrero vaquero de alas dobladas y una zunga naranja con dos líneas, una roja y otra azul a los costados. Cuelga de su mano un bolso de playa que podría ser  Louis Vuitton y me cuesta no imaginármelo con botas mexicanas mientras avanza por el costado de la piscina.
Invirtió sus más de cincuenta años en comer sano, hacer ejercicios cardiovasculares y broncearse, con lo cual, la figura a la que solo le faltan las ansiadas botas y una tremenda cuchilla al estilo  Cocodrilo Dandee en la cintura para terminar de ser una estrella de Hollywood,  acapara la atención de todos antes de perderse por la escalera que da a la playa.
 
Empaco mi lengua bífida alejándola de mis dedos, enredo la toalla en mi cuello para disimular la panza, meto el termo en ese espacio especial que los uruguayos tenemos bajo el brazo izquierdo para cargarlo en toda ocasión y mate en mano, me vuelvo a mi piso, para cambiar la energía de esta piscina que tanto me divierte estos primeros días en tierras Norteamericanas.